Revista digital cultural taurina

Universidad Taurina

Toros, cultura y lenguaje. Utilización de expresiones

Es curioso reflejar también cómo importantes personalidades, incluso de otros países, utilizan en ocasiones términos taurinos en sus exposiciones.

Por Enrique Amat. Escritor y crítico taurino

Toros, cultura y lenguaje. Utilización de expresiones

De esta forma, en  noviembre de 1998, el ministro ruso de Asuntos Exteriores aseguraba en un foro que: “habrá que poner un par de banderillas a quien incumpla el tratado de paz en Yugoslavia”.  Por su parte Johann Cruyff, siendo entrenador del Barcelona C.F, expresó en una rueda de prensa que  “no estamos aquí para torear problemas extradeportivos”, en tanto que Karl Otto Born, Director General del Westdeutsche LandsBank, dijo en su momento: “agarremos el toro por los cuernos y hagamos una Europa más competitiva”.

Asimismo, en el transcurso de un debate sobre el Estado de la nación en las Cortes, José Mª Aznar le espetó a  Felipe González: “Si lo hace así, pinchará en hueso”.  Por su parte el escritor Antonio Burgos aseguró que: “aquí a la inquisición la levanta siempre el puntillero”, mientras que Pío Baroja, en una de sus novelas, escribía que: “le daba a su suegra cada capotazo que la desarmaba”.

Como colofón, es muy clarificadora la afirmación que hizo el escritor Camilo José Cela, quien en sus tiempos jóvenes intentó la aventura de ser torero, de la que dejó recuerdo en muchos de sus escritos. Este insigne personaje aseguraba: “Yo quise ser torero y sólo he llegado a Premio Nobel.” Toda una sentencia.

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Toros, cultura y lenguaje. Afirmaciones de intelectuales

Es interesante recoger algunas opiniones de relevantes intelectuales relacionadas con la fiesta de los toros. Así, Menéndez Pelayo aseguraba que el espectáculo taurino es: “el menos bárbaro y más artístico de todos los espectáculos cruentos, dentro y fuera de España”.

Por Enrique Amat Escritor y crítico taurino

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Por su parte, Ramón del Valle Inclán señalaba que: “Si nuestro teatro tuviese el temblor de las corridas de toros, sería magnífico”, en tanto que Ortega y Gasset también decía que:”La fiesta es la cosa que ha hecho felices a mayor número de españoles”.

Salvador de Madariaga analizaba el toreo de la siguiente manera:”La fiesta participa de muchas manifestaciones artísticas. Es un drama, en constante peligro, pintura de belleza impar, con luces y colores, obra de arte escultórico y con elementos de ballet”. Y Enrique Tierno Galván escribió que: “Los toros son el acontecimiento que más ha educado social e incluso políticamente al pueblo español”, en tanto que el poeta Federico García Lorca dijo que:”El toreo es la riqueza poética y vital mayor de España. Los toros es la fiesta más culta que hay en el mundo”, y Fernando Sánchez Dragó concluía que:”El toro es el arcano más reiterativo, importante y cordial de los figuran en el tarot de las Españas”.

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Toros, cultura y lenguaje. Expresiones

También el lenguaje taurino es rico en sus expresiones, ya que una misma cosa es denominada de muy diversas formas.

Por Enrique Amat Escritor y crítico taurino

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Así, para hablar del toro se emplean algunas de estas expresiones: res, cornúpeta, burel, bicho, morlaco, alimaña, bovino, astado y el de las patas negras. Para definir la cornamenta se habla de: cuernos, astas, pitones, puntas, agujas, cucharas, puñales, arboladura, perchas, madera y velas. La plaza de toros se puede expresar también como: circo, redondel, arena, ruedo, albero, coliseo, palenque y coso. A las banderillas se les dice palos, rehiletes, garapullos, palitroques, avivadores, alegradores y las frías. El miedo también se define como: canguelo, canguis, jindama, neurastenia, tomar el olivo, coger las de Villadiego, salir por pies, dar la espantá, pasar fatigas, estar afligido, pasar las de Caín.

La majeza de un torero también se expresa como ritmo, torería, sentimiento, pellizco, enjundia, gracia, garbo, pinturería, embrujo, duende, ángel, donaire. Un derrote del toro se define asimismo como cabezazo, tarascada, alargar la gaita, gañafón, hachazo ó  tornillazo. O un toro listo es definido como: con sentido, guasón, tobillero, regalo, avisado, barrabás, que sabe latín o que viene con las del Beri.

