Revista digital cultural taurina

Toros

Mujer y toros. Breve repaso por la historia

En el toreo, como en otros campos, siempre han existido mujeres que en primera línea de batalla han luchado por abrir hueco en un mundo capitaneado por hombres.

Escribiendo su historia desde el papel de toreras, rejoneadoras o ganaderas, han expuesto su criterio, perseverancia y sentimientos al servicio de la tauromaquia, aún en contra de regímenes que atribuían la exclusividad del toreo al género masculino.

Pero en este primer monográfico que nace hoy, también queremos posar la mirada sobre aquellas mujeres anónimas cuyo nombre no aparece en libros, pero que con o sin elección, han anexado su vida a la del toro.

REPORTAJES: La mujer y los toros

Cuadrilla de las Noyas, capitaneadas por Dolores Petrel, Lolita y Angelita Pagés

REPORTAJES: La mujer y los toros

Dolores Petrel, en la Habana en 1895

Una mujer puede ser torera, o torero, es lo mismo.

Al principio, desde el siglo XVIII, se les llamó señoritas toreras. Estas intrépidas mujeres no solo practicaban el toreo por afición, sino también como profesionales.

En 1774, Francisca García, natural de Motril (Granada), fue a Pamplona para actuar como rejoneadora. Elevó al Ayuntamiento una instancia en la que exponía “que por particular espíritu torea a caballo con rejoncillo, y ha logrado muchos aplausos en los 10 últimos años en Cádiz, Valencia, Murcia, Granada y otras capitales”. Se le negó el permiso por “no parecer decoroso”. Volvió a mandar la instancia al año siguiente repitiéndose la denegación.

Mayor fama logró la célebre “Pajuelera”. De nombre Nicolasa Escamilla, tuvo por fortuna que Francisco de Goya la representase en uno de sus más célebres aguafuertes. Curiosamente, Goya la situó lanceando en la plaza de toros de Zaragoza, pero Nicolasa jamás toreó en dicha plaza.

En 1818, Andrea Cazalla rejonea, vestida de sultana, y dos años después, en 1820, Antonia Fernández rejonea vestida de turca.

El 11 de diciembre de 1836, cobrando240 reales cada una, torean la zaragozana Magdalena García y Mariana Duro, de Valencia, la primera vestida de aldeana y la segunda de valenciana.

REPORTAJES: La mujer y los toros

María Salomé La Reverte

En los años 1873 y 1974 aún anda por los ruedos Martina García con una cuadrilla completamente femenina. Llevaba como picadores a Juana López y Javiera Vidaurre, y como banderilleras a Rosa Campos, que quebraba en silla.

En ese momento aparece la torera andaluza Teresa Bolsí, que tuvo la suerte de ser inmortalizada por Gustavo Doré.

En 1886 emerge en los ruedos Dolores Sánchez “La Fragosa”. Innovó en el toreo femenino por vestirse con el traje de hombre, en vez de con faldilla corta, usada ésta hasta ese momento.

Los escritores taurinos de la época sentían una gran animosidad contra estas señoritas toreras, que según ellos representaban una ridícula parodia del toreo y degeneraban los gustos del público.

En 1900, María Salomé “La Reverte” mató un utrero en Madrid y durante algún año sostuvo su cartel.

Fue el 2 de Junio de 1908, cuando don Juan de la Cierva, Ministro de la Gobernación, dicta una Real Orden prohibiendo que tomen parte las mujeres en las corridas de toros. “La Reverte” interpuso un recurso contencioso contra la Real Orden y descubrió entonces la verdad de su sexo masculino y su verdadero nombre de Agustín Rodríguez, que como novillero toreó sin fortuna.

La prohibición referida se llevó con rigor al principio, pero acabó por rebajarse y volvieron a torear mujeres toreras, olvidándose el descrédito que el incidente de “La Reverte” atrajo sobre el gremio.

En 1932, en fiestas de San Juan de León y en una desencajonada, anunciaron a la señorita Juanita Cruz, como mujer que haría una exhibición de toreo moderno. En ese momento el Reglamento Taurino prohibía actuar a las mujeres en espectáculos taurinos.

Nada más salir el novillo, Juanita lo toreó por verónicas, hizo un quite por chicuelinas y remató con una revolera. El público se olvidó totalmente del otro novillero, pidiendo a gritos que Juanita lidiara y matara al novillo.

En el palco principal se encontraba el Señor Gobernador de León (un gran aficionado), y cuando se pensaba que detendrían a Juanita, llegó la orden del Gobernador que permitía a la torera lidiar y matar al segundo novillo, que era mayor que el primero.

Cortó las dos orejas y el Señor Gobernador la hizo subir al palco para estrechar su mano y felicitarla por una actuación tan brillante.

REPORTAJES: La mujer y los toros

Juanita Cruz

Enterado el Ministro de la Gobernación, mandó un telegrama a todos los Gobernadores para que hicieran cumplir el Reglamento, no autorizando torear a Juanita en ningún lugar de España.

Con algo más de metro y medio de altura y solo 43 kilos de peso, logró en pocos años meterse a todos los públicos en el bolsillo.

En 1934, con cambio de Ministro de la Gobernación, se hizo la vista gorda a la prohibición y Juanita empezó a torear con gran éxito, llegando a ser la primera mujer que tomó la alternativa.

Juanita Cruz toreó en todo el mundo taurino, como México o Venezuela, y ya en las postrimerías de su carrera también lo hizo en Francia, en 1947.

También a caballo

Mención especial merece Conchita Cintrón. Nació en Chile en 1922, pero ella siempre se consideró peruana. Comenzó su carrera en Acho, en el año 1936, en un festival benéfico.

El 20 de Agosto de 1939 se presentó en la Plaza de “El Toreo” de México, ganándose repetición a la semana siguiente. Entre el año 1939 y 1943, Conchita toreó 211 corridas, sumando festejos tanto en la capital como en los estados mexicanos, matando a estoque 401 toros y alternando con figuras del país como Armillita, “El Soldado”, Luis Procuna, Silverio Pérez o Chucho Solórzano entre otros.

En 1944 volvió a Perú donde el Presidente Manuel Prado le otorgó la nacionalidad. Allí inauguró la Plaza Monumental de Lima y fue a Santa Bárbara, donde rejoneó por primera vez.

