- Yo fui torero, chaval…Nunca lo olvides
Ambos están a los pies de una plaza ya vieja y algo destartalada mientras se refugian del invierno en esos muros que guardan historias de glorias y leyendas, de tragedias y fracasos, de gestas que evocan a toreros geniales que vivieron vestidos de luces tardes que tampoco podrán olvidar.
El niño lo mira deslumbrado e inquieto y sigue atado a su mano para no dejarlo ir. Sabe que esa es la historia que nunca se cansa de contar, la de aquella tarde en la que sintió el poder sobre sus manos cuando una fiera negra lo quería matar.
Una historia sencilla
Les quiero contar una historia sencilla, quizá ingenua, es mi riesgo, pero les aseguro que llena de la ternura, la poesía y el romanticismo con el que sólo un viejo colmado de tiempo y aventura le habla a un nieto que mira con los ojos abiertos de par en par mientras siente la seguridad y la grandeza de un hombre que no se quiere dejar acabar.
La noche del toro
Un medio sol otoñal alumbraba la vieja masía. Aquella mañana, en Las Tres Fuentes, comenzó el día con esperanza de fiesta. Ramiro, el masovero, era un apasionado aficionado del toro embolado, y Gabriela, su mujer, también.
Era la víspera del patrón. En la masía se notaba un cierto apresuramiento, dentro del pausado ritmo de los días y noches del campo, esperanzas de cosechas, para cuya labranza, según, había en casa un par de toros, ya de cuatro años, y otro de mulas.
Conforme se acercaba el atardecer, una cálida inquietud parecía acosar el sosiego de la masía. Los del Ayuntamiento habían estado quince días antes y contrataron la media casta de Jardinero por cincuenta duros, media casta de un toro berrendo aparejado, nacído de un morucho y una vaca brava de los Navarro, ganaderos de Castellón que venían a Teruel buscando los frescos pastos del verano.
Y llegó el momento de la partida. Máximo, el de la cercana masía Casa Luengo, se brindó acompañar con la yegua para ir delante, con sus dos vacas castellanas de labor y sus cencerros en misión de cabestraje. Calcularon la llegada sobre las ocho y media de la tarde, justo cuando la gente se congregaba en la iglesia para el canto de las solemnes vísperas. El alguacil, el concejal de los festejos, y dos o tres curiosos de ocasión, esperarían en las eras de entrada al pueblo para ayudar, si era menester.
Todo fue sin novedad. “El Jardines”, como le llamaba alguna vez Ramiro, caminaba detrás de las vacas pareciendo no ventear ningún trasiego nocturno, y únicamente, al pisar los adoquines de la calle tras el edificio municipal, se detuvo y alzó la cabeza unos segundos en ademán de extrañeza pero siguió a las vacas y entró a los corrales con un trotecillo airoso.
Caían las doce en el reloj de la plaza. La temperatura y el ambiente eran buenos. La gente se agolpaba en las barreras y los balcones. Los mozos en la tensa espera y una especie de palomillas invisibles les roía los estómagos, sobre todo a Marianín, a Tonino, a Rafael Pérez y a Perico, el del Hontanar, que solían andar más cerca del riesgo. Otros mozos tenían su come-come entre la decisión de salir al improvisado ruedo o la conformidad de quedarse pegaditos a las barreras. Una duda existencial entre el toreo o la expectación. De cualquier modo, nervios.
El traslado del toro hasta el palo de embolar se hizo con rapidez aunque el toro, por esa sumisión obligada, empezó a calentarse un poco. Cuando se cortó la soga, Jardinero pegó un par de derrotes al palo, pero ya tenía el yuguete colocado, las bolas ardiendo y embarrado el lomo para prevenir “los perdones” que saltaban de la pez y quemaban la piel. La puerta se abrió y el toro irrumpió en la plaza alumbrando la noche, la incertidumbre de su juego y las raíces de una tradición secular.
Jardinero recorrió el recinto un par de veces. Levantó el murmullo y provocó las primeras carreras, pero luego se emplazó al pie de los soportales. Al cite de un mozo, el animal hizo amago de embestir, luego otro amago, y finalmente se arrancó a las dos figuras más cercanas que le esquivaron con un rápido quiebro, pero se volvió enseguida a su querencia. Para su mente – irracional, según se dice- aquello era muy extraño. Unos resplandores desconocidos, otras estrellas que en la masía, olores distintos, ruidos de altos timbres y voces, muchas y ajenas a las del amo.
