Cultoro
17 de Junio, 2011
Las primeras tauromaquias sobre rejoneo se escribieron en Portugal, con la singularidad de que el toro rejoneado nunca se le da muerte en el ruedo.
En España, el toreo a caballo estaba limitado a las faenas camperas, y tal ha sido la importancia que el campo a supuesto a esta disciplina, que los rejoneadores visten de traje campero y los arreos son vaqueros.
En la década de 1920, “Edad de Oro” del toreo, algunos jinetes españoles empezaron a introducir suertes portuguesas, siendo Antonio Carreño su máximo exponente.
Éste cordobés, descendiente de familia militar y Capitán de Caballería, protagonizó por primera vez la lidia a caballo de un toro dividiéndola en tres tercios, a semejanza de una lidia ordinaria por matadores. Estos tercios se dividieron en rejones de castigo, banderillas y rejón de muerte. Éste último a veces era sustituido por muleta y estoque.
No fue hasta acabada la Guerra Civil española, cuando empiezan a aparecer los nombres que han hecho que el rejoneo alcanzara sus primeros pasos en la perfección técnica y estética, con la aparición de Álvaro Domecq y Díez, y el Duque de Pinohermoso.
Álvaro Domecq marca una época sobresaliendo por presentar con gran escrupulosidad sus caballos, torea dando “el pecho”, pone en suerte al toro para clavar los castigos, banderillea a una y dos manos, y realiza la suerte suprema desde la caballería.
En esta misma época, se recortan las puntas de los toros para preservar la vida de los caballos.
En la década de 1940 aparecen las primeras mujeres rejoneadoras, siendo Conchita Cintrón la más famosa. También emerge Ángel Peralta, creador de numerosas suertes, como la de “las tres rosas”.
Su categoría permanece hasta los años setenta, donde junto a su hermano Rafael, Manuel Vidrié, Fermín Bohorquez, José Samuel Lupi y Alvarito Domecq, considerado la mayor figura de todos los tiempos hasta que llegó Pablo Hermoso de Mendoza, sucesor que ha elevado la categoría del propio espectáculo hasta niveles inimaginables.
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Cultoro
04 de Octubre, 2010
Uno tiene la firme convicción al pisar el picadero de la casa, la plaza de tientas, el guadarnés o las mismas cuadras que ocupan caballos míticos ya como Cagancho, Chicuelo, Gallo o Chenel, que se encuentra en el gran santuario del rejoneo, en el centro del universo del arte ecuestre desde donde gira todo el toreo a caballo de nuestro tiempo.
Y es que cuando uno cruza la puerta de entrada a la casa de este genial navarro encantador de acémilas, el caballo comienza a llenarte todos los sentidos y a ocupar todos tus espacios, y por ello entiendes sin dificultad el sueño de un chaval de 15 años que una noche decidió a solas con su hermano ser torero para templar reses bravas con muletas de cuatrocientos kilos; comprendes también el empeño de un crío que quiso evitar los tiempos muertos de esa lidia que en el pasado se hacía pesada y desangelada, y la ambición en definitiva de un hombre que ha conseguido recortar hasta lo imposible la distancia hacia el toro montando a lomos de un equino, que esa es la base de la nueva tauromaquia aportada por Pablo Hermoso de Mendoza, una tauromaquia sustentada además en los pilares de una concienzuda y meditada doma clásica.


Por eso se entienden gestos como el de Enrique Ponce, que una tarde de éxito en la México arrojó a Hermoso de Mendoza la montera a sus pies en señal de reconocimiento. Quizá ese haya sido el mayor logro de este navarro sencillo y universal, el de acercar el rejoneo al toreo formal, el haber unido estos dos caminos del arte de torear en uno solo, algo que hasta él nunca había ocurrido. Y por eso también, todo en la casa te parece dotado de empaque, de solemnidad e historia grande del arte ecuestre. Tocar los bocados de Gagancho ya retirados del guadarnés, ver los estribos de estrellas como Gallo o Chicuelo, ambos ya jubilados, y observar sillas en las que se han gestado los mayores éxitos ecuestres de todos los tiempos te da la dimensión histórica del ambiente, que se multiplica cuando la casa del rejoneador te deja entrever las cabezas de los toros importantes de una vida o la colección de trofeos sin fin. Hermoso de Mendoza, como llegó a publicar un periódico portugués, ha conseguido cambiar la nacionalidad del rejoneo. La nueva capital surgida de esa revolución no ha sido otra que Estella.

CAGANCHO, EL REY DE LA CASA
Tan sólo 300.000 escudos fue el precio que Pablo Hermoso de Mendoza pagó por este caballo en la feria portuguesa de Golega hace ya un buen número de años. Hoy Cagancho vive retirado de las plazas en Estella, cubriendo yeguas y saliendo al prado una hora o dos al día para correr, saltar y disfrutar de la tranquilidad de sus casi 25 años. Aún sigue manteniendo el nervio que lo ha hecho mítico, hasta podría seguir toreando por su buena condición física.

Cagancho nos recibió tranquilo en su amplia y moderna cuadra y su mirada inteligente nos sorprendió. Y en su presencia escuchamos de su dueño cosas tan apasionantes como que los caballos intuyen al toro peligroso y con gestos se lo hacen entender. También que se atacan de los nervios y se vuelven agresivos cuando se presenta vestido de corto antes del festejo. Saben que se van a jugar la vida. Se nos dijo que nunca se venderían equinos como Cagancho, Gallo o Chuicuelo porque son algo más que caballos, y que las yeguas de la casa están desechadas de las plazas porque el celo dificultaría su traslado en el camión junto a los caballos. Un privilegio escuchar tantas filosofías a la vera de caballos ilustres.

ANÁLISIS, ESTUDIO Y TRABAJO
Todo está sentido y pensado en esta casa ecuestre desde las ocho de la mañana, la hora en la que los caballerangos echan de comer a los animales y asean las cuadras con un sistema mecánico de cintas que extraen el estiércol hasta un camión colocado en el exterior. Hacia las diez baja desde su casa al picadero el dueño de la casa y comienza una concienzuda jornada de trabajo que pasa por montar durante prácticamente todo el día a sus 17 caballos, uno tras uno, ayudado sólo por un jinete de confianza que trabaja los potros de tres años. Esa es la base de su éxito: el trabajo constante, el análisis de las condiciones de sus animales, el estudio de sus gestos y capacidades para poder sacar lo mejor de ellos ante la cara del toro, de ahí su íntima convicción de considerar al caballo lusitano como el mejor dotado para el rejoneo, porque a diferencia del español, que tiene su mismo origen sanguíneo pero está seleccionado bajo parámetros de estética y belleza, éste lo está sólo para torear y trabajar.
Ahora, comenta Hermoso, está introduciendo yeguas hanoverianas y árabes para aportar volumen y fortaleza a sus equinos, porque necesita fuerza y un tranco vigoroso en los caballos de salida, un don especial que les facilite enroscarse al toro cuando está en plenitud. El nervio, el genio, el pellizco se reserva al segundo tercio y para el final es necesario un caballo que aunque sea torpe te deje ver al toro debajo durante una milésima más, un tiempo suficiente para ejecutar la muerte con garantías. Lo dicho, análisis, estudio y trabajo.
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