En España, esta excelente amazona fue apoderada por Marcial Lalanda, para allanar las dificultades que suponía la “no presencia femenina” en el ruedo.

El 13 de Mayo de 1945, rejoneó con éxito un novillo en las Ventas, pero no pudo obtener el permiso para estoquearlo a pie.

1950 fue el año de despedida de los públicos. En primer lugar lo hizo en Francia, y posteriormente en España, haciéndolo en Jaén el 18 de Octubre de ese mismo año, donde desafiando la prohibición, toreó de muleta a su oponente.

La Pajuelera (Aguafuerte nº 22 de Goya).

La alicantina Ángela Hernández Gómez, toreó en los años 70. Mantuvo una batalla titánica con los tribunales de justicia con el fin de lograr que las mujeres pudiesen torear en España igual que los hombres.

Alicia Tomás formó pareja con la colombiana Rosarito de Colombia, a las que apoderó Manolo Lozano.

La madrileña Yolanda Carvajal, se retiró en 1994.

María Neiger, toreó entre los años 1987 y 1988 80 novilladas sin caballos. Debutó con picadores y se retiró en 1988.

Maribel Atienzar toreó de novillera en la ciudad que la vio nacer, Albacete, cortando 4 orejas y 2 rabos.

Comenzó su carrera con Paco Dorado de apoderado, llegando a debutar en las Ventas el 2 de Julio de 1977. Toreó bien, pero el presidente le negó las orejas. El público le obligó a dar 3 vueltas al ruedo.

Sufrió varios percances en su carrera que la mantuvieron apartada de los ruedos y fue la cuarta mujer que tomó la alternativa en Pachuca (México), el 28 de Noviembre de 1980, con el toro Serranito de Garfias, cortando tres orejas. La primera en tomar la alternativa fue Juanita Cruz, seguida de la colombiana Berta Trujillo “Morenita de Quindio” y la mexicana Raquel Martínez.

Finalizada su carrera, al no encontrar apoyo en los despachos españoles, se instaló en París donde se hizo pintora y escultora.

Otros nombres destacados en la historia son los de Patricia Navarro,

“Gitanilla de Chiclana”, Raquel Orozco López, Antonia Pacheco “La Campera”, Raquel Sánchez, de Toledo, que tomó alternativa en Toledo en el año 2005.

REPORTAJES: La mujer en los toros

Cristina Sánchez

Mención especial merece Cristina Sánchez. Tras tomar alternativa en Nimes, el 23 de mayo de 1996 de manos de Curro Romero y José María Manzanares, es una de las mujeres que más alto han llegado en el toreo.

Cristina compitió en temporada con el resto de compañeros de igual manera, además de ser la única que ha alternado con figuras del escalafón.

La malagueña Mari Paz Vega, matadora en activo, tomó la alternativa en Cáceres el 29 de septiembre de 1997, con Cristina Sánchez de padrino y de testigo Antonio Ferrera, lidiándosen toros de José Luis Marca.

Mari Paz torea poco en España pero en México realiza todos los años buenas temporadas.

También siguen en activo Hilda Tenorio, Lupita López, Sandra Moscoso, Vanesa Montoya o Conchi Ríos entre otras.

Sírvase este reportaje como un breve repaso por el devenir de la historia. Sin ánimo de dejar ningún nombre fuera, los que se han omitido responden a la imposibilidad de alargar más el contenido. A todas ellas, mujeres valientes y guerreras, nuestro más sentido homenaje.

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La torería

Un buen amigo, tras acabar de comer en un restaurante, pagar la cuenta, y recibir las vueltas de mano de la camarera, se dio cuenta de que el cambio estaba mal. Sin dudarlo, llamó a la mujer y le dijo: “señora se ha equivocado con el cambio”.

La muchacha, con gran sonrojo, se prestó rápida a solventar el problema. Contó monedas y billetes, y con asombro declaró: “señor, es verdad que me he equivocado, le he devuelto veinte euros de más. Gracias por su honestidad. Es usted una buena persona”.

Al oír estas palabras, mi amigo, levantándose lentamente de la silla y mirándola a los ojos, sentenció: “señora, ¡que los toreros nos vestimos por los pies!”

Y mi amigo trabaja en el servicio de mantenimiento de una fábrica…

Por Juan Iranzo

Desplante de El Gallo

Desplante de Rafel Gómez El Gallo en la Plaza Vieja de Madrid ante un toro del Duque de Veragua

Sólo quien se viste de luces sabrá de manera fiel los sentimientos que recorren cada centímetro de su cuerpo y mente. El miedo, la felicidad o la coyuntura de su vida.

Ser torero es una meta a la que muchos aspiran y pocos logran llegar. Pero sentirse torero es lo más grande del mundo. Y es que habrá quien pueda llegar a sentirse torero sin haber paladeado jamás el trance de ponerse delante, siquiera, de una becerra.

Desplante de Granero

Desplante de Granero en La Maestranza a un toro de Domecq. Año 1921

“Pensar, hablar, sentir, actuar, comportarse y estar siempre en torero” es lo que define María Mérida como torería. Pero, alguien que no es torero puede tener torería. O incluso, alguien que viste de luces y que llega a ser matador de toros ¿puede no tenerla?.

Hay toreros que se mueven por el ruedo sin guardar las formas que debieran ser improfanables. Convierten la solemnidad, en vulgaridad. Lo profundo, en superficial. Pierden el respeto por un rito tan intenso —donde vida y muerte van de la mano— que lo convierten en un trámite banal y hueco.

Otros, se pasean fuera de las plazas por barrios de papel cuché y teleburdeles, manchando de esputos la historia que otros compañeros mancharon con su sangre y que hasta dieron su propia vida.

Pero por qué no vivir en torero, aun sin serlo. No oler la muerte ni saborear la gloria, pero catar las migajas de una bella forma de existir.

La torería es naturalidad. Es la facilidad con la que uno se muestra señor ante la vida, y su destino. Es la diferencia que destaca sobre la ordinariez de lo cotidiano, y que inspira un modo de vida mejor.

Seamos toreros.
Caminemos por los sueños que nos hagan sentir mejores, y más felices.