A poco, iba notando un mayor flujo de sangre y sentía que los pelos de su morrillo se erizaban. Quiso escarbar aquella dureza del suelo, giró dos o tres veces alrededor de sí mismo y notó que un fuerte impulso de cólera se iba adueñando de su cuerpo. El ímpetu renacido se colmó cuando Mariano, el forestal, le pinchó en la tripa con un palo largo. El toro se arrancó y el hombre no pudo llegar a las talanqueras. Jardinero le cogió por la espalda y le propinó un impresionante revolcón, entre la sorpresa, el susto y el griterío, sin que faltasen algunas risas contenidas de los socarrones de costumbre, aquellos de “ el que no quiera paja ”… ya se sabe.
A partir de ahí, el bovino se hizo el amo, se olvidó de su condición labradoril y renació en su agresividad. Los mozos corrían, quebraban, recortaban, sudaban, y el toro acometía incansable, entrecortando los suspiros del personal. Las bolas de estopa se fueron apagando pero el astado conservaba sus arrestos. Tonino se acercó y alzó los brazos en otro reto más, pero Jardinero, esta vez, le alcanzó y volteó espectacularmente. Un ¡ay! de tragedia se apoderó de la calle. El muchacho cayó a los pies del toro y quedó aturdido e inmóvil.
El astado, en lugar de embestir y rematar aquel cuerpo maltratado y vencido, se quedó mirando la impotencia del joven como orgulloso de su poder y conciente de su victoria. El animal no hacia caso de los quites y la inquietud de su posible reacción preocupaba a la gente, pero, finalmente, se apartó del lance y se volvió al pie de los soportales, liberando el suspense. Tonino se levantó con dificultades y, ajustándose la ropa descolocada y palpándose el dolorido costado, dirigió al noble toro una mirada de respeto y agradecimiento.
Aquello llegó a su fin. Hombres y animal estaban cansados. Ramiro se fue acercando a Jardinero poco a poco, hablándole, dándole confianza. La gente contemplaba la escena como absorta. Cuando el hombre llegó a la cara del toro, éste bajó la cabeza sumiso. Algunos temían incluso alguna postrera reacción violenta del animal pero no sucedió. Ramiro levantó despaciosamente la testuz de la res y la liberó del yuguete. Luego pasó la mano por el lomo y le dio un cariñoso cachete en las ancas. El toro, sin mediar otro requerimiento, se dirigió a la corraleta con paso solemne para traspasar la puerta mientras un aplauso emocionado atronaba el espacio.
El Tío Eulogio, ya octogenario, levantándose de la silla de su balconada, comentó con voz entrecortada: esto es lo más grande, hija, lo más grande que he visto en mi vida. Y unas lágrimas mojaron su tez envejecida de años y sucesos. La noche, fría por el relente, de azul oscuro y silencio, fue dejando en el espacio el ayer y el hoy de un enfrentamiento secular, del juego del toro de esta vieja tierra ibérica.
La voz de una mujer
Por Noelia Jiménez
Periodista y autora del libro Tinta y Oro
Somos cada vez más pero mandamos menos. O, para ser exactos, no mandamos nada. Esa es la situación de la mujer en el periodismo taurino.
A mí me dio por la aventura hace catorce años. Mi padre me advirtió. No lo hagas. Y fui y lo hice. Supongo que el buen hombre quería decir algo así como que las chicas estábamos mejor en el tendido, de carmín y oro, que metiendo la alcachofa en el patio de cuadrillas.
No era el único que lo pensaba. Aún recuerdo el día que un portero de una plaza de toros me pegó tres o cuatro largas cambiadas para no buscar al empresario que tenía mis acreditaciones. Año 2000. Yo tenía cara de niña y un vestidito sin mangas. Me miraba con chulería, no sé si por aquella regla no escrita que dice que en este bendito país le das una gorra a un mindundi y se cree capitán general. Tardó más de media hora en dejarme hacer mi trabajo. Creo que vi el primer toro de casualidad. Al día siguiente, me presenté en la plaza con vaqueros y camisa, así como muy asexuada, y la cosa fue más fácil. Al menos la mirada escupía menos condescendencia. Quizá fuera casualidad.
Aquella feria aprendí que a ciertos personajes que mandan más que tú no les gusta que a los toros te vayas con minifalda ni con cualquier prenda que deje intuir tu feminidad. No al menos mientras no empieces a tener cierto nombre en el mundillo. Y sobre todo si no quieres ganarte el sambenito de buscona.
Pero, por suerte, los grandes de esto te miran a los ojos y no al escote. Ven más allá del rímel y saben que de tus pupilas depende que un tercero pueda advertir los matices de su batalla. Y te hablan con el corazón en la lengua, conscientes de que la sensibilidad de una mujer es el mejor aliado de ese yo sentimental, un punto tierno y a veces hasta delicado, que anida en las muñecas de un torero.
