Titulares
Marco A. Hierro
17 de Mayo, 2012

Hubo vencedores y vencidos, hubo acomodados y hubo cornadas en el orgullo, pero nadie se acordaba ya, hasta hoy, de que ser figura no es sólo ganar dinero y anunciarse en los carteles. Nos lo recordó una corrida de Victoriano del Río que se convirtió en improvisada e imprevista vacada de lidia firme, toque fuerte y alma en vilo por jugarse la cornada cualquiera que anduviese delante. Hubo una y pudo haber varias más. Porque al encierro le faltó la misma clase que violencia le sobró, pero en la cara anduvieron tres tíos con marchamo de figura y corazón de torero que hoy debían ir a la guerra. Y fueron. Para bien o para mal.
Fue figura Castella camino de la enfermería, después de haber matado dos bichos con medio pitón en la ingle, tan herido como ellos, sin cambiar el gesto ni mudar ‘la color’. Lo fue porque tras el dramático momento en que el toro se le vino de veinte metros y le hundió de lleno el asta, volvió a la cara para enganchar de nuevo adelante y transportar la embestida con compás abierto y brava muleta volandera para que se rompiera Madrid. Ni se había mirado el francés, pero de verlo tanto en el ruedo parece que el herido cumple su obligación manteniéndose en el anillo con el muslo partido en faena tan larga que sonó el aviso antes de coger la espada. Y la ovación sonó después, cuando volaron los pañuelos tras la estocada y se concedió el trofeo. Y Castella, que se sentía figura, decidió quedarse en la plaza hasta matar al cuarto, porque ser figura es tener ambición.
Tanta tuvo que aún estaban las carnes abiertas cuando brindó al público para asentar las plantas en estatuarios de valerosa quietud y partir al toro en una garbosa trincherilla y el de la firma. Celestial el comienzo. Y firme el toreo fundamental, aunque hubiese que perder un paso al pegajoso victoriano, siempre encima, siempre exigiendo un gobierno que ofreció el galo en los tres que aceptaba y no pudo culminar por su violencia en el cuarto. Hubo esfuerzo sobrehumano del torero, pero también un empeño excesivo en exprimir a un animal acabado con el que el fallo a espadas lo dejó todo en silencio.
Ser figura es tener la capacidad de pegarle cinco lambrazos y una media al segundo con cadencia disparada, asentado compás y templado trazo. Como hizo Manzanares. Y también tener la seguridad pasmosa para saber construir la faena y soltar la precisión suiza de los vuelos de franela en una tanda de diestra mano y largo recorrido que culminó en cambio de mano de plástica explosiva. Pero ser figura es, también, quedarse en la cara tras el pinchazo para empujar el estoque con la mano y el alma.
Pero, sobre todo, ser figura es jugarse la vida sin trampa ante el mentiroso quinto, que pareció ofrecer almíbar en el fácil saludo capotero para agriarle el gusto después en los tornillazos criminales en que convertía los trazos. Se quedó Manzanares siempre colocado, siempre responsable ante la informalidad de una prenda que tomaba uno medio humillado para delinquir en el siguiente. Por eso la ovación tras la estocada, cuando Madrid reconocía el esfuerzo de una figura en la embestida torista de lo que llaman ‘comercial’.
Ser figura es levantar a Las Ventas del asiento con la fe de una muleta de templado pulso en las manos de Talavante, con el mando acusado en los muletazos de largo viaje y plástico final, con el alma desgarrada en un cambio de mano que aún no ha terminado de pegar el extremeño. Pero perdió el fuelle el de Cortés, y debió quedarse el resto del trasteo en un intento de fantasía que nunca permitió el animal a medias que a medias dejó una faena que sí tuvo, por el contrario, todo el compromiso.
Como lo tuvo la del sexto, donde el Tala recordó a la concurrencia que ser figura es provocar el rugido en los tendidos con asiento en los delantales de recibo, con media larga recortada para presentar intenciones y crédito. Y fue cumbre la plástica quietud en los estatuarios, amalgamados con cambios por la espalda de ceñidísima lámina y el toro por delante hasta que pasó el rabo. Ser figura es ser un tío para aguantar con firmeza y paso adelante las caras sueltas con muletazos de fe y de persistencia ante las protestas. Por eso el reconocimiento de Madrid tras la estocada.
Porque ser figura es, en definitiva, jugarse la vida sin trampa con el toro que salga por la puerta de chiqueros, en Madrid o en Valdepiélagos, para demostrar que hay muchas cosa que significa ser figura. Pero una, sólo una, es común a todas: ser torero.
FICHA DEL FESTEJO
Toros de Victoriano del Río, segundo ovacionado en el arrastre y uno de Toros de Cortés (3º). Bien presentados y de juego desigual.
Sebastián Castella, oreja tras aviso y silencio tras aviso
José María Manzanares, ovación tras leve petición y ovación
Alejandro Talavante, palmas y ovación tras aviso.
Saludó en banderillas Juan José Trujillo. Lleno de “No hay billetes”. Parte médico de Castella: “Herida por asta de toro en el tercio superior de la cara interna del muslo derecho. Trayectoria de 10 centímetros hacia dentro que alcanza el pubis. Pronóstico reservado”.