Feliz Navidad

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Ecología, toros y niños

Para muchos, la ecología se basa en militar partidos o asociaciones donde unos estatutos indican el grado de implicación sobre la causa.
Curiosamente, suelen ser en la mayoría de los casos, individuos que jamás han salido de la ciudad donde pacen y duermen, y presumen de ser a la vez, unos superhéroes que vienen a salvar al mundo sin que nadie se lo hayamos pedido.

REPORTAJES: Ecología, toros y niños

Esta sociedad en la que nos toca vivir de prestado, se rige por unas conductas que cada vez nos alejan más del entorno natural que nos rodea, para concentrarnos en grandes urbes, muchas de las cuales antes fueron pequeños pueblos, aniquilando el verdadero significado del pasado del que venimos.

El peligro de esta situación reside en el modelo artificial de mundo que se pretende trasmitir a las futuras generaciones, hoy niños, donde el valor de lo auténtico se empieza a diluir.

Los huevos, dejan de venir de la gallina, para convertirse en un alimento que “sale” de unas bandejas dispuestas en estanterías del supermercado de turno. La carne, procede de un gran mostrador donde unas tarrinas plastificadas herméticamente evitan la más mínima coincidencia con la figura de terneros, cerdos o corderos.

La ecología verdadera es aquella que respeta nuestro pasado rural, más o menos cercano, y que valora a su vez el lugar que ocupa cada animal, árbol o metro cuadrado de monte, porque éstos son aprovechados de manera responsable para el beneficio colectivo. Un rebaño de vacas u ovejas que pasta en los bosques, no solo es rentable para su ganadero, sino que también es el mayor protector de ese ecosistema manteniéndolo limpio de maleza y pastos secos que pudieran ser auténtica dinamita en caso de incendio, por poner un ejemplo.

REPORTAJES: Ecología, toros y niños

Un legítimo ganadero, de esos que han decido sacrificar toda su vida en vincular cada minuto de la misma en la cría de sus animales, comentaba que donde hay toros, nunca se verán bolsas de plástico. De manera más explícita, estas sabias palabras vienen a decir que donde pastan las reses bravas es un terreno vetado para que la mano del hombre se pasee arrasando y ensuciando cada metro a su paso.

Además, la cría del ganado de lidia se suele presentar en terrenos marginales para la agricultura, zonas pobres para los cultivos que son aprovechadas por la rusticidad de los animales.

Enlazando todos estos argumentos expuestos, se puede considerar que la cría del toro de lidia supone un beneficioso  ejercicio de responsabilidad con el medio ambiente y rural. El toro ocupa millones de hectáreas de terreno en todo el mundo donde su sombra da cobijo a numerosas especies de todo tipo. Dehesas, montes, marismas, campos de secano, vegas… diferentes medios y  altitudes donde el toro de lidia presume de ser el último animal criado por el hombre, al que la evolución de los tiempos, y la industria, no ha violado ni un ápice su lujosa estancia terrenal.

Además, su crianza supone un modelo único de manejo y de convivencia del hombre que lo cría con el medio que lo rodea. El uso del caballo, previa doma vaquera, para el trabajo diario en los cercados, resulta extraño en un mundo dónde la maquinaria ha finiquitado las caballerías de establos y cuadras. O vivir en medio de la naturaleza, a cientos de kilómetros del pueblo más cercano, se antoja caso extraño donde la población emigra a grandes urbes llena de todo tipo de servicios.

Pero lo más interesante es la lentitud con la que pasa el tiempo. En un mundo que cada vez se vuelve más sibarita y que demando lo slow, como un modo más sostenible y beneficioso para las personas (hoy una utopía) se desenvuelve una forma de vida donde el trabajo de los hombres y su día a día con los animales pasa despacio, sin prisas. No hay horarios ni calendario. Una faena dura el tiempo que es necesario hasta que se finaliza, y para ello el temple es herramienta indispensable para vivir.

Los niños deben de conocer el medio rural para después protegerlo. De allí venimos y allí están nuestras más profundas raíces, y el toro bravo es un gran anfitrión para que los más pequeños conozcan este espacio ecológico y cultural. De nada sirve en crear nuevas generaciones de médicos, abogados o economistas si no son capaces de conocer, siquiera, de dónde proceden los alimentos que se llevan a la boca.

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Los toros del invierno

Cuando los días se acortan, las noches del campo se estiran mucho, demasiado, hasta las luces del alba. Por estas fechas, las dehesas salmantinas y castellanas van pareciendo campos de silencio, amparados de encinar, de matorral o peñascal, o llanada amplia y despejada de fríos valientes. Algún día hay que romper el hielo de la charca para que abreve el ganado, y todas las mañanas, el ruido del remolque de heno y paja arremolina a las vacas repartiendo las calorías necesarias para tirar p’alante.

REPORTAJES: El toro del invierno

Es duro el invierno en el campo de la España de adentro, pues por tierras extremeñas y andaluzas esta estación no es sino un otoño largo y apacible, si llueve a modo. En las dehesas del frío, cuando hay que apartar, encerrar las reses para vacunar o simplemente dar vuelta a ver las paridas, en lo alto del caballo baja el termómetro, se te quedan como ateridas las piernas si hay llovizna, y cuando viene la ventisca, la cellisca, se te tuerce el gesto de la cara.

Al vaquero y al mayoral les entra los peores genios si la vaca se marcha, o se ensota, y las voces disonantes vuelan rasantes bajo las nubes camperas por la premura de la faena y la cortedad de la luz diurna. El ganado se lo toma con mayor tranquilidad. A la fuerza, claro está, pues la falta de comida parece inmovilizarle en el ahorro de esa energía vital que por entonces ni le viene del cielo ni del suelo. La naturaleza le ha dotado de un mecanismo termorregulador como el pelo ahuecado, formando una especie de cámara aislante del frío. Así hasta llegado el mejor tiempo que pelechan, tiran ese pelo, y les sale el lustre primaveral.

Al atardecer, cada res busca su querencia. Al pie de la pared, de una roca, de una carrasca, en la junquera, a orilla de la casa montaraz o a la vera de un montón de leña, restos de la poda del encinar… Y la conserva, si puede, y regresa cada noche al mismo sitio. Y tardará en tumbarse si el pasto está mojado, permaneciendo de pie al relente como adormecidos a lo caballuno.