Un grande de esto, del periodismo, me dio la primera oportunidad. Se llamaba José Manuel Carril, era el jefe de prensa de Las Ventas y me hizo el regalazo de encargarme una sección de entrevistas de personalidad con figuras del toreo que cambió mi vida y, años después, me abrió las puertas de la escritura.
Otro grande de esto, José Tomás, me concedió mi primera entrevista taurina. Y aquel fue el momento en el que decidí echarme a la espalda la recomendación de mi padre y las miradas insidiosas que empezarían a llegar después.
Hoy sé que mereció la pena. Cada vez que un torero me da las gracias por haber sido capaz de retratar sus entrañas con palabras, siento que da igual si nunca llegué arriba. Que estoy aquí para contar historias. Y que hay historias que suenan diferentes en la voz de una mujer.
Los toros, Patrimonio Universal de la Humanidad
La Fiesta de los toros—mal llamada Nacional— es uno de los mayores patrimonios culturales que existen en todo el mundo y en su propia historia.
Arte en sí mismo, donde el protagonista crea a partir de exponer su vida al capricho de la muerte, y sirve como inspiración o pretexto para otras artes y manifestaciones culturales.
Juan Iranzo
Esta fuente de riqueza plástica, artística, ecológica, económica e histórica pertenece a la humanidad. Es de quien la defiende y de quien ansía su extinción. Del que asíduamente visita plazas y ferias, y del que jamás lo hará. Del que deshila minuciosamente una faena, y hasta del que no sabe distinguir un natural. Es de todos y para todos.
Pero los aficionados son los que tienen el honor, y porque no, el deber y derecho, de custodiar este legado. Los que mantienen su economía y prestan su dinero para mucho más que sufragar los costes de producción de un espectáculo. Cada moneda que pagan en taquilla por una localidad, la invierten en su conservación y permanencia.
Sin darse cuenta, además de pagar al empresario por la organización de ese festejo, también dan de comer a una vaca y su becerrito, pagan los honorarios a la sastrería por el grana y oro que el torero estrenó, mantienen viva la empresa de transporte que trajo los toros del campo, y a la imprenta que los carteles imprimió. Además de los cientos de servicios hosteleros, viajes en taxi, publicaciones, vestuario… que mueve una sola tarde de toros.
Los profesionales del negocio taurino, no son más que los arrendatarios de este tesoro. Esta industria es la que, poniendo su trabajo, se beneficia de los recursos que posee la tauromaquia y debería rendir cuentas al aficionado de manera constante (su cliente y arrendador).
La impunidad con la que algunos taurinos se creen dueños del toreo, ocasiona una contínua lesión que acabará siendo crónica y terminal. A su paso, minan plazas y ferias, sacando público del tendido y enquistando la rentabilidad para futuros promotores.
El desinterés que la fiesta tiene en la base de la sociedad, no es más que la consecuencia de una gestión equivocada de sus recursos por parte de un modelo de negocio trasnochado, abusivo y egoísta.
El afeitado, el 33, la incapacidad de los taurinos por crear una verdadera industria del toreo, para lo que se necesitaría abandonar prácticas de negocio decimonónicas , y por supuesto, desterrar las guayaberas de los callejones o las gomas que atan fajos de dinero con los que se pagar toros y toreros… en mano.
Ahora bien, el futuro de la Fiesta pasa por convertirla en un modelo “2.0″, donde el aficionado interactúe con el sector profesional para evitar el modelo actual “pan para hoy…hambre para mañana” que tan dañino ha resultado. El profesional taurino debe de ganar dinero, crear y mantener puestos de trabajo, pero nunca a costa de sacrificar el futuro de todo un Patrimonio Universal.
Un día de toros, es un día que se vive con entusiasmo e ilusión. En compañía de gente querida, viajando, conociendo lugares y personas, motivando la economía de pequeños y numerosos negocios del sector servicios, y sintiendo la felicidad de creer en un espectáculo que forma parte de tu vida.
Hasta aquí, el patrón se cumple fiel y honrado. Pero en el momento que se cruza la puerta que da acceso al tendido, es cuando otros patrones envenenan el ánimo de los devotos, llegando a convertirse, desgraciadamente, en algo previsible.
Figuras, ricas y poderosas —dentro y fuera del ruedo—, que acuden a la cita con toros impropios bajo el brazo. Callejones infestados de chusma que jamás acudirían a una plaza si tuvieran que pasar previamente por la taquilla. Lidias malintencionadas que restan espectáculo al que paga… o en más amplitud, ferias confeccionadas bajo el criterio del cambio de cromos, donde el desinterés desploma el ánimo de aficionados y púbicos.