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Marco A. Hierro
16 de Mayo, 2012

Más de cien años después, con el peto protegiendo los caballos, diecisiete reglamentos distintos para regir el espectáculo y los animales llegando a Madrid en camiones de dos en dos, con el portón de chiqueros más grande de la historia del toro, en un sinsentido colosal del que todos niegan la culpa, Iván Fandiño llegó a Las Ventas sin bajarse de su tren.
Comenzó a cogerlo poniéndole el trapo a elefantes de capea sin más premio que el crecimiento personal. Entregó el billete al revisor el pasado año, recogiendo orejas al valor tras jugarse la vida en Madrid y debajo de una encina, tras catar el hule del que pisa el sitio donde los toros hieren y del que no se escapa nadie con pelotas para estar. Y le ha dicho a Madrid, alto y claro como cielo del verano que ya está a la vuelta de la esquina, que no se baja del tren que quiere que lo haga rico.
Renovó el billete gordo con el sexto, 622 kilos de carne corta y sin cuello, rematada en curvilíneo cuerno y apretada culata, que se echó a los lomos caballo y picador con pasmosa facilidad para demostrar movimiento y poder. Justo lo que le había faltado a la corrida de El Montecillo. Justo lo que necesitaba Iván para volver a colgar pañuelos del cielo de esta plaza.
Y clavó puntas en los talones para que no le dejasen más que un leve giro, suficiente para quedarse colocado y firme y enganchar las repetidoras embestidas de un toro con transmisión al que le vino bien la distancia para que su gran corpachón evitara en la inercia su defecto de reponer. Hubo gobierno en una muleta de pico apuntando a los infiernos y embarcadora bamba de firmeza, raza y ambición que tuvo su culmen en dos derechazos carísimos, de ralentizado diapasón y templada suavidad, con el toro ya vencido. La estocada fulminante rubricaba el despojo del enemigo y garantizaba el asiento en el tren de vuelta.
Porque no hubo enemigo en su primer acto. Toro de freno fácil que se gastó mucho en el peto y derrochó después embestidas violentas y arrolladoras para que Fandiño tragase feos gañafones de cara suelta y nula clase. Toro imposible a la tercera tanda, de olvidarlo cuanto antes para que no se impacientase Madrid.
Sí lo hizo con un César Jiménez que tiene méritos más que suficientes para un bono viaje en primera en el tren de la concordia con Las Ventas y viene a que nunca recuerden sus cuatro puertas grandes. Fueron suyos los muletazos más caros. Y fueron al burraco segundo, toro hermoso en hechuras y remate que hubiera sido de lío en plaza de menor entidad y de excesivo mimo en esta arena. Toro de pulso, calidad y humillación por el pitón zurdo, de embarcar y transportar para sentir el toreo bello, pero no la emoción. Toro de limitado fondo y tandas cortas que se diluyó en un trasteo de limpia armonía y plásticas formas que nunca pudo romper en pasión. Por eso se fue César en silencio cuando el aviso le cantaba el excesivo metraje.
Esperaba el madrileño en taquilla que el quinto le vendiera el billete para quedarse en el tren lanzándole verónicas de asiento y suavidad para que las tomase sin fijeza ni entrega, sin permitirle siquiera el remate del saludo. Ni dejándolo crudo pudo impedir que se aburriera en una faena que brindó a la infanta Elena y que tuvo dos engañosas embestidas, las dos únicas que le ofreció por abajo, para que le soplase dos naturales de vídeo en las escuelas.
Liviana, muy liviana fue la actuación de un Cid que se estrelló con dos toros mansurrones y medio humillados, de muy livianas fuerzas y liviano recorrido. Como livianos fueron también los lances de recibo a un primero musculado y armónico de desliz sin fijeza que salía rajado por el pitón derecho y carecía de recorrido por el izquierdo, que terminó defendiéndose ante un Cid desesperado que alivió su livianía con una estocada contraria.
Luego anduvo desconfiado con el desproporcionado toraco soso y bobalicón, enorme de cuerpo y pitones, que hizo cuarto para arrastrar el castigo de sus 635 kilos cada vez que humillaba e irse un poco más largo en los livianos muletazos de periferia del sevillano, que se dedicó a esperar la de Alcurrucén con un silencio tras el recado.
Por eso fue Fandiño, que se sobrepuso a la mala corrida de El Montecillo, quien vino y se fue en tren. Porque compra un billete cada tarde y se gana al revisor a base de darle lo que de él espera. Porque se subió al vagón cuando ya estaba en marcha y se viaja mejor en primera que en vagón de mercancías.
FICHA DEL FESTEJO
Corrida tradicional de la Asociación de la Prensa de Madrid.
Toros de El Montecillo con 110 kilos de diferencia entre el primero y el mastodonte cuarto. Descastasdos y de acusada mansedumbre en general. Con muy buen aire sin fondo el segundo y con transmisión el geniudo sexto.
Manuel Jesús ‘El Cid’ (azul rey y oro): silencio y silencio.
César Jiménez (palo de rosa y plata): silencio y silencio.
Iván Fandiño (lila y oro): silencio tras aviso y oreja.
Tres cuartos largos en tarde calurosa.

