Revista digital cultural taurina

Sentado en mi dehesa

La tienta en el campo (I)

La explotación de la ganadería brava tiene tres pilares fundamentales: la selección, el manejo y la sanidad. El primer pilar es el que marca realmente su rumbo y futuro según el material, vacas y sementales del que se parta. Los otros dos aseguran que ese potencial genético que se llama bravura pueda desarrollarse en la plaza en toda su plenitud de fuerza y acometividad.

SENTADO EN MI DEHESA: La tienta en el campo

Juan Pedro Domecq Solís, el ganadero fallecido el pasado año, cuenta en su libro” Del toreo a la bravura” que la primera plaza de tientas que se tiene referencia está situada en la dehesa “Salto del cielo”, en Jerez de la Frontera, antaño propiedad de los cartujos y en la actualidad de la familia Domecq Carrizosa. Hay en ella un azulejo fechado en 1798, cuando existían los llamados “ toros fraileros”, ganado bravo propiedad de frailes dominicos, cartujos y trinitarios que llegaron a competir con las primitivas castas fundacionales de Cabrera, Vistahermosa y Vázquez hasta mediado el siglo XIX en el que las sucesivas amortizaciones gubernamentales, como la de Mendizábal, les fueron expropiando sus fincas.

La tienta es un conocimiento y valoración del comportamiento de las vacas, futuras madres de la ganadería. Antaño se hacía en plazas menos preparadas y con menor rigor, digamos científico, pues no se conocía una informática que te permite archivar y contrastar al momento y globalmente la supuesta bravura de la abuela, la madre y los sucesivos hijos de ésta, o sea la familia entera para comprobar como vacas y sementales van trasmitiendo sus caracteres de agresividad, y uniendo a las referencias de las vacas el juego de los toros en la plaza, test definitivo de la selección efectuada.

Del viejo cuaderno de hule donde el ganadero anotaba el comportamiento de cada vaca, y de cada semental tentado, a la anotación o carpeta de cada familia o reata, con ficha individual de cada animal se ha dado un muy importante en el devenir de cada vacada brava. La selección del carácter “agresividad”, encauzado a la bravura que se demanda hoy no es asunto fácil dadas las peculiaridades de la genética. La bravura no se puede valorara ni en peso, ni en alzada, ni en velocidad, es un carácter más complejo, más psicológico digamos, que incluso puede variar según las características climáticas y ambientales en que se va a desarrollar la lidia.

Pero volvamos  a la tienta. Toda ganadería debe tener esta instalación acorde con sus necesidades. Plaza, corrales suficientes, manga para encerrar y palco para que el ganadero vaya tomando nota de cada vaca y estudiarla después para eliminar hembras que no hayan dado la talla, incluso para saber que vaca tiene que cruzarse con cada semental, tratando de acoplar caracteres como tamaño, cornamenta, tipo corporal y acento especial de la bravura, más intensa, más temperamental, etc.

SENTADO EN MI DEHESA: La tienta en el campo

Hoy es el día. Algunos invitados a la faena campera, todo preparado para comenzar a la hora prevista, las vacas encerradas, el picador en el caballo con un peto y tapados sus ojos, y una puya de menor corte que la empleada en la lidia de toros y novillos para que no lesione, solamente haga desistir de las sucesivas embestidas de la vaca al caballo, o sea para ver que se llama “crecerse al castigo”.

¡Vaca va!, vocea el ganadero. Y se abre la puerta del toril y la utrera, tres años, o generalmente la erala, dos, en buen estado de carnes, o sea bien alimentada para que resista la pelea, sale y da dos o tres vueltas al pequeño ruedo para “enterarse” de esa situación para ella nueva. Cuando pasa cerca del caballo de picar suele dar un achuchón y seguir su correría hasta que el ganadero dice al torero: ¡Párala!, y el torero mediante unos capotazos oportunos logra que la vaca se pare y se quede enfrente del caballo de picar a una cierta distancia.