Males depositados dentro de una burbuja tan hermética, que cuando explote descubrirá las vergüenzas y olores de un sector que, o cambia, o está sentenciado a morir, pero asesinado en el camino, a un Patrimonio que no le pertenece.
Sirvan estas líneas para motivar el deseo a todos los aficionados de seguir disfrutando, amando y defendiendo a la más maravillosa de las artes, y su influencia en las demás, pero despertando la necesidad de cambio inmediato para asegurar su propia existencia. Es nuestro deber, y nuestro derecho.
Por qué lo llaman humor cuando quieren decir bazofia
Por Noelia Jiménez
Una cosa es ser gamberro y otra depravado. Una cosa es hacer humor negro y otra ponerse morado con las desgracias ajenas, que no tienen ni pizca de gracia. Del nazareno al azabache no hay un gran salto cromático, pero sí un abismo ético.
Pero sucede que hablar de ética con quien no la tiene resulta complicado. Como dar argumentos a los amantes del pensamiento único (que, por supuesto, es el suyo). Son partidos amañados antes de que suene el pitido inicial, pretendidos debates que no pueden ser tales porque una de las dos partes no escucha las razones de la otra. Respeto sí, pero sólo para mí. Derechos claro, pero sólo los míos.
Pienso esto a raíz de la portada obscena que El Jueves ha “dedicado” al accidente de Ortega Cano. Dejando a un lado el debate sobre quién tuvo la culpa del siniestro y sobre lo que vale la vida que se ha perdido –¿pero quién pone en duda que cualquier vida humana vale igual que las demás, famoseos aparte?-, da grima (grima y asco) pensar que para cierto sector de la sociedad la agonía de un hombre puede ser motivo de chascarrillo.
Pero es lo que sucede cuando el animalismo reina en una sociedad que ha perdido el norte y tampoco es capaz de encontrarse en ninguno de los otros puntos cardinales. Como escribe Francis Wolff en 50 razones para defender la corrida de toros (Ed. Almuzara), “intentando alzar a los animales hasta el nivel en el que debemos tratar a los hombres, necesariamente rebajamos a los hombres al nivel en el que tratamos a los animales”.
Y, por mucho que lo quieran los animalistas, todas las vidas (hombres, animales, plantas) no valen igual. Pero queda muy progre decir que la vida de un hombre vale tanto como la de su perro (y, por supuesto, tanto o más que la de un toro). Y ya se sabe: aquí o vas de progre (que no es lo mismo que ser progresista) o te mueres de asco.
P.D.: En torno al circo mediático que se ha montado por el accidente del viudo de “la más grande”, recomiendo la última contra de Carmen Rigalt en El Mundo del domingo 5 de junio, titulada “La maldición vive al lado”. Reproduzco un par de párrafos:
“Las noticias impactantes adquieren notoriedad según se van conociendo algunos detalles. Pero llega un momento en que ya se sabe todo y sin embargo, el interés crece. Es el tiempo del buitreo, la guerra de los cazadores de cadáveres, el comercio del morbo. Los que comerciamos con vísceras somos conscientes del plus informativo que contienen las noticias trágicas, de ahí que hagamos horas extraordinarias en los hospitales y las morgues.
Pero donde más tajada se saca de las tragedias es en los platós de televisión. Ahí el periodismo canalla cuenta con auténticos especialistas en descuartizamientos (…)”.
José Tomás está de vuelta
Por Mónica Bay
Parece que fue ayer cuando un espeluznante rastro de sangre recorría como un terrible presagio del callejón a la entrada de la enfermería, en una plaza que en ese momento debería estar vestida de feria, pero que esa tarde, decidió vestirse de incertidumbre. Vuelven a la memoria dramáticas escenas de un padre sollozando desesperado, inconsolable afuera de la enfermería, donde su hijo se encontraba tratando de llegar a un acuerdo con la muerte, negociando con ella una prórroga.
Pero esta no era la primera vez que ella y él se encontraban cara a cara. Eso pasa cuando se le provoca, cuando se le reta, cuando se le acerca a una distancia tan íntima, que se siente su tibio aliento susurrando al oído.
La primera vez que se vieron cara a cara, fue en Autlán de la Grana en 1996, y yo creo que ese encuentro, pese a lo dramático, no fue del todo desagradable, porque él se empeñó tarde a tarde en repetir proximidades, insinuaciones, en lanzarle miradas cómplices… y ante eso, era inevitable el reencuentro, y sucedió en Aguascalientes el 24 de abril de 2010.