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Marco A. Hierro
15 de Mayo, 2012

Si no tienes ‘guasap’ es posible que no estés registrado en los móviles de la empresa, con los que informa a los apoderados de las fechas que les han correspondido en la tómbola y que olvidan a quien no entra en su agenda de contactos. No los vieron cuando tiraron de lista para mandar el ‘guasap’ y pasaron al siguiente. Aunque, bien pensado, podrá decir la gerencia que es falso lo que aquí se afirma, porque un torero como El Juli no sólo tiene ‘guasap’ en su Smartphone, sino que, además, es activo en Twitter. Pensarían que nadie le iba a echar de menos…
Es esta una feria hecha a golpe de ‘guasap’, donde tiene cabida dos tardes Julio Aparicio pero no se encuentra acomodo oportuno a Eduardo Gallo, que tiene que pisar Las Ventas en una sustitución después de cuajar casi perfectos a dos toros de Martín Lorca en la corrida previa de las migajas que valen. Ambos hicieron el paseíllo con la de El Ventorrillo, pero sólo estuvo el que no estaba. Sólo le valió a él una corrida fuerte, seria, astifina y pechuda que guardaba las ideas en el cajón de la pistola. Sólo él salió indemne y vivo de una tarde de apostar a costa de la cama que a punto estuvo de catar tres o cuatro veces.
Sólo Gallo entre las broncas exacerbadas y lógicas, la anodina abulia de la falta de opción y una preocupante falta de toreabilidad en un hierro que ya no es para las figuras, pero tampoco se concibe como torista, y pena en la medianía purgatorial del que se escapa de las manos. Y en las manos lo tiene un Eduardo Gallo que pedía el día 6 el vestido tabaco y oro a su mozo de espadas porque el azul de hoy, el más nuevo, era “para el día que toreemos en San Isidro”.
Seguridad en la actitud y en los gestos. Y eso que salió al ruedo un Cervato cuyo parecido con el que cuajase el pasado año Talavante era fruto del inconsciente colectivo. Corto de cuello, feo de expresión y amplio de caja era la prenda, que salió pegando brincos para que el charro le soplase tres lapas y una media con más asiento que brillo, con más distinción que remate. Y eso que mintió el bicho en la gran pelea con Ney Zambrano, palo en ristre, que se ganó la ovación antes de que el toro pasease en banderillas los pitones por las hombreras. Toro de apuesta y posible hule que Gallo brindó al ministro José Ignacio Wert, por su apoyo a la Fiesta.
Cuatreño embustero que se desplazó por el pitón derecho en el templado inicio de doblones por bajo, distancia medida y diestra poderosa con pies atornillados. Tanto que se llevó un derrote seco en la boca cuando nada hacía presagiar un extraño en el encajado muletazo que ya apretaba al ventorrillo. Toro áspero y desagradecido para un torero en actitud de pelea que se la echó siempre como si fuera bueno y saludó una ovación para enviar un ‘guasap’ a las empresas.
Otro mensaje envió en el sexto, serio, montado y agresivo, al que Gallo saludó animoso con la capa para poner lo que le faltaba al engañoso humillador. Porque agachaba sólo un segundo, lo justo para parecer encastado en la mentirosa y alocada huida al caballo de un Paco Tapia que no le permitió ni una concesión. Y otro poderoso inicio dándole al toro los bajos que pareció pedir hasta que se dio cuenta de que no le gustaban las apreturas. Tampoco al torero le gustó el bicho, pero le tragó quina de verdad y se puso sin temor al hule para mostrar al mundo que quiere subir al carro de las ferias con más argumentos que la mayoría.
Un ‘guasap’ le pusieron a Curro Díaz para informarle de que en Madrid sí cuentan con él, aunque sea para matar dos mansos deslucidos y con escasas opciones que no ofrecieron lo que prometía su bonita estampa. Toro de buscar las tablas el segundo, que nunca pasó del embroque y se perdió en el silencio. Toro de doce arrancadas con genio el hermoso quinto, cortas y tan secas que sorprendieron hasta al propio matador, que redujo ya sin fuelle al repetidor embustero para que se fuera a chiqueros sin pensarlo más mientras el torero quedaba inédito en su paso por Madrid, que escuchaba el chotis de la banda en el día del Patrón para ahuyentar las penas.
Para penas, las de un Julio Aparicio que, como cuenta la reseña, también hizo el paseíllo.
Y también fue Trending Topic en Twitter, como Gallo y Curro Díaz, para demostrar que en España siguen interesando los toros, pese a que la empresa del ‘guasap’ no sepa buscar su interés en lo que ocurre en la arena y se dedique a poner mensajes a quien les cambia sus cromos. En persona o por ‘guasap’…
FICHA DEL FESTEJO
Toros de El Ventorrillo, bien presentados, serios, mansos y ásperos en general. Primero y cuarto propinaron sendas cornadas a dos caballos de picar.
Julio Aparicio: bronca y gran bronca con salida entre almohadillas.
Curro Díaz: silencio y silencio.
Eduardo Gallo: ovación con saludos y silencio.
Más de tres cuartos de entrada en tarde agradable.

