¡Vualá!, el torero anuncia su regreso en Olivenza y aquà parece que no haya pasado nada. ¿Asà de sencillo?
Escribà tras la horrorosa cornada que sufrió el diestro jerezano que ese sacrificio supremo que supone entregarse cada tarde a una partida muy dura contra la muerte es algo que me ha admirado siempre de los toreros. Y decÃa que hay un silencio sepulcral al inicio de un festejo, cuando las sombras se proyectan en el patrio de cuadrillas, en el que esa escena trágica, u otra de semejante jaez , el torero la pasa y la repasa por su mente sabiendo que en la arena puede hacerse presente.
¿Cuantas veces habrá temblado Padilla con el recuerdo de aquella mirada cárdena? Cientos. Y cientos al mirarse en el espejo. Y miles al contemplar a sus hijas jugando estas últimas navidades. Por eso asumo como sobrehumano el ejercicio de introspección que el torero de Jerez ha tenido que hacer en estos meses para darse nuevas razones que ahuyenten de sà los miedos más profundos. ¿Volver a vestir el traje de luces? Se me antoja sobrenatural.
Por eso un torero ha sido siempre para mi una lección constante de vida y debiera ser un ejemplo para aquellos que en su comodidad complacida elucubran sobre principios pretendiendo definirnos la existencia, sobre todo si ésta se sustenta en cuatro mentirijillas. Y pónganle a esto el apellido que ustedes quieran, el de la polÃtica, los negocios, la cultura, el deporte, el antitaurinismo…
Juan José Padilla es la traducción pluscuamperfecta de la pura lucha por la vida con aspiración a crear belleza. Y lo es porque no hay ni un ápice de comodidad en esa escena terrible que para siempre le tendrá surcado el rostro.
Olivenza. Qué grande ha de ser ese paso inicial hacia la arena que determine otra vez la aceptación de la desgracia. ¡Hay que tener un par y ser un hombre con todas las letras!
Con un par…
¿Alguien dudaba?
Escribà allá por octubre, cuando la desgracia se cebaba con Juan José Padilla en la plaza de Zaragoza, que sin duda el Ciclón de Jerez volverÃa a vestir el traje de luces y volverÃa a aceptar el riesgo infinito que supone ponerse ante la cara de un toro bravo incluso después de haber vivido semejante trance.




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