Como todo gran romance que termina mal, nunca imaginábamos cuándo estaría de vuelta, con alma y corazón dispuestos de nuevo. Siempre cuesta reponerse, física, anímica y moralmente a un apasionado romance fallido.
Y ahora anuncia que está listo, que está de vuelta y que viene con todo.
Anuncia su retorno al camino de la pasión, de las cercanías, de la entrega y de la convicción, para el próximo 23 de julio en la Plaza de Valencia.
Así es, José Tomás, el mismo que se cuece aparte, el mismo que ya aseguró su espacio en la historia, aquel que marcó ya una época dentro del toreo moderno y que estuvo hace ya más de un año a punto de pasar del mito a la leyenda, lidiará toros de la ganadería de Núñez del Cuvillo, su ganadería consentida, la misma con la que reapareció tras 5 años de ausencia el 17 de junio de 2007, en Barcelona.
El mundo taurino estará pendiente de esta corrida hasta donde él lo permita, porque como sabemos, es un hombre celoso de su arte y de su credo y nunca ha sido partidario de los medios masivos, lo cual pone una barrera impenetrable a todos los que no estaremos ese día en la Plaza de Valencia, y nos priva de forma inmisericorde de dar testimonio de su regreso. Ojalá cambiara de parecer a este respecto. Pero lo importante es que este torero de misterio y de silencio, está de vuelta.
Y ese día en barrera estará Sabina, presto para plasmar con su corazón de poeta, lo que José Tomás realice con su alma de torero.
Al Maestro de Saltillo, Fermín Espinosa
En homenaje al más grande
Por Carolina Martínez
(Reportera de la Sección de EXTREMO en el ambito taurino. SALA DE LECTURA en Periódico Vanguardia)
Hace cien años nació en una casa humilde de esta ciudad –específicamente en Guerrero 310- el “Maestro de Maestros” de la fiesta brava: Fermín Espinosa “Armillita Chico”.
Su padre, un hombre sencillo de oficio zapatero y con vocación de torero, se esmeraba en proporcionar a su familia, si no de comodidades, al menos de lo más indispensable para vivir.
Siendo Fermín Espinosa Saucedo el menor de siete hermanos, no podía ser otra cosa en este mundo que torero, pero quizá nunca imaginó que sería el más grande de las historia de la tauromaquia en México. Su padre fue banderillero y arrendador de avíos para torear. Con esta actividad ayudaba a sufragar los gastos que la familia tenía.
Siendo muy pequeño Fermín, con cuatro años, y mientras jugaba fuera de su casa, llegó el matador Juan Silveti, acompañando a su padre. Juan Silveti sorprendió al pequeño Fermín toreando de salón. Cuando el niño lo vio con su imponente figura y su traje, corrió a esconderse. Hasta allí llegó Silveti, y lo animó a continuar con su afición y hasta lo recompensó con 20 pesos oro.
Tiempo después, aquel niño que jugaba a ser torero afuera de su casa tuvo que salir de ese barrio saltillense y viajar a San Luis Potosí, donde su padre alquilaba ropa de torear, y en ocasiones fungía como empresario y apoderado si era necesario. Siete años vivió en esa ciudad, para luego trasladarse a la Ciudad de México cuando tenía once.
A la edad de 13 años, nuestro apenas adolescente Fermín, participó en un festival taurino en la Plaza El Toreo de la Ciudad de México. En este festejo, en el que actuó como becerrista, el jovencito demostró tanto con el capote, como con las banderillas y con la muleta el talento innato que tenía, por lo que aunque dio tres pinchazos, la tremenda faena le mereció las orejas y el rabo.
Ese año, el chamaquito tuvo varias presentaciones en las que resultó triunfador, llevándose orejas y rabo aunque esta temporada de becerrista fue cortísima, los aficionados de El Toreo ya contaban las hazañas de ese mocito apenas era más grande que sus bureles.
Debuta como novillero el 18 de julio de 1926, a los 15 años de edad, con toros de San Mateo, toros puntales. Cortó su primera oreja como novillero el 25 de julio de ese año. Fue en su nueva etapa y durante la tercera corrida cuando recibió el primer percance, un puntazo en el lado derecho que no tuvo mayor consecuencia.
Durante su época de novillero participó en una novillada goyesca al lado de José Carralafuente, Alberto Balderas y José “El Negro” Muñoz, siendo el único que dio vueltas al ruedo al término de la lidia de los dos toros que le correspondieron.
Su última novillada la toreó en Guadalajara alternando con Jesús Solórzano y Heriberto García, con toros de Venadero.