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Marco A. Hierro
14 de Mayo, 2012

Tuvo la capacidad de reconocerlo una plaza madrileña que lució la misma calva, quizá con algo más de maquillaje, que en la primera de abono. La misma que otorgó su favor a la dama del castillo, la que conquistó sus almenas cuando encañaban los campos en el último estío, hasta que ésta, por segunda vez en el año, no fue capaz de aliviar el desaire, aunque el aire jugase en su contra. Exactamente la misma que varió la rotundidad de sus olés cuando el poder de Gonzalo se convirtió en el querer de Tulio. Esa plaza, la más importante del mundo, supo intuir entre las telas más lo que insinuaba el de blanco y plata que lo que ofrecía su verde muleta.
Porque fue eso, lo que el aficionado pensó que podía desarrollar Caballero, lo más caro de una tarde donde saltaron al ruedo novillos de tres hierros y ninguno fue redondo, aunque algunas franelas dejasen al aire las puntillas de los dueños. Sólo una quiso más que pudo, y pudo más con el tercero, que apuntó a las alturas su engallada cuerna cuando vio la luz del ruedo, pero barrió después la arena persiguiendo con chispa la muleta asentada y firme de un Gonzalo Caballero que puso valor en los estatuarios iniciales y rompió después las gargantas con dos firmas y un trincherazo de sentirse el rey del mundo. Y lo fue durante veinte minutos, lo que duró en el ruedo un Palmero que se fue viniendo a menos entre los altibajos de una faena larga que deslizó dos naturales con aroma por aquí, una trinchera por allá y ganas de hacerse rico por todas partes. Lo de menos fue la oreja tras el espadazo de fe. La impresión hubiera sido la misma aunque el despojo del enemigo no hubiese quedado en la mano del vencedor.
Ya era escudero Gonzalo cuando salió el sexto de Fernando Peña, largo como un tren, rematado en el conjunto y serio en la expresión, que acusó el largo puyazo con que lo recibió el caballo en el primer encuentro. Había humillado en los trapos, había enseñado calidad sin fijeza, y eso había visto el chaval, convencido de brindar el triunfo a la tabla redonda. Y se fue a la cara para torear, aunque fuesen a penas dos muletazos, antes de que el burraco firmase el armisticio y el arrimón que quería mitigar la carencia de más argumentos no fue del agrado del Sanedrín. Se fue entre el silencio tras la estocada a cámara lenta, pero ya estaba enviada la misiva al rey; Gonzalo será caballero.
Al revés comenzó la tarde de la dama, cuando el primero de Buenavista, el hierro titular, perdonó el ensarte a Raúl Corralejo y dejó en las tablas, por la cepa, la vaina de su arma. Salió en su lugar un sobrero de Couto de Fornilhos, con pies y genio, pero también con transmisión, que se ganó la parte de los de sol con el espectacular derribo de la montura. Al contrario que Conchi Ríos, que saludaba su regreso con la pierna de apoyo detrás de la suerte. Y le faltó valor luego para torear, que no es descararse ni desplantarse, sino asentar lo talones y tragar quina para someter la áspera embestida del utrero portugués, que vendía caras las geniudas embestidas, pero las servía pronto una vez pagadas. No tuvo pecunio la novillera para la apuesta, que se saldó con cuchillada en los blandos y concierto de trompetines en las almenas.
No estaba para más conciertos la torre del homenaje madrileña cuando se hizo presente Melenitas, el más toro del encierro, amplio de cuna y caja, generoso de pechos y de pitones que sembró la duda entre los de luces y apagó las antorchas en el castillo de Conchi Ríos. Distancia en el inicio y la noche que llegaba tras la colada, sólo mitigada por una pequeña luz en una tanda de despacho sin asiento, toque fuerte y bicho desplazado, de no ver el alba tras el negro cortinaje y abandonar entre pitos el anillo que le dio la gloria.
También los escuchó Tulio Salguero en la tarde que pretendía ser de su puesta de largo y se quedó en corto pantalón que otro día remendaremos. Y hubo disposición con su primer Buenavista, que voló tras el capote en cuatro lances y se aburrió en seco en el siguiente, volviendo loco a un torero de pocas puestas entre el aire de Las Ventas. Y se sobrepuso mientras pudo con el desagradecido animal, que demandó, quizá, lidia de bajos doblones cuando el chaval necesitaba muletazos bellos. Y entre pitos se fue su ilusión por el mal uso del acero.
No hubo fe, más tarde, en el capote de un Tulio que había tenido valor cuando voló a su espalda en el quite al cuarto y saltó por los aires en voltereta que libró de milagro la herida. Quiso mucho, el extremeño, y pudo poco porque no ha aprendido aún a estructurar y medir terrenos y distancias. Quiso torear por bemoles y a bruto suele ganar el toro. Se vieron las ganas en los muletazos a un novillo que los iniciaba por abajo y los concluía por arriba, y el hambre de triunfo para no aburrirse en la cara, pero se fue entre el silencio porque no se intuyó más de lo que se mostraba.
Por eso fue Gonzalo, un novillero imperfecto, inexperto y verderón, quien se llevó el gato al agua en tarde de querer ver. Y de vislumbrar caballero en el aprendiz de paje para comprender que el de blanco y plata será ordenado tal porque quiere ser gente.
FICHA DEL FESTEJO
Novillos de Buenavista, bien presentados. Aplaudido en el arrastre el tercero. 4º y 6º de Fernando Peña y un sobrero, que sustituyó al primero, de Couto de Fornilhos.
Conchi Ríos: silencio y silencio
Tulio Salguero: silencio y silencio
Gonzalo Caballero: oreja y silencio.
El banderillero Raúl Corralejo, de la cuadrilla de Conchi Ríos fue atendido en la enfermería de un traumatismo toracoabdominal.