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Toros, cultura y lenguaje. El lenguaje

También la tauromaquia ha enriquecido con su jerga la lengua española. De esta forma existen gran cantidad de expresiones provinentes de la fiesta de los toros que se emplean en los términos coloquiales de la vida cotidiana.

Por Enrique Amat Escritor y crítico taurino

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Así, frases como poner los cuernos: por engañar a la pareja;  dar una larga: no dar respuesta a alguna cosa;  te hace falta un puyazo: hacer falta un castigo o mano dura;  dar un quiebro: eludir algo; dar un bajonazo: traicionar;  llevar media en las agujas: estar muy enfermo;  te van a dar el tercer aviso: no terminar de hacer algo a tiempo; tener más peligro que un Miura: ser extremadamente peligroso; quedar peor que Cagancho en Almagro: hacer algo rematadamente mal.

Otras hacen referencia a hacer un brindis al sol: utilizar la demagogia; apretarse los machos: estar decidido; echar un capotazo: ayudar; coger el toro por los cuernos: afrontar los problemas; hacer novillos: faltar a clase ó al trabajo; embestir de frente: ser noble y franco; salirse a los medios: valor, afrontar las cosas; recular en tablas: acobardarse; escarbar: pensárselo mucho; atarse los machos: afrontar algo con valor, decisión; pinchar en hueso: dar con un obstáculo; hacer un quite: librar a alguien de un problema.

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Toros, cultura y lenguaje. La cultura

A pesar de las opiniones de algunos, la fiesta es, además, un fenómeno cultural de primer orden, que ha servido de inspiración a artistas de la más variada condición, que han creado sus obras inspirándose en la fiesta de los toros. La tauromaquia está enraizada en la idiosincrasia, en la misma historia de España y su evolución, tal como afirman Sánchez Dragó y Álvarez de Miranda. También aseguraba Ortega y Gasset que había que:”Asomarse a las plazas de toros para comprender la historia de España”. Y es que no se entiende la celebración de una fiesta patronal sin la presencia del toro, en cualquier tipo de manifestación: al carrer, a la mar, cuerda, aguardiente, del alba.

Por Enrique Amat Escritor y crítico taurino

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En el campo de la pintura han plasmado imágenes sobre  tauromaquia artistas como  Ignacio Zuloaga, Pablo Picasso, Solana, Goya, Joan Miró, Vázquez Díaz, Salvador Dalí e incluso Gustavo Doré en su obra “Viaje por España”, por no citar a artistas más modernos como Roberto Domingo, López Canito, Lope Tablada, Pepe Puente, Álvarez Carmena, Juan Reus y un largo etcétera.

En el terreno de la poesía, por poner un ejemplo, toda la Generación del 27,  movimiento que por cierto sponsorizó en su momento el matador de toros  Sánchez Mejías, y de la que formaban parte García Lorca, Gerardo Diego, Miguel Hernández, Rafael Alberti y  Luis Cernuda, Fernando Villalón entre otros, dedicó magníficos poemas al mundo de los toros. Incluso Miguel Hernández, cuando llegó a Madrid desde su Orihuela natal en busca de fortuna, consiguió su primer trabajo con José María de Cossío y fue  redactor de parte de los cuatro primeros tomos del “Cossío”, escribiendo algunas sabrosas biografías como las de Antonio Reverte, Lagartijo y José Ulloa Tragabuches, entre otras.

También en el plano de la novela encontramos magníficos ejemplos. En este sentido, hay que señalar antes que nada que la Generación del 98 no fue ni mucho menos antitaurina, tal como algunos han apuntado. Así, Ramón Pérez de Ayala fue un gran belmontista y escribió una obra titulada “Toros y Cultura”. Benito Pérez Galdós tuvo gran amistad con Rafael González Machaquito, de cuya boda fue testigo. Manuel Machado aseguró que: “cambiaría toda mi producción poética por haber sido un buen banderillero”. Valle Inclán fue otro gran amigo de Juan Belmonte. A la historia ha pasado aquella célebre contestación que el Pasmo de Triana le dio a Valle cuando éste le dijo que sólo le faltaba morir en la plaza: “Se hará lo que se pueda, don Ramón, se hará lo que se pueda.”, e incluso Emilia Pardo Bazán fue la defensora de  la fiesta de los toros en los foros europeos.