El picador, con las voces características  la llama y desafía: ¡Uh, Uh! ¡Ajá, aaja!, y la vaca, fija en ese cite, por fin embiste y llega hasta el caballo y el picador, generalmente el mayoral o algún  profesional de  confianza, le pone la vara detrás del morrillo, si acierta en la colocación, enmendándose inmediatamente si así no sucede, para no lesionar al animal si la puya no cae en el sitio adecuado. ¡Vale, quítala!, indica el ganadero, y el torero la saca de la pelea toreándola y la vuelve a colocar  en el ruedo, otra vez enfrente del piquero.

Éste repite las voces, incluso puede mover ligeramente el caballo para incitar a la embestida y la vaca se vuelve a arrancar y vuelve a sacarse del caballo las veces que el ganadero estime oportuno, hasta que, visto su comportamiento, el torero coge la muleta para valorar esa suerte, importantísima en el toreo de hoy.

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Los encierros camperos

Hoy, que ya luce un sol primaveral, aunque poco acompañado de las aguas de bien para el campo, vamos a traer a la letra impresa unos encierros que tiene lugar en algunos pueblos de la turolense Sierra de Albarracín. Unos encierros de mucha menor dimensión que los castellanos de Cuellar, Medina del Campo y otras localidades pero que conectan con el espíritu festivo y ganaderos de estos pueblos de Teruel que viven entre la foresta pinariega, y albergan el nacimiento del río Tajo, que por estas latitudes es, todavía, aprendiz de río.

Sentado en mi dehesa: Los encierros camperos

Las fiestas del pueblo que tiene esta tradición no se entienden sin el encierro mañanero El ganado sale de una de las dos fincas de bravo que se ubican en la contornada, una de Alicia Chico, en el Valle del Cabriel, y otra de los hijos de Benito Mora en el bello paraje de Valtablao, ya en la raya provinciana con Cuenca.

Son festejos de dos o tres erales, generalmente, que se lidian por la tarde como complemento atractivo del día. La gente espera en las inmediaciones de la población, en animada conversación y buscando ya, desde temprano el sitio donde va a presenciar la llegada del ganado.

Hay un run run de saludos, comentarios, de convivencia, de espera. Otros, en el todo terreno van al encuentro del ganado que ha salido de la finca ya entrada la mañana, para hacer un alto en paraje ya convenido, y almorzar, momento en que el  aficionado, o curioso mas avanzado, toma contacto con vaqueros, novillos, y cabestraje, que paran una hora, cuando el sol serrano va arremetiendo en sus hechuras de estío.

Finalizado el asueto, se empuja a la tropa ganadera hacia el pueblo y el pinar,  fronda y silencio, se llena de colorido, arrullado por el son del cencerraje que es armonía   campera. Al paso, los novillos se conducen sin imprevistos, bien arropados por los bueyes y seguidos por un puñado de caballistas, acompañantes unos y responsables otros para que aquello finalice con éxito. Algunos paisanos caminan también algún trecho a la vera del encierro, presos de esa agradable tensión por la cercanía del ganado.

Al pie del mediodía, avistado el pueblo, las voces, la gente y el mudo caserío, van poniendo sobre aviso a los novillos que pueden romper la formación. El mayoral, el vaquero y algún acompañante experimentado, toman posiciones en los flancos, en algún desvío del camino que enfila a la placita, para evitar sorpresas.

Sentado en mi dehesa: Los encierros camperos

Cuando la gente divisa la conducción tiene un aumento de la adrenalina, sobre todo si ocupa un lugar aparentemente menos seguro, en el convencimiento que por allí no va a desviarse algún astado, aunque… Los caballos empujan al trote, luego al galope, voceando, para que los novillos, por la sorpresa de la primera vez, enfilen el final de su brava libertad. Las más de las veces todo acaba en éxito, y hay sonrisas y felicitaciones de los caballistas, pero otras uno, los dos o tres novillos, se escapan por un itinerario diferente, con la sorpresa y ciertamente agrado del paisanaje que así ve como trabajan mayoral y vaqueros para cortar esa escapada,  y como se prolonga el encierro .