REPORTAJES: El toro del invierno

El ritmo circadiano, corporal, se adapta a la estación, en la ley del mínimo esfuerzo y del instinto gregario. Si llueve, quietos; si el agua viene racheada, a protegerse enseguida al cobijo de la pared, de los peñascos o el sotobosque, y si barruntan la nevada, a los altos, donde la nieve se ventea más para evitar que las vacas jóvenes o las crías se queden entrampadas en los ventisqueros.

Pero en las largas noches del crudo invierno acaecen sustos en la vacada. Por las dehesas salmantinas, cercanas a la Sierra de Francia, han vuelto los lobos. Y cuando el hielo se adueña de los altos, bajan a los prados a buscar el sustento. La llegada del lobo es detectada enseguida por la vacada, comenzando un concierto de mugidos de alarma. El ganado busca raudo el descampado para formar unos corros, grupa hacia el centro, donde proteger a las crías.

Me contaba Paco Galache Calderón que por su finca charra de Campocerado hace tres o cuatro años bajan los lobos, especie protegida, por otra parte. Los vaqueros, en la vuelta de las mañanas, saben si ha venido la loba sola o lo ha hecho con los cachorros ya criados. Según sea, habrá alguna baja en los terneros si la caza se ha dado bien, o se han atrevido con el cercado de los añojos, donde pueden matar dos o tres aunque solamente se coman uno, siguiendo su instinto el predador.

Desde las casas de la finca, en el silencio nocturno, se puede oír el alboroto de las pisadas de las alteradas reses en el pastizal. El lobo es paciente y astuto y no para de dar vueltas alrededor del círculo defensivo de la vacada hasta que un becerro se asusta o se despista y se aparta del corro, para echarle mano. Con los novillos y los toros no se meten por aquello del beneficio del sustento con el menor riesgo.

Invierno, naturaleza dormida donde el arroyo claro de escarcha, parece testigo mudo de una belleza casi muerta. Invierno donde una noche, en el refugio de la maleza, nace el recental, un becerrillo de cara rizada y ojillos indagadores, que entre los lametones de la vaca, el calostro de la supervivencia, el acurruco de la dormida y las corcovas al sol mañanero, puede ser, en su día, un trozo de la historia del toreo.

En una mañana agosteña, el mayoral de una ganadería de invierno, me hablaba de los diciembres y los eneros, esos sin lidia según El Gallo. Treinta días seguidos sin levantarse la helada.

–Ahí quiero ver a los “toreros” como vosotros– nos espetó con una mueca de sana picardía.

Pasó el calendario y la víspera de Nochebuena, con un amigo, me presenté en la finca. Un día para contarlo: agua racheada, frío llanero, barrizal de tres dedos en el camino y la neblina colgada pesadamente del alto. Aurelio estaba a dar la cotidiana vuelta al ganado. Su esposa nos atendió la espera con café de lumbre baja, bollos de manteca y una silla junto a la estufa de leña.

Cuando el mayoral, después de desaparejar el caballo y llevarlo a la cuadra, apareció por el dintel sacudiendo el chubasquero, nos saludó con un: ¡Leche!, ¿vosotros por aquí? Contesté con un poco de retranca: Buenos días mayoral, ¿qué tal la vida desde agosto? Y celebramos el encuentro con un apretón de manos y una sonrisa.

– ¿No me digáis que también hoy queréis ver los toros? Si ya no quedan casi…

– Pues veremos los novillos, pero te vamos a llevar en coche si el barro nos permite llegar hasta el pradejón, que ya estarás hasta tus reales de las inclemencias de hoy…

–Bueno, pues habrá que ir, pero esperad que me seque un poco y echemos una copa de anís para calentarnos el ánimo.

Afuera cabalgaba el vientecillo serrano y el eco del mugido cansado y lejano de una vaca. La neblina ya iba despejando y un chorrillo de sol pegaba en el alféizar de la ventana de ese campo, duro pero también bello, de los toros del invierno.

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Los valientes también lloran

Tarde de ambiente gris, color cemento. Afición dormida que deambula por un mar de plomo cárdeno que no rompe. Y de repente se oye el grito…

Por Juan Iranzo

REPORTAJES: Los valientes también lloran

Hace tiempo un conocido me dijo que el toreo necesitaba la muerte de un torero para que el mundo entero comprendiera la verdad que esconde. Este comentario, duro y censurable, me aflora en el pensamiento cuando la sangre de un valiente brota para rellenar espacios enteros en periódicos y portales de internet, televisiones y radios.
Esta sangre sirve de carnaza para unos medios que buscan lucrarse del dolor de la sociedad en la que parasitan. Utilizan la tragedia para vender su producto edulcorado, dejando en un segundo plano, marginal, el contexto en el que se mueve la noticia. El toreo por si solo no es suceso, debe de estar teñido de drama.

Esta sociedad, huérfana de identidad, se niega a recibir lecciones de existencia. Porque el toreo es una lección constante de los valores que rigen el camino de la vida, paso a paso.
Prefiere caminar sobre la comodidad, el egoísmo, la falta de principios y creencias. El mínimo esfuerzo.
En este mundo no tiene cabida sentir y soñar. Prefiere olvidarse de los cimientos que forjaron nuestro pasado para construir un nuevo modelo sin sostén, sujeto a la idea de vivir arrastrado al servicio de la pereza más egoísta.
Y la muerte. La muerte no forma parte de ella. Le da la espalda para engañar en su adoctrinamiento pretendiendo convertirla en un tabú. Por cobardía. Por egoísmo. Duele morir y por eso hay que vetarla.

El torero mira a los ojos a la muerte, le tutea y sigue caminando por la vida. Es dueño de su destino porque lo asume y lo defiende. El modelo de sociedad que se nos plantea cada día, se esconde de la muerte, la evita y nos anima a ser cuerpos huecos, sin sentimientos y fervores.

El torero vive porque no tiene miedo a morir. Es amo de su realidad y asume cada tarde un epílogo para comenzar un nuevo prólogo. Crea su obra zafándose de la muerte esculpida en los pitones de un toro, a veces cárdeno, sin guión ni ensayos, y cuando se muere, se muere de verdad.
El pundonor de estos héroes llega a rozar parámetros lejos de lo propiamente humano, llegando a seguir materializando su creación aun traspasados por las astas del toro, haciendo que esa cornada parezca un simple rasguño y restando importancia al boquete que poco a poco los va desangrando.