Después de tan cortas temporadas como becerrista y novillero, en las que demostró su calidad torera, se preparó para tomar la alternativa en El Toreo el 23 de octubre de 1927. Durante este año toreó nueve corridas y apenas contaba con 16 años, la gente lo reconocía y su nombre ya se escuchaba en España, y se comenzaba a preparar la confirmación de su alternativa allá.
En marzo de 1928 se embarca a España acompañado de don Fermín y doña María, sus padres; de su hermano José y de su banderillero Rolleri. Su hermano Juan, un torero ya con cierta historia en España, preparó el camino a su pequeño hermano Fermín y además lo apadrinó en la alternativa, siendo su testigo Vicente Barrera el día 25 de marzo en Barcelona, cabe señalar que por aquellos tiempos, las alternativas que se tomaban en México no tenían validez alguna en España, por lo que habría de confirmarla en Madrid el 3 de mayo de 1928, sin embargo por el mal tiempo ésta fue aplazada hasta en tres ocasiones, terminado por celebrarse la corrida de confirmación el 10 de mayo de 1928 con 17 años y ante astados de Morube. Fue el torero más joven en tomar la alternativa y que con mayor rapidez pasó de becerrista a torero con la alternativa española y su confirmación en un breve lapso.
Ya en España, lo llegaron a considerar el “Joselito mexicano”, pues recordaba en su técnica, arte y gracia al desafortunado diestro español
Enamoró como dice el pasodoble a Sevilla, pero también se entregaron sin recelo Barcelona, Valencia, y Málaga. Lo mismo hizo en Portugal, Francia y el norte de África.
Después de la ruptura de relaciones entre los taurinos de España y México “Armillita Chico” toreó exclusivamente en Hispanoamérica, por lo que el sitio que había ganado entre los españoles poco a poco perdió interés. Sin embargo toreó tanto en Sudamérica que se ganó la afición de Perú. Les pudo, como se dice en el argot taurino, a los Miuras de Valencia, de Azín en Perú y a los de bravura seca de La Punta, Piedras Negras, San Mateo, La Laguna, Pastejé, toros de ganaderías a los que muchos toreros temían.
Desde pequeño Fermín fue muy hábil con el capote y la muleta, sin embargo pocos toreros abarcan los tres tercios, por eso en las banderillas el maestro parecía hacerlo tan sencillo que parecía que cualquiera podía realizarlo de la misma forma.
Muchos historiadores aseguran que “Armillita” era tan hábil en el tercio de banderillas que las colocaba en la circunferencia de un peso de esa época.
De su inspiración fue “La Saltillera” un pase con el capote en el que Fermín se situaba de perfil colocándose el capote a la cintura extendiendo ambas manos, llamaba al toro por el lado derecho y al producirse el encuentro entre ambos, “Armillita” elevaba el capote por encima de la cabeza del animal que seguía su carrera.
Goya y los toros de Burdeos
Por Paco Martínez
(Colaborador de Clarín RNE)
Tras la guerra de la Independencia, España se lanza hacia un proceso político ilusionante. Las Cortes, que se habían refugiado en Cádiz durante la contienda, son capaces de elaborar la primera Constitución de nuestra historia en el año 1812 y esperan la llegada del rey que estaba cautivo en Francia, pero el llamado “Deseado”, aquel Fernando VII que vendió a sus padres y a España entera, picó trasero al pueblo, restauró el absolutismo y, como mal presidente, le dio la espalda al respetable.
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Seis años de opresión trajeron consigo un pronunciamiento militar y un trienio constitucional con ansia de libertades que se diluyeron tras la llegada a nuestro país, en 1823, de los Cien Mil Hijos de San Luis, llamados por el rey felón para seguir con sus abusos.
A partir de ahí se derrumbó la torre de naipes, cayó el general Riego y Goya, ya con 78 años de edad, se tuvo que marchar a la francesa Burdeos temiendo represalias hacia su persona por el apoyo prestado a los liberales. El genial pintor está sólo y no le sobra liquidez, por lo que decide realizar en 1824 una serie de cuatro estampas, conocida como “Los toros de Burdeos”, mediante una técnica que aprende en su exilio denominada litografía. Salen cien copias de su obra en 1825 para venderlas en París y de esta manera aumentar sus ingresos económicos. Son tiempos marcados en la España taurina por la muerte del señor Curro Guillén, a quien un toro en Ronda lo mandó a mejor vida en el año 1820 tras una cornada que le reventó el muslo. En aquel entonces, con José Cándido en decadencia la Fiesta se alborota por la pugna surgida en el ruedo, y fuera de él, entre los seguidores del torero absolutista Antonio Ruiz “El Sombrerero” y el liberal Juan León, los blancos y los negros frente a frente, dos Españas que se miran de reojo.