Algún susto, emoción, paisaje, escenas gratas para quien vive la fiesta en otra dimensión y para los que acompañan el encierro a caballo que son los protagonistas, a su modo, del éxito o el posible evento. Luego vendrán las conversaciones, y el ambiente, mientras un novillero de escuela o de aprendizaje torero, venido de no sé donde, vela sus armas en alojamiento cercano. Le espera la  lidia de los novillos en la pequeña plaza serrana que le acoge y aplaude, o silba sin mucha inquina, según, pues envuelto en un terno de ilusión y oro viejo, será el protagonista de la tarde festiva.

El encierro es una bonita postal. Su paso por la inmensidad pinariega, por las verdes cañadas, y la llegada a la población como hito final, llena la mañana de luz y expectación, un alto en el quehacer diario de estos pueblos serranos donde los lugareños cantan romances de tierra fría y clima hostil, siempre de lucha porque cada amanecer sea luz nueva. Las fiestas patronales son fechas de encuentro, convivencia y toros, pues sin éstos, ese encuentro y convivencia serían de menor dimensión.

Hoy he ejercido de poeta de otros campos que la dehesa y me agrada,  pues en estos campos y encierros, de modestia ganadera, también he pasado largos ratos de grata afición.

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El toro en la calle

La cercanía del toro produce distintas sensaciones según su ubicación, y la tuya. La imagen en el campo es serena, como si su figura estuviera incluida en el propio paisaje de la dehesa, en ese pastizal adornado de encinar, con el fondo azulado del celaje como guardando la bravura para el día señalado en el ruedo.

SENTADO EN MI DEHESA: El toro en la calle

Recuerdo una anécdota que contaba un mayoral. En una visita a su ganadería, al finalizar  la consabida vuelta a los cercados de toros y novillos, la gente ajustada encima del remolque, una señora le dijo: -Verdad, buen hombre,  que los toros no hacen nada en el campo-. No señora -le contestó con cierta retranca el mayoral- pero tampoco le dan su palabra.

El toro en la calle, en esos festejos populares muy arraigados por el Levante español, la gente vive intensamente la figura del toro. Cada cual en su cercanía y situación, según sus piernas y su corazón, y poniendo su acento de exclamación o asombro cuando el toro es quebrado por el aficionado de turno o remata en las barras que cubren los cobijos de los espectadores.

Estos festejos populares son la verdadera raíz de la fiesta de los toros cuando el pueblo llano celebraba algún acontecimiento real o religioso. De hecho, la palabra corrida viene de eso precisamente, correr los toros, delante o detrás. Este tipo de festejo convivía con los espectáculos a caballo de los nobles, alanceando y ensartando toros en las plazas mayores de las ciudades, fiesta de la realeza, donde los caballeros lucian sus habilidades y galas ante el público acomodado en balcones, ventanas y entablados.

Hoy, el espectáculo de los recortadores tiene un notable arraigo en jóvenes , incluso en niños, por la habilidad y valor que lucen esos jóvenes, toreros de cualquier modo aunque distintos de los que se revisten con el traje de luces, expresión de la tauromaquia a pie que no comenzaría hasta principios del siglo XVIII cuando en la corte del recién llegado, primer borbón,  Felipe V,  se instauró la moda afrancesada de alejar a la nobleza de los festejos taurinos, por la falta de afición e inclinación del propio rey, y de sus dos esposas, muy acostumbrado a otras fiestas de la realeza de Francia, de donde provenía.

SENTADO EN MI DEHESA: El toro en la calle

En la línea del festejo popular, son famosos en el mundo taurino los encierros de Cuellar, primero por el campo y después por las calles del pueblo hasta la plaza, de otras localidades segovianas y vallisoletanas, los de Ciudad Rodrigo en su Carnaval del Toro y los urbanos de Pamplona, la madrileña San Sebastián de los Reyes y otros entre los que destaca la Entrada de Toros y Caballos de Segorbe (Castellón), fiesta declarada de interés turístico. Es curioso, y espectacular, presenciar como el circuito por donde entran y pasan toros y caballos lo forma el propio personal, sin que existan vallados que lo delimiten.