Luego cabe citar obras como la de Angel Mª de Lera “Los clarines del miedo”. Elena Quiroga escribió “La última corrida” y Camilo José Cela publicó “El Gallego y su cuadrilla”. José María Sanjuán es autor de una magnífica colección de cuentos taurinos agrupados en el volumen “El ruido del sol”. José María Requena escribió “El Cuajarón”,   Antonio D. Olano reflejó el mundo de los subalternos en “Los hombres se visten de plata”, al igual que Jorge Cela con “Blanquito, peón de brega”,  y de la pluma de Vicente Blasco Ibáñez salió “Sangre y Arena”.  Autores extranjeros hicieron lo propio. Así Joseph Peyre es autor de  “De luces y sangre”, Jean Cau de “Las orejas y el rabo”, con Jaime Ostos en papel protagonista, de la pluma del uruguayo Carlos Reyles es  “El Embrujo de Sevilla” y Próspero Merimée es el autor de la célebre  “Carmen”, sin olvidar a Ernest Hemingway con obras muy conocidas como Fiesta, Muerte en la tarde y El verano sangriento.

En el teatro existen obras interesantes. Por citar algunos ejemplos, Alfonso Sastre escribió  “La Cornada”. Lope de Vega describió pasajes taurinos en su obra “El caballero de Olmedo” y Miguel Miura hizo protagonista de su obra a un torero en “El caso del señor vestido de violeta”. Por su parte el matador Ignacio Sánchez Mejías escribió una comedia de ambiente taurino titulada “Zaya”,  los hermanos Quintero encontraron gran inspiración en el toreo dentro de su amplia producción y Federico Oliver trató del toreo en “Los semidioses”. En música existen óperas como la “Carmen” de George Bizet y  la de Barbieri titulada “Pan y toros”, así como infinidad de pasodobles.

En el mundo del cine cabe citar, por no hacer muy larga su enumeración,  largometrajes tales como “El monosabio”, de Ray Rivas, “Tarde de toros” de Ladislao Wadja,  “Carmen” de Francesco Rossi, “Torero” de Carlos Velo, De Sangre y arena se han hecho versiones protagonizadas por estrellas como Rodolfo Valentino, Rita Hayworth, Sharon Stone, Tyrone Power.

Agustín Díaz Yanes, hijo del banderillero Michelín, ha dirigido films como Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto, y Belmonte. Incluso Pedro Almodóvar trataba el tema taurino en su oscarizada “Hable con ella”, tras haber dirigido otro largometraje taurino titulado “Matador”.

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Toros, cultura y lenguaje. El riesgo

El concepto de inmediatez, de incertidumbre, de riesgo, es algo consustancial para entender y encontrar el verdadero sentido a la tauromaquia.

Por Enrique Amat Escritor y crítico taurino

UNIVERSIDAD TAURINA: Toros, cultura y lenguaje. El riesgo

Por eso, si después de haber vibrado al ver una faena en la plaza, uno la contempla después en el video, en la tranquilidad de un salón, sabiendo ya lo que ha pasado, desprendiendo a todo aquello del miedo y del riesgo, las cosas se perciben de muy distinta forma.

Y todo ello porque el riesgo y la posibilidad de la muerte, aunque no deseada por nadie, es algo esencial en la tauromaquia. No ya en el sentido de que ésta se produzca ó tenga lugar, ya que por fortuna en el toreo son escasas las mismas en comparación con otras manifestaciones como el boxeo, el automovilismo, el motociclismo, el alpinismo, sino en el sentido de que su mera posibilidad, aunque remota esté presente en el festejo. Ese “aletear de negro la muerte por el redondel”, que decía el poeta  Rafael Alberti, es lo que en definitiva engrandece y dimensiona la figura de los toreros.

Es lo que significa  meterse en ese círculo mágico que es una plaza de toros, y del que el espada no se sabe si va a salir con vida. Hay que insistir en el hecho que la muerte no se produce casi nunca, ni se desea, pero es necesario que exista como posibilidad, para que uno pueda captar la grandeza que supone  la creación del arte frente al riesgo.