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Marco A. Hierro
14 de Mayo, 2012

Pagaron hoy los ganaderos charros el pecado mortal de agarrar por la pechera al amo de la barraca, que sacó la foto entonces y se cobró ahora el peaje. Por eso mandó reseñar la corrida sabiendo que el reconocimiento se encargaría de echarle encima la tierra. Por eso estaba ya el camión a la puerta, con los toros de Valdefresno, cuando se afanaban los veterinarios en firmar el que pretendía ser parte de defunción.
En dos toros se quedó la ilusión del hierro titular. Y en uno solo el que pudo ser, el colorao segundo, de estrecha anatomía, bonita estampa y torera cuerna, con el que se topó un vaporoso Miguel Tendero que nunca estuvo allí. Cierto es que le faltaron muchas cosas al vellosino, pero no lo es menos que a Madrid hay que llegar con distinta actitud. Torero frío, abúlico y casi desapercibido que lanzó muleta sin fe y recibió embestidas sin vida, aunque quedó la impresión de que había aún tinta en el tarro cuando las mulillas se llevaban al vellosino tras la sombra del ciprés.
Fue de Valdefresno su segundo, que hizo quinto, uno de los que no en un hierro que lidió dos que sí. Fueron, el albaceteño y él. Notas discordantes en la melodía del toreo que nunca estuvo allí. Ni sobrevoló siquiera el ruedo venteño porque ni uno quiso pelea ni el otro la demandó. Se quedó la refriega en el acto de transición del que busca mejores argumentos para pasar una tarde de domingo.
Pagó Matías Tejela la luz que enfocaba al ciprés con un toro cuarto largo de lomo, amplio de cuna, estrecho de caja y de remate, que le sirvió de excusa al amo de la barraca para condenar a los infiernos a los ganaderos que se habían empeñado en lidiar en cualquier caso los dos toros aprobados. Fue toro más de resta que de suma, como la actuación indolente de un Teleja breve en el metraje, corto en la intención y desacertado en las formas, que no apostó por el toro porque no era de apuesta. No lo era sino hubiese navegado sin rumbo con el abreplaza de Valdefresno.
Era Caralegre toro de cuello corto, generosa badana, apretada pelota y astracanado remate, del aire del Valdefresno feo que luego es máquina de embestir. Y regaló embestidas desde que se hizo presente para quien quisiese apostar por el futuro. Pero no fue Tejela el ambicioso novato con hambre de gloria que abriese la Puerta de Madrid cuando las mieles del triunfo eran sueño de contratos por venir, sino cómodo veterano con el aire cogido a una profesión que conoce y vive y que hoy se antojó otro día más en la oficina. Faltó compromiso con el toro, con Madfrid y consigo mismo para que volviese su nombre a destilar una frescura que también le faltó al madrileño.
También careció de ella Juan del Álamo para conseguir el triunfo que ansiaba, quería y necesitaba a partes iguales. Salió saludando ovaciones del coso venteño, pero andando y por cuadrillas, sin el pelo en la mano y con la sensación de haber perdido sin echar el paso atrás. Porque tuvo cabeza y oficio para despachar naturales desde el inicio con el buen tercero, con fondo de calidad y nobleza en el cuerno zurdo, con codicia y fijeza para perseguir el trapo, que voló terso y templado sin que rugiese Madrid. Faltaron apreturas para manchar el terno de la alternativa y la confirmación, y para teñir de ceñido triunfo el inmaculado blanco y plata. Fue rata sabia y conocedora de los arcanos cuando quizá debió ser inconsciente maletilla con hambre de toro. Y la ovación que saludó bien pudo haber sido triunfal oreja, pero la espada voló del revés para despenar al buen bicho.
Algo más que firme trasteo pudo ser la refriega con el manso sexto, un dibujo de lisardo burraco, serio y hechurado que tuvo tan buena lámina como escasas posibilidades, todas basadas en robar tandas en chiqueros, donde marcaba su querencia, en lugar de plantear estética faena que no existió en los pesados medios. Y allí se fueron Del Álamo y sus ganas para ver cómo le ofreció aún el animal un par de humilladas embestidas cuando ya se cerraba la persiana del triunfo, y cuando la estocada final no podía maquillar ya lo que fue una buena actuación, mas nunca el triunfo que necesitaba.
Y así a la sombra del ciprés que plantaron en corrales, transcurrió una tarde donde no estuvieron presentes todos los protagonistas de una historia de la que nunca sabremos el final, porque el mejor truco que inventó el diablo fue convencer al mundo de que no existía…
FICHA DEL FESTEJO
Dos toros de Vellosino, descastado con fondo el segundo, deslucido el cuarto. Y cuatro de Valdefresno, bueno el primero, noble y con clase el tercero, malo el quinto y manso sin maldad el sexto.
Matías Tejela: silencio en ambos.
Miguel Tendero: silencio y silencio.
Juan del Álamo: ovación y palmas de despedida.
Casi lleno en tarde calurosa.