Entre tanto, un anciano Goya casi olvidado por todos languidece de pena en un país extranjero, pero antes de morir en 1828 deja para la posteridad una serie de cuatro litografías que retratan la Fiesta de aquel entonces como nadie lo había hecho jamás: “Los toros de Burdeos”. Una la titula “El famoso americano Mariano Ceballos”, y está dedicada a un moreno hispano que domaba a los toros sentándose en sus lomos, a modo de rodeo, para después despachar a otro astado como si de un rejoneador se tratase. Este indio fue muy admirado por Goya, ya que lo inmortalizó en dos de sus láminas de La Tauromaquia, y toreó mucho en Pamplona entre 1773 y 1779, año este último en que lo vio torear el barón Charles Deviller y así lo cuenta en su “Viaje por España”. Al parecer murió en un festejo celebrado en Tudela en 1780, según apunta Vargas Ponces en su obra inédita “Disertación”.
Las otras tres láminas no están dedicadas a diestro alguno y se denominan: “Bravo toro”, “Diversión en España” y “Plaza partida”.
En total son cuatro litografías. Únicamente cuatro. No le hacen falta más al maestro de Fuendetodos para meternos de sopetón en aquella fiesta rebosante de pan negro con orujo y ayuna de pernil con mondongueo. Las plazas entonces están rebosantes de una muchedumbre sin rostro, carente de triglicéridos, que se aprieta entre los tendidos para olvidarse durante tres horas del hambre que les entristece el alma. La anarquía en el festejo es total pues la nobleza hacía ya unos cuantos años que había abandonado una fiesta tan cruel como la supervivencia diaria, como los hijos de los parias pidiendo pan a las siete de la mañana sin nada que echarles a la escudilla.
Los más valientes, guapos de taberna de tres al cuarto, veteranos licenciados del alba cerrada, gentes del bronce, jerigonceros cum laude, catedráticos de la desesperanza y sans-culottes a la española se permiten el lujo de ver el espectáculo desde el ruedo. Por si hay que tirar de capa, o de lo que haga falta, para echar una mano.
No se perciben en las litografías las reglas que asfixian a la Fiesta actual. El pueblo se sienta donde le viene en gana. Los picadores sin peto hacen suyo el dicho de que “hasta el rabo todo es toro” y echan la puya donde pueden. El cornúpeto es el enemigo a batir. El ruedo se parte en dos para que los espectadores se inyecten en vena mayor dosis de adrenalina y contemplen una escena con cada ojo para que se embote el cerebro hasta el colapso y suba la presión; mientras que los corajudos, con la bota de vino vomitando ya la pez le echan el pulso a uno de los animales más bellos de la creación. Cincuenta kilos contra quinientos. Destreza contra fuerza bruta. Desprecio de la vida de unos españoles que le tenían más miedo a la tralla del capataz del señor conde y al recaudador de tributos del rey que a las guadañas que cabalgaban a lomos de aquellos toros cornicortos y certeros.
Chispazos de luz en la caverna de una España mal gobernada por un rey, que no nos merecíamos, que permitió que un genio como el litógrafo de “Los toros de Burdeos” muriera en el exilio después de plasmar una obra maestra.
Las zapatillas de José Tomás
Por Santiago Celestino Pérez.
(Profesor de Crítica Literaria de la Universidad CEU Cardenal Herrera de Valencia)
El mito surge de la leyenda no de la historia. Nace de la imaginación creadora y no de la observación. Don Quijote, Don Juan y Celestina viven en nuestras almas. Tanto el soñador como el burlador o la embaucadora se sirven de la palabra.
Sin embargo, en los toros se habla de la sabiduría del silencio. José Tomás, el torero del silencio, en palabras de Luis María Anson, revolucionó la temporada taurina de 2007. Desde su reaparición, el 17 de junio en Barcelona, fue portada de periódicos nacionales e internacionales como The Wall Street Journal; abrió los informativos y programas del corazón; llenó las plazas y las carteras de los reventas con las barreras a 1.500 euros. Todo gracias a su toreo, su sangre y su silencio.
Como los héroes de Shakespeare y Cervantes, Hamlet y Don Quijote, El Juli y José Tomás se retaron en Ávila. Tarde en la que Ponce se cayó del cartel. Frente al idealista que obra, ganó El Juli que piensa y analiza y perdió la Fiesta porque faltó el toro.