Francisco Arjona Cúchares fue un destacadísimo torero del siglo XIX. Un coletudo tan brillante y espectacular como seguro, bullidor y dominador de las triquiñuelas, al que nunca cogían los toros. Un torero que, en consonancia a lo que luego era su forma de torear,  decía aquello de que: “De todas las suertes del toreo, la más importante es que no le coja a uno el toro”.

Este torero tuvo una hija, María de la Salud, que se enamoró de un joven lidiador llamado Antonio Sánchez “El Tato”. Un coletudo valiente y arrestoso, corajudo y entregado, al que sí cogían los toros con relativa frecuencia. Y cuando la hija fue a pedirle a Cúchares permiso para casarse con El Tato, la contestación de su ilustre padre fue la siguiente: “Te doy mis bendiciones para que te cases, hija mía. Pero no pierdas de vista una cosa. Que no todos los toreros son como tu padre, que cuando sale de casa para torear una corrida y dice ¡Hasta luego!, vuelve. Hay toreros que no vuelven de pie, sino en una camilla ó una caja de pino”.

Y asimismo es muy célebre la frase que este Cúchares le dijo en una ocasión al actor Julián Romea: “Aquí, en los toros, se muere de verdad y no de mentirijillas, como en el teatro”. Y tan asumidos tienen los toreros estos riesgos, que el citado Rafael El Gallo, uno de los espadas más artistas que ha dado la historia de la tauromaquia, decía aquello de que: “los toreros vivimos de las propinas de Dios”.

El torero convive con la muerte y ello forma parte de su propia personalidad. Miguel Hernández, en su obra de teatro titulada “El torero más valiente” pone en boca de Ignacio Sánchez Mejías para justificar la reaparición de este en los ruedos: “Voy en busca de Dios, que me lo dejé en la plaza”

Con todo, por fortuna, hay que insistir en el reducidísimo porcentaje de percances mortales que se producen en los festejos taurinos, en relación con la gran cantidad de espectáculos que tienen lugar a lo largo y ancho de todo el año.

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Toros, cultura y lenguaje. Un arte efímero

El toreo, es una creación de arte porque el torero es un artista, alguien destinado a crear belleza y despertar sentimientos en los espectadores. Un arte que, decía Marcial Lalanda: “no se puede aprender, como la técnica o el oficio. Se tiene o no se tiene”.

Por Enrique Amat Escritor y crítico taurino

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Según el genial torero Rafael Gómez El Gallo, es algo:”que mandan desde arriba”. Por su parte, Alejandro Pérez Lugín, el famoso novelista gallego de cuya pluma salieron obras como la novela de temática taurina Currito de la Cruz y otra de ambiente universitario en Santiago de Compostela, titulada La Casa de la Troya, ejerció la crítica taurina desde las páginas de El Liberal bajo el sobrenombre de Don Pío.

Este escritor aseguraba que las llaves de la tauromaquia están compuestas por un compendio de arte, sabiduría y valor. Y el torero Curro Romero, máximo representante de los toreros artistas del siglo XX afirma que: “Torear es convertir algo violento en bello

Y el carácter artístico del toreo lo ratifica una Sentencia del Tribunal Superior de Andalucía  del 12 de febrero de 1999, a raíz del despido de un trabajador que había agredido a su patrón por insultar a Curro Romero. La citada sentencia obligó a  aquel patrón a readmitir al empleado que le agredió, señalando que: “Curro es el creador de una ilusión permanente, de una esperanza incondicional y de una forma de entender la vida. Y es justificable cualquier agresión que provenga de defender el honor del mismo, como es el caso que nos ocupa”.

El torero es, pues, un artista, aunque su arte se desarrolla con unas connotaciones que lo hacen muy especial y distinto de cualquier otra manifestación artística

Y es que los artistas en otras facetas pueden esperar al momento de la inspiración para la creación de su arte. De esta forma, escritores, compositores, pintores, escultores tienen la posibilidad de poder aguardar el momento de la inspiración para desarrollar sus creaciones artísticas. Sin embargo, el torero no. El artista en los ruedos únicamente sabe que un día determinado, a una hora concreta, está contratado en una plaza de toros para hacer frente a dos toros. Y que en ese momento, con independencia de la inspiración, del estado anímico en el que se encuentre, tiene que tratar de crear y desarrollar su arte.