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Marco A. Hierro
13 de Mayo, 2012

Y lo hicieron para ofrecer variedad a la carta de una feria que ya comenzaba a notarse la barriga harta de tanta hambre. Lo hicieron a pesar de que los condimentos no casaban con las materias primas, y de que el café del final contuviese más bien terrones de sal en lugar del azúcar. Lo hicieron sobre las mil dificultades que negaron las bienaventuranzas a los mansos y a los pobres de espíritu para que los creyentes abriesen el reino de los cielos.
Lo hizo un Sergio Galán decidido y seguro de saberse ganador con su clásico concepto en el quinto por haberlo traicionado en un punto en el segundo. Lo hizo un torero que buscaba sentirse en los veinte minutos más redondos que ha cumplido en Las Ventas con un mansurrón a contraestilo al que dejó llegar mucho al pelo de Amuleto para encelar exhibiendo su difícil facilidad para templar el destemple. Fue el delicioso manjar en el menú, que subió los tenedores cuando Vidrié le limpió la cara con los pechos al semoviente con total limpieza, y cuando le ofreció la grupa a una cuarta para que no se aburriera de morrar el pajuno animal. Fino pescado de dorado lomo el del par a dos manos en el que Apolo aguantaba la tarascada como el que aguanta la cola en la pescadería.
Valor sin aspavientos del caballero limpiando el polvo a la amplia testud a la salida de unas cortas de no menos corto espacio en la salida. Seguro rejonazo de perejil a la hora de presentar un plato perfecto con imperfectas espinas y dejar a los comensales satisfechos por cuarta vez en este coso. La furgoneta esperaba en la Puerta Grande para pasear el rotundo triunfo de cortarle dos a un toro.
Una y una se llevó al esportón un Andy Cartagena, que puso la carne en la dieta equilibrada y también saboreó las mieles que esperan en la calle de Alcalá. Tuvo que ser por lo criminal en una tarde de pocos civiles en el ruedo, y por la vía de la doma y el espectáculo de una cuadra que mira al tendido. El mismo al que brindó su regreso tras su sarta de desgracias. El mismo que le dio calor para reducir con oficio y cierto temple la brusca pero fija embestida del animal estrecho y lavado de cara que abrió plaza, y que no fue toro de triunfo, pero sí el menos malo de un festejo donde sólo fallaron los de Luis Terrón. Hubo plástica en su concierto de violín y estrecheces cuando se acortaron los palos; y un rejonazo efectivo y redimidor que le abrió la primera hoja de la puerta del cielo.
Le arrancó la segunda a un manso sin fijeza, descastado e informal que tuvo obsesión por las tablas. Fueron la voluntad del jinete y su confianza las que comenzaron a calentar el tendido con Pericalvo y sus pasadas en apoyo, que levantaron al público del asiento nada más pisar albero. El rejonazo se llevó a destazar al mortecino animal mientras rugía Madrid concediendo el premio a un torero que regresa del infierno por la autopista de la gloria.
Andando se fue de la plaza un Leonardo Hernández que puso el perfecto contrapunto a la carne y al pescao, que fue guarnición cuando debió y primer plato cuando tocaba a rebato la hora de la verdad. Tuvo que lidiar con la doble velocidad del tercero, toro sin ritmo ni fijeza que permitió poco y ofreció menos. Mejor en las pasadas que en las batidas; mejor a la grupa que por delante, con dos frenazos extraños en la cara del toro que deslucieron el temple que mostró circundando el anillo. Fue el simple filete en la dieta de la plancha.
La lubina llegó en el sexto y por la vía del milagro, con otro animal buscador de gateras fáciles por no tener espíritu ni para saltar el callejón al que buscó las vueltas. Allí salió a relucir un Leonardo exponedor y firme, templado y seguro, que brilló en las pasadas para sacar al animal de la cárcel de madera. Tuvo mérito, y mucho, hacer el toreo sin mimbres delante, por eso fue lógico que Madrid le concediera su favor cuando buscó con ahínco el calor del tendido. Y que la ovación cerrada de despedida triunfal le hiciese más llevadero el camino del patio de cuadrillas.
Por eso la tarde de los terrones fue la de la carne en el asador que puso un levantino para reencontrar su sitio y la fina crema de pescado de un taranconero tozudo y brillante que se empeñó y consiguió hacer el toreo para que la dieta del toreo no se quedase sin equilibrio.
FICHA DEL FESTEJO
Seis toros de Luis Terrón, malos y mansos, carentes de fijeza y ritmo. Y un sobrero de Pallarés, segundo bis, simplón, agresivo y bruto.
Andy Cartagena: oreja y oreja.
Sergio Galán: silencio y dos orejas.
Leonardo Hernández: silencio y oreja.
Casi lleno en tarde entoldada de bochorno.

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Marco A. Hierro
11 de Mayo, 2012