Pero en ocasiones el percance llega a ser escandalosamente duro, dantesco. Es entonces cuando la plaza enmudece, el color gris se apodera del ánimo de las almas y los toreros bajan un peldaño para convertirse en seres más mortales.
Por el ruedo caminan, en nerviosa procesión, unos curtidos hombres que portan al torero yacente, como un ecce homo que a su paso tiñe el albero con sangre. Un camino que parece interminable hasta llegar a la enfermería donde esperan la llegada del milagro en manos del equipo médico.

Mientras tanto, la lidia sigue. La tarde sigue. El toreo no se acaba, y la vida continúa. Los toreros que acaban de presenciar la laceración de las carnes del compañero deben de hacer frente a su destino y seguir con la obra.
Es la obra en la que se sangra de verdad y esta vez le tocó a otro, que grita de dolor acordándose de sus niños.

Y los toreros lloran. Los valientes también lloran, mientras su mirada se pierde en el horizonte. Tragan saliva y salen por la tronera del burladero a ponerse en los terrenos donde los toros acuchillan. Pisan el mismo suelo en el que se acaba de consumar la desgracia. Y lo hacen en busca de su creación, esta vez condicionada por la atmósfera de hormigón que aplasta los corazones de los congregados en la plaza, y el suyo propio.

Aún huele a tragedia, y la incertidumbre de no saber si la vida del hombre caído se escapa por las heridas, aturde los ánimos de las almas más fuertes.
Así es la verdad de la propia vida. Vivir para morir. Sentir a la muerte para saber que aún estás vivo. Caer y levantarse.
Así es el toreo, y así es nuestra propia existencia.

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De refranes y toros

No es razón exponer en este artículo la riqueza de adagios, proverbios y sentencias que contiene el refranero español, pero como el toreo es materia nacida del pueblo y el pueblo ha dado vida a tantos dichos y “verdades” nacidas de la experiencia, no está de más apuntar un puñado de refranes que tengan a la tauromaquia como escuela para la vida.

REPORTAJES: De refranes y toros

Comencemos por decir que ya la Biblia, al hablar a cada nación en su lengua propia, inculca cierto número de máximas y sentencias que hacen fácil el mensaje que se quiere transmitir y más rotunda una idea. En sus textos ya se habla de que “El temor de Dios es el principio de la sabiduría” y quizá de ello tomó buena nota el Beato Thomas de Kempis a la hora de expresar estas filosofías populares para que el mensaje llegara con nitidez a todos. Él escribe en el libro I de su “Imitación de Cristo”, capítulo XIX, que “El hombre propone, Dios dispone”, quizá sin saber que el refranero castellano lo enmendaría añadiendo “y el toro lo descompone”. Bajo este fondo pesimista que siempre late en los proverbios taurómacos pueda entenderse la famosa sentencia que hiciera El Guerra al ver torear a un joven novillero: “Lo que no puede ser, no puede ser, y además es imposible”. No está recogida en el refranero que el rey Juan le encargara al Marqués de Santillana y ni siquiera en la Carta de Refranes de Blasco de Garay de 1541, pero lo cierto es que pudiera perfectamente estarlo por breve, agudo, común en su uso y doctrinal en el fondo. Algo así ocurre también con aquel rotundo aserto que decía: “A las putas y a los toreros, a la vejez los espero”. Mensaje hondo para aquel que no cuida de su futuro.

También es cierto que el toro es la metáfora perfecta para asumir y afrontar una situación de peligro. El toro está en la cultura popular de España, de ahí que el refranero recoja máximas como “Hasta el rabo todo es toro”, “Pelean los toros, mal para las ramas”, “Del toro manso me libre Dios, que del bravo me libro yo” o “Al toro y al loco, de lejos. Consejo de viejos”.

Ni qué decir tiene que los toros “mejor verlos desde la barrera” que “verse en los cuernos”, adagios que insisten en las situaciones comprometidas y en la necesidad de evitarlas, si bien no hay nada que importe ni lugar que evite una posible desgracia cuando se dice aquello de que “Ciertos son los toros. Cuando están en el coso o en el corral”. Pero de toda la monografía sobre refranes, adagios y proverbios castellanos quizá uno sólo debería ser ley para un espada: “El toro de cinco y el torero de veinticinco”. Sentencia definitiva que las viejas glorias se resisten a cumplir.

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La otra temporada

Lejos de la televisión, revistas o portales de internet, se desarrolla la otra temporada, esa que circula por pueblos de todo el planeta taurino, a un lado u otro del Atlántico, y siempre con el sabor que ofrece lo auténtico, lo imprevisible, lo que esta exento de protocolos que miman los edulcorados cimientos de lo artificial.

Esta historia comienza en un pueblo serrano. Pueblo rudo, esculpido a base de largos inviernos helados al fuego de la chimenea, y que convierte los septiembres en escaparate para la celebración de sus fiestas patronales.

REPORTAJES: La otra temporada
REPORTAJES: La otra temporada

Llegamos a las doce menos unos pocos minutos, los justos que nos acercan a “en punto” a las afueras del municipio donde hace varias décadas se construyó una plaza de toros, ejemplo que ilustra la gran afición desmedida de los pueblos serranos por el toro.

Bajo un sol que cae a plomo nos colocamos en las duras tablas que delimitan la manga por la que un inminente tropel de bueyes, caballos y novillos desembocará en el ruedo bajo la mirada de gentes llegados de los pueblos colindantes y de turistas, muchos turistas, que dan vida a estos lugares hasta que los primeros aires fríos pregonen las nieves que cubrirán con un manto blanco los pinares que nos rodean. Los encierros a caballo son la seña de identidad más fuerte de la que pueden presumir muchos pueblos de las serranías.

A lo lejos, el gentío se anima y nos hacen intuir la llegada inmediata de la manada. Los gritos de los vaqueros y el sonido rotundo de los cencerros nos encogen el alma, mientras cientos de corredores se apresuran en tomar la puerta de la plaza donde tomar sitio seguro.
Ya llegan. Cabestros gigantescos acompañan en una carrera alegre a cinco erales que pasan delante de nosotros sin apenas dejarnos tiempo para pestañear.