Además del momento de creación, también el material utilizado para la creación del arte del toreo es distinto al de cualquier otra manifestación artística.  De esta forma, el escritor elige sus papeles, sus lápices y plumas, su ordenador. El pintor puede elegir sus lienzos, sus cartulinas, sus pinceles, sus pinturas. El escultor hace lo propio con sus piedras y buriles. Pero el torero debe crear su arte con un material que es un ser vivo. Un animal hostil que tiene reacciones imprevisibles, cuyos comportamientos no son homogéneos ni pueden ser predeterminados. Un ser que defiende su vida en el ruedo, que es el escenario de la creación artística taurina. Un material ciertamente poco maleable al que el matador primero tiene que domeñar en su ímpetu, para luego tratar de crear arte con él. Primero, con la lidia. Y luego, tras dominar al toro, con la creación del arte.

Otra de las características del arte taurino es la de que éste es efímero, se extingue en el momento que se va creando, a diferencia de otras manifestaciones artísticas. De la creación del escritor quedan los libros. Del pintor los cuadros, del escultor las esculturas. Del músico los discos y las partituras. Del cineasta las películas. Sin embargo, el arte taurino se extingue a medida que se va creando. Una verónica, un muletazo tiene una existencia efímera, ya que cada instante muere a medida que se va creando.

Se podrá decir que luego para el recuerdo de lo acontecido en la plaza quedan las fotografías, los cuadros, las imágenes, las películas, los videos, pero no es lo mismo. Todo ello, salvando las distancias, no son sino pálidos reflejos de lo que en su momento sucedió en el ruedo. Ya decía el escritor Ramón del Valle Inclán que: “Las cosas no son como son sino como se recuerdan”.

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Toros, cultura y lenguaje

Actuaban en una corrida de la feria de la localidad gaditana de Algeciras del año 1917 Juan Belmonte y Joselito El Gallo, los dos toreros más importantes de la que fue llamada Edad de Oro del Toreo.

Por Enrique Amat Escritor y crítico taurino

UNIVERSIDAD TAURINA: Toros, cultura y lenguaje

A aquel festejo asistió desde el palco de autoridades, invitado por el alcalde de la ciudad, el capitán de navío de una flota inglesa que por aquellos días se encontraba fondeada en el puerto algecireño. El hombre siguió en silencio y con mucha atención el desarrollo de la faena que Joselito, un torero de corte científico y muy poderoso, hizo al primer toro de la tarde. Una vez estoqueado éste, el alcalde le preguntó a aquel marino sobre qué le había parecido aquello, a lo que contestó:

- Muy bien, muy bien. Pero, ¡Qué pena que haya tenido que matar al toro. Con lo que le había costado amaestrarlo!

Aquella aseveración reveló hasta qué punto alguien, desconocedor de los secretos de la tauromaquia, había llegado a captar e intuir la esencia de lo que significaba la  misma en esa época. De lo que el toreo tenía de pelea, de lucha, de lid. De su objetivo de dominar el temperamento de un animal hostil. Luego, con la revolución que preconizó el torero Juan Belmonte, todo cambia. Belmonte pasó a torear cada vez más cerca del toro, basando su forma de interpretar la tauromaquia en la quietud. Antes, se decía aquello de “o te quitas tú, ó te quita el toro”. Con el torero sevillano, se intenta que el toro vaya por donde diga el torero, y en vez de torearse a la defensiva, sobre las piernas, el toreo empieza a basarse en la quietud de pies y el juego de brazos, y en el dominio de los terrenos. El trianero, en este sentido, afirmaba que: “no hay Registrador de la Propiedad que diga qué terrenos son los del toro”.

De esta forma, el toreo fue perdiendo cada vez más este carácter de lucha para pasar a prevalecer el criterio del arte, el objetivo de la creación de la estética y la belleza como punto determinante de la tauromaquia.

Piano piano, y después de casi un siglo, se ha llegado al momento actual, en el que el concepto lidia ha sido absolutamente superado por la estética, el arte y la belleza. Y, para ello, se requiere un toro de unas condiciones especiales que lo permitan. Un toro, por tanto, más pastueño, más noble, más dócil, valga la expresión.  Y así, en los albores todavía del siglo XXI, la tauromaquia y, más concretamente, la corrida de toros, se ha convertido en lo que se puede denominar: “la creación de un arte efímero, en juego con la muerte”.

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