Bonito es, para el aficionado madrileño, el toro alto, pechudo y cornalón, de amplia badana y remarcada culata, largo como un día sin pan y astifino como aguja de ganchillo. Así se les fue enseñando desde los tiempos en que don Manuel Chopera se empeñó en que era ese el toro de Madrid y los que vinieron detrás lo dieron por bueno. Bonito es, para el profesional, el animal bajo de manos, largo de cuello, corto de caja y reunido en su conjunto, con la penca del rabo a la vista entre los pitones tocados arriba y enseñando las palas. Ambos, uno y otro, pueden y deben tener trapío, que no kilos, para la plaza de Las Ventas.
Pero hete aquí que el gusto por el toro grande –que no de gran trapío- hace que los ganaderos lleguen a Madrid con lo más amplio que tienen en casa y eso, salvo raras excepciones, no implica venir con lo más granado. Le pasó a Montalvo en su tarde de calvario cañí; vacada de amplia caja que acepta kilos, pero no desmanes, y sólo el tercero, el más liviano de romana y carnes, pudo con el esqueleto hasta que lo frenó la casta que no tenía. Hubo también toros de buen aire, como el inválido segundo que se fue al corral en cuanto se entregó y midió la arena, y el sobrero de Yerbabuena, que no tuvo espíritu, sin embargo, para tomarla hasta el final. Lo demás, una medianía de nobleza sin fondo, de humillación corta sin entrega, una carencia de ritmo y emoción que aburrió a todos menos al soleado girón del cuatro que ya no se llena.
Ese fue el material con el que se fraguó el muro de Madrid contra el que llegó a confirmar alternativa Esaú Fernández, que vio cómo el insensible presidente mantenía en el ruedo el inválido Malauvo después de recibirlo en la puerta de chiqueros con una larga meritoria por el sitio y lances de trámite, preludio de las protestas que le impidieron hasta brindar a la concurrencia. Aún así, se fue a los medios, con la faena preconcebida desde el hotel, para pegarle el cambiado a un toro que demandaba mimo de enfermera y se fue a los infiernos, entre pitos, incluso con el trapo a media altura.
Más de lo mismo en el sexto; otra vez a la puerta para recibir a un animal estrecho de sienes, amplio de caja, gran remate y dos agujas por pitones que a punto estuvieron de llevarse puesto al torero por la hombrera antes de que tirara lances, animoso, para calentar a un tendido ya aburrido, a esas alturas, de medianías regulares. Luego, distancia y pocas estrecheces para que el toro corra, aunque reponga porque el pulso de la distancia corta y los muletazos de uno en uno le vengan mejor al animal. No hubo toro, es cierto, pero también hubo errores en el planteamiento de una faena sin construir a la que la desesperación de que se fuera la tarde trajo el desgobierno. Y el silencio en el día de la confirmación.
Silencio del que sólo salió Uceda Leal tras su lección magistral de cómo ejecutar la suerte suprema en el segundo bis. El mismo que aprovechó David Mora para dejar tres chicuelinas y una sabrosa media en quite de declaradas intenciones. Hubo pulcritud y aseo en todo lo que firmó Uceda, con perfecta compostura, genuflexa suavidad, esmerado mimo y líneas rectas de tres y el de pecho para cimentar la labor. Y tuvo cierta condición, mas nunca espíritu, el de Yerbabuena para permitirle al madrileño ralentizar el diapasón en su mano natural para dibujar faena de reconocida ovación.
Pero se fue su ilusión al limbo cuando el muro de Madrid le planteó la refriega con un Mosquetero bruto y basto que ni tuvo fijeza en la limpias verónicas del recibo ni media luz en sus arrítmicas embestidas de cara suelta y cansino caminar. Intentó Uceda que se desplazase en el inicio, que humillase al construir y que pasase en el final, pero no hubo manera de conseguir ninguna de las tres cosas. La media y letal estocada se llevó al bicho a destazar y al de Usera a esperar una nueva ocasión de pisar este albero.
La diferencia entre el David Mora de 2011 y el de 2012 es que ya hace casi un año que pudo saltar el muro de Madrid para sumar contratos y ahora –normal en un torero en su situación- su prioridad es cumplirlos. Sobre todo cuando se encuentra con un tercero que se mueve, aunque vuelva del revés en los lances de recibo, de bella lámina y variado concepto como preludio de una obra que, sin embargo, no dio para mucho más. Porque luego le partió los riñones a Camarón en un inicio por alto y su nobleza fija en el trapo se encontró sin chispa ni fondo para aguantar cuando Mora tiró de valor, y la estampa del toro echándose acabó con lo que nunca empezó.
Sí comenzó la obra al sexto con un manojo de delantales y una media de buenas intenciones ante un Dinamitero que hizo quinto y humilló sólo en los embroques cuando el torero se colocaba en su camino. “Estos toros parecen de los chinos”, comentaba un señor de barba cana en el tendido, “sólo duran tres capotazos…”. Este no se cayó, pero tampoco fue el toro de la corrida. Aunque fuera el inicio un compuesto compás abrochado con un hermoso cambio de mano. Aunque hubiera una tanda de siete muletazos con ligazón para la humillada y ramplona embestida en un momento en que pareció que allí podía pasar algo. El muro lo puso esta vez el de Montalvo, que se negó a que el esperado Mora le diera a Madrid otra esperanza.
Fueron seis los muros. Más altos o más bajos. Y tres los espadas que se estrellaron con ellos. Aunque el muro de verdad, el grande como el toro de Madrid, es que la plaza de Las Ventas aún no ha dado con el toro que embiste. Porque el que embiste se cobra caro.
FICHA DEL FESTEJO
Plaza de toros de Las Ventas (Madrid). Toros de Montalvo, de buena presentación, gran romana y amplios pechos, y un sobrero, segundo bis, de Yerbabuena, con buena condición y fondo, pero sin espíritu. Inválidos primero y segundo, devuelto; noble pero sin chispa ni empuje el tercero; de embestida cansina y sin ritmo el cuarto; noblón y codicioso, aunque sin duración, el quinto; agarrado al suelo el sexto.
Uceda Leal (marino y oro): ovación y silencio.
David Mora (corinto y oro): silencio y silencio.
Esaú Fernández (blanco y oro): silencio y silencio. Confirmaba alternativa.
Más de tres cuartos en tarde calurosa. Al inicio se guardó un minuto de silencio por Salvador Cebada Gago.