José Tomas tiene alma quijotesca. Un hombre de ojeras incoloras con miedo a ser un náufrago solitario. Un torero al que sus ideales lo empujan al sacrificio. El público lo ve como una fría máquina sin sangre al servicio de la muerte. Sin embargo, con su toreo, su sangre y su silencio regó el albero de Barcelona, Málaga y Linares.
Linares siempre Linares y Manolete, su ídolo. Si Manolete es el búho con un halo de trágico unamuniano, José Tomás es el quetzal, un pájaro maravilloso, en vías de extinción, con pecho rojo, el cuerpo de un verde tornasolado y con una enorme cola rizada. Es el símbolo de la libertad porque cautivo, muere. Muerte que rondó a José Tomas en la plaza de toros de Aguascalientes, patria del quetzal cuando México se llamaba Tenochtitlán, la tarde del 25 de abril de 2010. “Abril el mes más cruel, criando/lilas de la tierra muerta, mezclando/memoria y deseo, avivando/raíces sombrías con lluvias de primavera”, canta el poeta T. S. Eliot. Resulta curioso que esa tarde de primavera, igual que el día de Ávila, José Tomás luciera un terno grana y oro, con fajín y corbatín verde. Sí, los colores del quetzal.
Llega el momento de la verdad que en los toros es sinónimo de muerte. En él confluyen dolor y gozo, materia y espíritu, creación y destrucción. Acertaba el maestro Luis Francisco Esplá al señalar en su artículo “Esto me está matando”, publicado en El País el 9 de junio de 2007, que el alma del torero tiene algo de zapatilla gastada. Y añadía que: “Cuantas más corridas… más experiencia, sí, pero menos suela”. José Tomás lo sabe. Sabe que está solo y se le eriza el alma. Cuantas más corridas… menos sangre y más silencio. Sólo hablan sus zapatillas.
El toreo, sentimiento y entendimiento
Por Miguel Ángel Lafuente.
(Vicepresidente de las Cortes de Aragón)
Respeto, miedo, estupor, ilusión, admiración, interrogación… Estos y muchos más sentimientos y percepciones despierta el toro de lidia cuando asoma su cara agresiva por la puerta de chiqueros para ser dominado por un hombre en toda la potencia de su naturaleza, en su casta, en su bravura y por qué no decirlo, también en su mansedumbre. Es el toro el que reclama la sensibilidad y el entendimiento del aficionado desde un principio, desde el origen mismo de la lidia, desde que la muerte se hace presente en el ruedo.
Y contra esa fuerza brutal de la naturaleza, el poder, el mando, la inteligencia, el temple, el valor y la capacidad interpretativa que aspira al arte. Esta es la combinación deseada que reclama del torero el animal para la conjunción perfecta que conmueva los sentimientos del observador. Si algo falla en esta simbiosis llega el desastre o la nada, bien por la claudicación del animal o bien por la incapacidad del diestro.
Pero esta idílica comunión debe además conectar con el tendido, debe traspasar el corazón del que observa, para lo cual se necesitan ciertas claves que desentrañen el secreto, ese secreto que suponen los vericuetos de una faena perfectamente engarzada y asentada, claves que quizá el observador no es capaz de interpretar pero que en su corazón andan inscritas desde siempre. Así son los públicos.
Ahora bien, para alcanzar la perfección, para declararte verdaderamente aficionado, yo diría apasionado por este inigualable arte, el sentimiento sólo puede conmoverse desde el entendimiento. Esta fiesta es culta, aunque haya quien lo dude, y reclama del observador una buena dosis de sapiencia, pues sin ella todo se difumina, pierde su sentido y hasta puede resultar vana y superficial.
Por todo ello se puede concluir que el toreo es cosa de tres. Toro, torero y aficionado; y de igual modo que para entender un buen cuadro de Picasso debemos hacer acopio de sensibilidad y conocimiento, también una faena ejecutada por un espada a un toro en la plenitud física de su naturaleza debe interpretarse desde las mismas claves que aspiran a la exaltación estética. Con ética, por supuesto.
Desde mi propia perspectiva y haciéndome eco de mis carencias como aficionado, debo decir que el toreo es materia para el continua aprendizaje, tanto para el diestro como para su observador, el aficionado, teniendo en cuenta que saber torear es cosa de maestros y saber ver toros de buenos aficionados.
Y hay que investigar, y leer, y hablar, y ver muchas corridas de toros. Y transmitirlo para que ese conocimiento forme parte del caudal intelectual de otros aficionados. Al toro sólo cabe exigirle plenitud física, casta y bravura. ¡Casi nada…!
Si tiene la dicha de vivir ese momento en una soleada tarde de toros, nunca podrá olvidar ese instante en el que este espectáculo le traspasó el alma.




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