Ya con bueyes y novillos dentro del ruedo, atravesamos la puerta que da acceso a la plaza para ubicarnos en el callejón, que está lleno de gente que no quita ojo a lo que acontece en el redondel. Unos repasan con mirada fija a cada novillo, presumiendo su futuro juego por la tarde. Otros se asombran del descomunal tamaño de los bueyes. Otros mueven el ganado, y los más osados se aproximan tanto a las reses, que un eral levanta la cabeza en señal de medir distancias.

Con las ganas saciadas de contemplar los animales en el ruedo, ganadero y mayoral a golpe de voz, introducen los novillos en los corrales, devolviendo los bueyes al recorrido por donde vinieron. Ellos solos llegarán a la finca de la que partieron orientados por las querencias y por la costumbre que dan los años de haberlo hecho.

Después, tras las presentaciones pertinentes, las cuadrillas que acompañan a los jóvenes toreros, se sortean los novillos tras consenso de seleccionar que números entran en cada lote.
—Al ganadero le gusta mucho el número 2. Está en la línea de la casa, muy en Coquilla— apunta un buen aficionado antes de comenzar el protocolo.
—Los lotes van por tamaño. Dejamos el 10 de sobrero que destaca más por grande, y metemos los dos más chicos con los más descarados— responde en alto un banderillero.
Para los que se juegan la vida vestidos de torero, cada tarde deben de hacer frente a sus miedos, y cualquier detalle, inapreciable o sin importancia para la mayoría, supone un mundo de pensamientos, matices o sensaciones.

Acabado el sorteo y tras las indicaciones pertinentes al torilero al que informarán del orden de salida de cada res, partimos a un restaurante cercano. Son fiestas y el ambiente es inmejorable. Las cuadrillas se van a la habitación que hará de santuario hasta cerca de las seis, hora del comienzo del festejo. Delante de la puerta desfilan uno a uno los grandes coches que arrastran los van donde se transportan los caballos que participaron en el encierro.

Tomando unas frías cervezas poco a poco la calle se despeja. Es la hora de comer, y hasta en sus fiestas, un pueblo entero se paraliza para descansar durante un par de horas.
En compañía del equipo presidencial, la Teniente de Alcalde que hace de anfitriona y los acompañantes de los novilleros, nos disponemos a sentarnos a la mesa. Una abundante comida serrana sirve de hilo conductor a conversaciones que quedan en la intimidad de la mesa, pero con trasfondo tan profundo e importante, que en pocos minutos arreglamos el mundo.
—El negocio taurino vive de espaldas a la propia fiesta. No piensa en sus clientes— Apunta un comensal, siendo apoyado por el resto de acompañantes con numerosos argumentos.
—Lo de las firmas… no saldrá. Han dejado su pan y su futuro en manos de los aficionados. Es surrealista, no se han mojado nada.
—No se puede pedir que la gente apoye algo que no conocen. ¡La fiesta hay que enseñarla!

CAMPO DE TOROS:

Pasan los minutos en un ambiente distendido y cordial, momentos en los que queda claro “el por qué te gustan los toros” y respondes a tantos momentos en los que has cuestionado tu propia afición. Cada palabra es tenida en consideración por el resto de oyentes, que acompañan con sus opiniones la charla, tornada ya en auténtico simposio.

Pero suena un móvil. Es el de la Teniente de Alcalde.
—¡Un incendio! Se nos quema el monte.
Miramos por el gran ventanal que señorea el salón y vemos un preocupante humo que sale de un paraje cercano, a  escasos kilómetros del propio pueblo.
Con el corazón lánguido por lo preocupante de la situación, intentamos seguir conversando, ya sin la participación de las autoridades del pueblo que se prestan veloces a tomar rumbo al foco. Faltan dos horas para el comienzo del festejo y dos helicópteros vuelan sobre el humo del pinar.

Al rato, las noticias llegan de la mano de un vecino que informa del control de la situación, y al tiempo, el humo empieza a desaparecer hasta convertirse en una mísera neblina. El fantasma se aleja y llegan los caballistas que harán de alguacilillos. Una montura perla y otra torda —ya blanca— son ensilladas para dar una pequeña vuelta y templar el ánimo de cada animal.
Al mismo tiempo llegan los primeros aficionados, que se prestan a sacar las entradas que darán acceso a la coqueta plaza serrana.
Los alguacilillos se van a un local del municipio que hará de improvisado vestuario y los espadas llegan acompañados de su séquito de confianza. El presidente con los pañuelos de colores en la mano conversa con la veterinaria que se presta animosa a desvelar vivencias corridas en otros pueblos.

Llega el Alcalde, impecable y repuesto ya del sobresalto, que junto con su Teniente piden a una chica que avise a los alguacilillos.
—Diles que por esta puerta—
Éstos, se demoran en llegar. Uno de ellos, traicionado por las prisas que supone salir del trabajo, comer rápidamente, cargar los caballos y partir para el pueblo vecino, se dejó la camisa blanca que acompaña el traje de corto. No hay mayor problema. Un joven vecino de la localidad le presta una del tendedero.

—Ya estamos todos—
En pequeña procesión, las autoridades del pueblo, y del festejo, acceden a la plaza bajo el amparo del Alcalde. Protegido en la agradecida sombra del palco, el Presidente saca el pañuelo blanco que anuncia el comienzo del festejo.
Empieza la tarde. Atrás quedaron horas de trabajo, desvelos, equilibrios en el presupuesto municipal, largas conversaciones al teléfono, viajes al campo, sobresaltos impredecibles…
Pero, el pueblo tiene toros.

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La vida intensa de “Desperdicios”

Manuel Domínguez de Campos, fue un torero sevillano nacido el 27 de febrero de 1816, y que tras emprender aprendizaje en la profesión tuvo que marchar a Montevideo por el perjuicio que las fuertes discrepancias con Juan León, espada al que auxiliaba como banderillero, le ocasionaron en 1835. Comenzaba así una de las vidas toreras más azarosas de las que la memoria taurina tiene constancia.