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Marco A. Hierro
10 de Mayo, 2012

Y lo peor no es que la corrida fuera mala sin paliativos, sino el preocupante descastamiento de las seis pinturas que saltaron a la arena. Largos, con cuello, estrechos de sienes, tocados de pitones y nobles de expresión. Encierro ideal cuando lo ves en el campo y esperanzador cuando se abre el portón de chiqueros, pero no habían terminado de llegar a los percales y ya se les había activado el servofreno. Y los habrá que digan que eso es típico del encaste Núñez, esa fría forma de hacer poco caso a las telas de salida, de volver la cara y tardar mucho en fijar objetivos. Pero una cosa es eso y otra muy distinta volver ancas para buscar los chiqueros. Y en la primera de la isidrada lo hicieron todos.
Hasta el tercero, esa brizna de esperanza que dejó la tarde en la franela de un Leandro encajado y compuesto que quiso dibujar el toreo en un inicio de templada mano diestra, de líneas empujadas con torera compostura, de ganar el paso para ofrecer adelante el trapo y rematar con el de pecho, largo, en el tercio. Fue el momento en que apareció Dalí, ese torero pucelano que había visto condición y quiso buscar el fondo en otra tanda a diestras que tuvo más entrega aún, y mayores fueron el mando y la exigencia a un Zagal que la tomó humillado y fijo y terminó la serie con medio metro de lengua fuera, buscando el trapo en las alturas. Pero cuando la lezna que le hacía de pitón zurdo tuvo que entrar en acción el lienzo se trocó en negra pizarra en la que chirriaron los corajudos intentos de Leandro por alargar las embestidas que ya se habían extinguido antes de llegar.
Y entregó el torero su esperanza al anillo en forma de brindis cuando tocaba despachar al desclasado quinto, la última esperanza que le quedaba en este San Isidro. El mismo que se había arrancado a la puerta para topar con el caballo de Diego Ochoa y llevarse un puyazo en la yema de su bonita fachada. Pero no era tarde para pinceles, aunque volviese Leandro a tirar líneas sin molestar demasiado para que se notase menos la mácula animal en la obra que no pudo ni comenzar. Y que, además, concluyó con pinchazos en ambos actos para que su ilusión se perdiese en sendos silencios.
Tampoco demostró ser esta tarde para que Antonio Nazaré confirmase doctorado y su actuación de Sevilla. Porque se encontró, para abrir boca, con un animal de sien estrecha, freno fácil y nula fijeza tras el que hubo de correr para que le agachase la cara en los embroques y se la soltase en los finales. Tuvo la virtud de dejársela siempre en la cara para aprovechar los momentos en que obedecía, y el defecto de olvidarse de la colocación para exprimirle las embestidas cuando el toro se venía sin gobierno. Tuvo al tendido con él hasta que se alargó en el metraje, y un silencio tras pasaportar al manso.
Buena, muy buena fue también la fachada del sexto, e idéntica su condición de alma en pena que busca la gatera mientras el de oro desespera muleta en ristre. Le ofreció distancia Nazaré para aprovecharle las inercias, pero incluso así volvió del revés, sin interés alguno por el trapo. Para entonces ya estaba el tendido tan aburrido de semovientes que tampoco le permitió justificar su tarde con un arrimón ante el bicho vencido.
Abellán se encontró, en su primero, con un Fiscal de vivas puntas y engallada salida que se le frenó en el capote antes de pirarse a pegar derrotes en el peto de la puerta. Preciso y técnico un madrileño curtido en mil encierros como este y en otros peores, que se dobló por bajo en un inicio de fijar y someter, conocedor de los secretos del oficio, y que lo puso todo ante el animal de bella fachada, escasa clase y nulo empuje. Otro de los bichos huidizos e inservibles que llevaron el hierro de El Cortijillo.
De Lozano Hermanos era el cuarto, que no estaba en la corrida y que llegó para sustituir al herido en corrales, pero que pareció tan hermano de camada como los demás. Y manso fue para ciento y un día, ante un Abellán resignado y seguro que firmó con aseo y suficiencia una actuación que pudo terminar con un susto cuando el arreón de manso tras el pinchazo le puso los pitones en el pecho y un nudo en la garganta al tendido. Actuación profesional de un torero que sabe que otra vez será. El día 18, cuando vuelva a comparecer en esta misma plaza.
Porque esta tarde, la tarde de la fachada, los hermanos Lozano estarán preocupados por lo sucedido. Lo malo, dicho está, no es que no haya pasado nada en la primera de la isidrada. Lo peor es que semejante encierro no es propicio para el toreo caro, pero tampoco para la gallarda pelea, con lo que el espectáculo por el que paga el tendido deja de serlo para convertirse en broma de mal gusto. Accidente será en una de las casas que más toros de triunfo ha echado al ruedo de Madrid. Pero lo cierto es que si esto es lo que esconde tan hermosa fachada habrá que ir pensando en reformar la casa.
FICHA DEL FESTEJO
Plaza de toros de Las Ventas (Madrid). Cinco toros de El Cortijillo, y uno de Hermanos Lozano. Desrazados todos, mansos en mayor o menor medida y nobles en igual proporción. Sólo el tercero tuvo arrancadas para dos tandas ligadas.
Miguel Abellán (blanco y plata): Silencio y silencio.
Leandro (grosella y oro): silencio y silencio.
Antonio Nazaré (lila y oro): silencio y silencio. Confirmaba alternativa.
Casi lleno en tarde calurosa.

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Cultoro
11 de Abril, 2012
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