
Llegué a Durango a eso de las once de la mañana, el viento estaba calmado, cosa rara en estas fechas y en esta ciudad, pero por primera vez percibía que algo bueno se aproximaba. Las cosas iban bien, y estaban rodando correctamente, solo pequeños detalles desde que me desperté esa mañana… pero pequeños detalles que hacen que ese mismo día lo afrontes con tranquilidad y buena vibración.
Mientras comía me dieron la noticia del lote que me había tocado en suerte. En principio me pareció muy bueno. Era un lote en el que iba uno de los toros más fuertes y uno de los que menos. Me tranquilizó, incluso seguí comiendo. Tenía confianza en que seguían sucediendo cosas buenas y organizadas en el día y se presagiaba algo bueno.
Pero llegué a la plaza un poco tarde. Algo ya empezaba a fallar pero ni importancia le di.
En el hotel hice lo de siempre: hacerme la silla (que casi siempre me la hago yo), y sentarme durante unos minutos en la esquina de la cama, asimilando o intentando asimilar donde me encontraba. Y en la situación en la que estaba.
Como por telepatía, me llamó por teléfono mi madre y mi tío desde España. Más nerviosos que yo. Los pobres saben de todo lo que se pasa hasta llegar a esto… y viven con la impotencia de no poder estar a mi lado.
El rato de tiempo lo pasé leyendo y viendo una película que casi siempre me pongo antes de torear. En ciertos aspectos me motiva, me ayuda a ubicarme en la inminente batalla y a saber afrontarla mucho antes de que suceda.
Al llegar a la plaza tuve una sensación que me llenó de grandeza. Ya estuve en esta plaza hacía tiempo en un tentadero público y conocí a los chavales de la escuela. Entonces me llamaban matador. Este día al llegar a la plaza, me llamaron maestro. Madre mía, nada menos que ¡maestro! Cuantos años e sufrido solo por un día, y sentir la sensación de escuchar esa palabra hacia mi persona y con el respeto y la inocencia de unos niños desconocedores de cualquier entresijo taurino y de una lucha sin tregua, solo escuchar eso, me hace estar orgulloso de lo poco logrado.
La tarde fue pasando. Por los chiqueros salieron 6 toros prácticamente infumables: mansos, con peligro, desarrollando sentido durante la lidia, quedándose en los tobillos… apenas uno se dejó torear medianamente a gusto, al que Ochoa supo entender perfecto, y después de un espadazo cortar (o mejor dicho) arrancar dos orejas.
Mi segundo toro fue protestado por chico. La gente se me puso en contra sin yo tener culpa ninguna. Lo devolvieron y sacaron un reserva que había…
La gente ya ni le interesaba lo que sucedía en la plaza. Entre el frío y los toros, se empezaron a marchar. Mi lidia del último toro parecía que era un tentadero. Un murmullo continuo sin el más mínimo interés por lo que en la plaza sucedía.
Al igual que los demás, a pesar de ser de otra ganadería, ese toro pareció contagiarse por las ideas de los anteriores y fue más de lo mismo. De tablas a tablas sin entregarse. Si empujó en el caballo, pero en la muleta se rajó… y nada que hacer. Ni dejar pegar un arrimón. El toro quería su sitio.
Entre toro y toro solo pensaba en “el por qué”. Con la falta que me hacían las orejas para poder pedir toros… me tenía que pasar esto, por qué, por qué…
Frustrado a más no poder, no me queda más que resignarme.
Casi con lágrimas en los ojos llegué al hotel. Seguía pensando en el por qué me tenían que pasar estas cosas… toda la mentalización, fruto de la necesidad de las penurias, y de todo, no me han servido para nada.
Ya todo había pasado.
Una vez más pienso que esto no es para mi. Que es muy difícil y se necesita mucha ayuda, que completamente no tengo.
No se puede correr un premio de GP de motociclismo con una vespino, aunque puedas tener las mejores cualidades para ser piloto.
Quise una vez más tirar la toalla. Una toalla más que usada ya.
Como siempre los amigos me animaron a que esto es así, que salen tardes malas. Lo sé. Solo no encontraba explicación de “el por qué”… cuando tanta falta me hacía para poder torear más.
Ya en Torreón, de vuelta a entrenar. A perfeccionar errores que siempre los hay. A intentar organizar una pequeña continuidad toreando y ver cómo puedo hacer para encontrar festejos. Solo toreando de salón, ni se hace un torero, ni te paga nadie nada. Esa es la preocupación.
Con la vista puesta en el 4 de marzo, intento seguir teniendo la misma ilusión. Difícil, pero bueno. Ya estoy tan acostumbrado a perder, que cuando gano me enfado… ¿será que así es mi camino?