REPORTAJES: La vida intensa de "Desperdicios"

Una vida torera

Entre los años 1832 y 1835, tras sus primeros pasos en el toreo formándose en el matadero de Sevilla y en la Escuela de Tauromaquia, Manuel comparte profesión entre poner banderillas y hacer sombreros. De él se cuenta que era gran estoqueador y creador de la suerte capotera del “Farol” o del toreo de rodillas.  En ese año de 1835, por las tensiones creadas entre Juan León y él, decide tomar camino “a las Américas” y sesembarca en la ciudad de Montevideo.
Allá, el diestro ocupó todo tipo de labores, excepto las de torear. Vivió en una hacienda, fue ranchero, político, militar y un negociante muy habilidoso. Según cuenta Sánchez de Neira “… fue militar… en la República de Montevideo; torero, en Río de Janeiro; guajiro, en Buenos Aires; bravo con los bravos matones de aquella tierra; mayoral de negrada; cabecilla de gente de campo contra indios feroces, e industrial traficante”.

Tras 16 años, y 42 días de travesía, en 1852 (caído el dictador argentino Rosas) regresa a Sevilla sintiéndose forastero en su propia tierra, y con la voluntad de retomar el camino como torero. Para dicho propósito se entrevistó con Cúchares, que tras oírlo le aconsejó que torease por los pueblos, palabras que hirieron el amor propio de Manuel.

El toreo quieto y seco de Domínguez, y fundamentalmente su valor para recibir los toros, impresionaron al público, no acostumbrado a tan austero estilo, teniendo partidarios que  discutieron con fervor su manera de torear, tan diferente a la de la escuela de Cúchares.

REPORTAJES: La vida intensa de "Desperdicios"

Retrato de Manuel Domíguez

En 1853, el 10 de octubre toma la alternativa en Madrid. Su estilo no gustó al público madrileño, pero sí a la crítica taurina de aquella época. Además, la singularidad de su vida, difundida entre los públicos y acicalada con mil anécdotas de bravuras y de riesgos, era un aliciente más para su fama.

El 1 de junio de 1857, mientras toreaba en la plaza de toros de El Puerto de Santa María, el toro “Barrabás” de Concha y Sierra le lanzó una cornada que le vacío el ojo derecho. El globo ocular quedó prendido fuera de la órbita y tras acceder a la enfermería por su propio pie, se dice que expresó a los doctores “esto no son más que desperdicios”, y de ahí su apodo.
Esta versión contradice a otra, la cual cuenta, que le viene dicho apodo tras palabras del famoso torero Pedro Romero, que tras verlo torear en la Escuela de Tauromaquia de Sevilla dijo “este muchacho no tiene desperdicios”.

Tras su recuperación, reaparece en Málaga exigiendo mismo ganado de Concha y Sierra, consiguiendo un clamoroso éxito que no le sirvió para encaminar los deseos de llegar a la cima del toreo.
Tuerto, carente de cualidades y con movimientos cada vez más torpes motivados por su edad, continuó toreando hasta que fue sexagenario, demostrando siempre muestras de extraordinario arrojo. Murió en Sevilla a los 70 años de edad.

REPORTAJES: La vida intensa de "Desperdicios"

Cogida de Desperdicios (Cossio)

Una vida de leyenda

El período de su vida en Sudamérica  fue el más dramático y colmado de aventuras de toda su la existencia de Domínguez, que nos resume Velázquez y Sánchez, que por su amistad con el diestro, es informador más que autorizado:
«Avezado a fiar en su propias fuerzas, y haciendo frente a todo género de obstáculos, Manuel aprendió a montar, echar el lazo y acosar reses como los guajiros, y forzado por la necesidad en pueblo semisalvaje, sostuvo peleas con los perdonavidas de aquellas tierras, hasta merecer la denominación de señor Manuel el Bravo, que si constituía para unos título  de respeto, era para otros un motivo de jactanciosa provocación… Sirvió de mayoral de negrada en vastos ingenios, teniendo que regir cuadrillas de siervos africanos, no tan sumisos que dejen de conspirar contra el hombre que los manda y que los castiga; entraba de capataz en los saladeros de la Francesa, Seis valientes y Cambaceri, habiendo de regir con su imperiosa voluntad a centenares de insurgentes y desalmados subalternos, que no reconocían más fueron que el de la fuerza moral y física. Aceptaba el mando de una partida rural contra los indios, persiguiéndolos hasta en sus guaridas de Chapaleofú y en las asperezas de Sierra Ventana, y ya con algunos fondos y harto de correrías y temeridades que parecían retos a la muerte, se estableció en Bueno Aires, interesándose en el acarreo del muelle con sus carros, y en tráfico y especulaciones, que habrían producido un caudal en otro país menos afligido por la guerras intestinas y cuantas plagas esterilizan el trabajo en las sociedades condenadas al castigo de un anárquico desorden.»

REPORTAJES: La vida intensa de "Desperdicios"

Las reglas del toreo según “Desperdicios”

1- El cobarde no es hombre y para el toreo se necesitan hombres.

2- Más cogidas da el miedo que los toros.

3- La honra del matador se encuentra en no huir ni correr jamás delante de los toros teniendo muleta y espada en las manos.

4- El espada no debe nunca saltar la barrera después de presentarse el toro, porque esto es ya caso vergonzoso.

5- Arrimarse bien y esperar tranquilamente la cabezada, que el toro ciega al embestir y con un nada se evita el derrote.

6- El torero no debe contar con sus pies, sino con sus manos, y en la cara de los toros debe matar o morir antes que volver la espalda o achicarse.

7- Parar los pies y dejarse coger: éste es el modo en que los toros se asientan y se descubren para matarlos.

8- Más se hace en la plaza con una arroba de valor y una libra de inteligencia que al revés.

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Destino de vida y muerte

Por Juan Iranzo

Se me cierran los ojos, y en el último suspiro cuando me acuesto en el cálido albero al refugio de las tablas, nebulosos recuerdos inundan mi mente.

REPORTAJES: Destino de vida y muerte

Montados en jacas colinas, los que ayer nos daban habas hoy nos gritan con voz ronca para que en comitiva recorramos un embudo empalado con final extraño.  Me veo entre estrechos muros encalados y rodeado de otros hermanos de manada, acompañados todos por nuestros compañeros sin hombría, esos a los que cuelgan enormes campanas de sonido hondo que nos incitan a no separarnos de ellos.

Se abren las paredes, por recias puertas que dan paso a otras, mientras los grandes bueyes desaparecen para dejarme solo frente a un angosto pasillo que se oscurece mientras deambulo en corta procesión hasta el final. Un golpe seco cierra mi retaguardia, y de repente aquello se mueve. Una ligera corriente de viento que entra por los huecos de aquella caja me sugiere que me muevo sin andar, que avanzo en un viaje sin retorno lejos del vallado que cercó mi vida.

Me detengo en el camino. Se abre la puerta que me libera del oscuro cajón para encontrarme en un lugar perdido. Bebo agua. La extraño. Huele raro y por mis oídos entran sonidos que nunca jamás escuché. Me siento desconocido.

Vengo de amarillos suelos, agostados por calores olor a Sevilla, y ahora estoy sobre suelo duro y mojado. Inquieto, se abren puertas y reconozco al fondo la figura de otros hermanos, aquellos de los que me separé pero que nunca tuve duda de que estaban cerca.

Desorientados esperamos a que pase algo. Por encima de nosotros, se asoman los brazos agitados de hombres que nos señalan con ensaño. Nos miran. Hablan. Un buey que rumia tranquilo en el corral contiguo me susurra que llegó la hora.
- ¿Qué hora? – Pregunté con apremio. La duda me embarcaba con impaciencia.
- La tuya.
De manera inexplicable, un sentimiento interior me aclaró la sospecha. Porque sí, soy toro, toro bravo de lidia…
Asumí mi destino. No hicieron falta palabras para comprender el camino.

Sin darme cuenta, admitiendo mi sino, acaban mis terciadas carnes en un habitáculo negro esperando en silencio. Esperando mi muerte, la que asumo con la grandeza que me dio Dios desde el día que nací en Zahariche.

Tras sonar cinco veces los clarines, el cerrojo que me secuestra golpea con dureza la puerta que, abriéndose, me libera a un pasillo donde su final ciega de luz mis ojos ávidos de lucha. Estoy ansioso. Mi sangre es fuego y mi cuerpo sale a un redondel que se torna campo de batalla, con tintes a lienzo y a pentagrama.

Me llaman. Capa de color rosa que mi vista intuye, gris la veo, y su movimiento destapa embestidas que mi ser llevaba dentro.
En cada arremetida, siento como cada uno de los músculos de mi cuerpo se encienden con ira, necesito cornear ese ligero trapo, y cuando parece que llego a él, me freno.

Un caballo vestido con voluminoso traje irrumpe en el ruedo. Me lanzo contra él descargando mi rabia pero un golpe penetra en mis carnes. Cuanto más derroto contra este muro, más golpes noto sobre mi. Y al irme, huelo a sangre, rojo líquido que brota sobre mi cuello.
Después, hombres descubiertos llaman mi atención. Me arranco y clavan palos sobre mí. Yo, listo y orientado, les corto terreno con intención de atraparlos.

Tras breve tiempo, un fino cuerpo me llama, me hace embestir varias veces a una tela y cuando advierte mi condición, impulsa embestidas sobre el pitón derecho que son jaleadas por un bullicioso ambiente de admiración, que finalizan en otras donde el cuerpo se antepone al engaño de tela, el cual a mi paso barre el lomo enloqueciendo de pasión a las masas. Así cuatro veces.
Sin duda, estaba ante un dios.

De repente se callan todos. No se oye un alma. La esbelta figura se perfila muy cerca, y delante de mi. Me enseña la oscura tela y tras un golpe seco del paño ante mis ojos, se abalanza lentamente sobre mi cuerpo, sintiendo centímetro a centímetro como un escalofrío me atraviesa. Me da tiempo a lanzar un derrote seco con el derecho, y consigo penetrar mi gordo pitón por la estrecha ingle. El cuerpo cuelga un palmo del suelo y lo hago girar hasta que se derrumba en el piso cayendo de cabeza bajo mis pies.
Me lanzan un engaño al que sigo, dejando que se lleven al hombre yacente del que mana un reguero de roja sangre.
Yo, mortalmente herido, siento la llamada de mi destino y me voy al cobijo de las tablas hasta que las patas se doblan y me hacen caer al suelo.
Se cierran mis ojos. Me llaman Islero.

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Las arenas de Nimes, belleza e inspiración histórica

El anfiteatro romano de la francesa ciudad de Nimes, supone una de las plazas de toros más bellas del mundo.

REPORTAJES: Las arenas de Nimes, belleza e inspiración histórica

Eric Canto www.canto-photographer.com

La plaza de toros de Nimes se erige sobre un anfiteatro romano, levantado en el año 27 a.C. y adaptado para las corridas de toros desde el año 1863, aunque se conoce que en el año 1811 ya se corrieron toros.

Muchas han sido las mañanas y tardes de toros que han albergado sus viejos muros, y donde la historia del toreo se ha detenido para escribir efemérides en blanco y negro, o a color. Alternativas prometedoras que acabaron en triunfos mediáticos, o cornadas sangrientas que salpicaron el suelo pisado por gladiadores que también derramaron su roja sangre. Y la memoria se sigue escribiendo, y su belleza se implica inspirando faenas soñadas.

Quien visita esta plaza regresa con el sentimiento de haber vivido algo más que un día de toros. Su idiosincrasia la hace ser especial, diferente. Está llena de felicidad por ser taurina y por contemplar en su ovalado ruedo faenas que llenan su alma, contagiando con su luz a los toreros que andan sobre su suelo.

REPORTAJES: Las arenas de Nimes, belleza e inspiración histórica

Eric Canto www.canto-photographer.com

Los tiempos convulsos que siempre han movido el devenir de la historia la hicieron romana, visigoda o musulmana, incluso dentro de este anfiteatro, los vizcondes de Nimes construyeron su palacio-fortaleza. Más tarde, y hasta el siglo XVIII, se desarrolló un barrio dentro de la edificación donde se instalaron más de setecientas personas en su interior, que vivían en unas cien viviendas hasta que fueron desalojadas.
Un lugar donde pesan las crónicas de más de dos milenios regados por luces y sombras, pero que posa exultante por ser taurina y ser testigo del mayor arte que existe: el toreo.

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