La vivencia de estos acontecimientos es peculiar. Horas antes, la gente habla de donde va a colocarse, lo que supone ya un  cálculo mental no exento de la asunción de cierto riesgo si la conducción de los toros por el campo, o calle,  toma otros derroteros de los previstos. Y se vive intensamente la fiesta, el momento, la incertidumbre calculada, y todo ese previo planteamiento y tensa espera, se sustancia después en un par de minutos, lo que tarda en pasar la torada por delante del espectador.

Incluyo dos fotografías de este festejo de Segorbe y otra de un recortador que ha eludido la embestida del toro y se “gusta” en un gesto de torería, como diciendo” he aquí mi faena”, fotos tomadas del libro “Las raíces de la fiesta”, editado por José Rubio Zori, un aficionado veterano que ha recopilado muchas crónicas de los festejos populares de España, la vieja piel de toro.

Hoy me he salido del campo, pero vuelvo a él mirando un día y otro a las nubes para detectar un pequeño asomo de cambio y pedir que llueva, que el pastizal está triste de sequía y el ganado parece también expresar en sus ojos y en su comportamiento la falta de hierba verde, la consabida espera del pienso y la paja de cada día, cuyo coste está mermando los  bolsillos y el ánimo de los ganaderos. A ver si por el horizonte aparecen de una vez esas nubes grises, presagio del refresco y alegría de todo el medio rural…

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Los “bueyes” de Victorino

“Los toros de un hombre de pequeña talla y grandes ideas, que habla sin cesar con largas frases y ronquecilla voz”.

SENTADO EN MI DEHESA: Los bueyes de victorino

El título del artículo es la sentencia, profética ella, pronunciada por un amigo en un lejano atardecer castellano, y el primer párrafo del escrito retrato inicial del ganadero, escrito en 1972 por un comentarista de fuste, Fernando Fernández Román, entonces en sus primeros pasos periodísticos y en una entrevista realizada para “El Burladero”, semanario taurino ya desparecido.

Salgo de mis cuarteles de invierno, con carácter excepcional, para comentar, a grades rasgos, la trayectoria de Victorino Martín a quien conocí en el agosto del mismo año, 1970, en que Andrés Vázquez se encerró con seis toros de ese hierro, conquistando ambos, ganadero y torero, la verdadera afición de Madrid y sembrando, al mismo tiempo, una cierta polémica entre el pueblo llano del tendido y gran parte de la realeza taurina.

Hasta entonces, el ganadero de Galapagar era un desconocido, casi un don nadie en el mundo del toro, que había comprado con sus otros dos hermanos, Adolfo y Venancio, una divisa legendaria, la de Escudero Calvo, antes Marqués de Albaserrada, que ya no relucía. Un invento de la crítica más incisiva que tendría, sin duda, efímera vida según los profetas del taurinismo.

Vicente Zabala, entonces en diario “El Alcázar”, le entrevistó en marzo de 1968 y el paleto -algunos le llamaban así entre la sorpresa y la admiración-, se arranca regalando seis toros para que los maten “El Cordobés” y Palomo, que andaban a la gresca por la lidia de seis galaches de Don Francisco, cuando todavía eran los “guirlaches” de Hernandinos.

SENTADO EN MI DEHESA: Los bueyes de victorino

Ese mismo año se produjo la cogida de Victorino en la finca de “Monteviejo”, y el debut en el agosto madrileño, con una corrida que torearon Pepe Osuna, Adolfo Rojas y El Paquiro, donde dieron a los toros 27 puyazos (veintisiete). Luego vendrían, con los años, los éxitos de esos toros cárdenos con hitos importantes como la llamada corrida del siglo, el indulto de “Belador” en Madrid (el único hasta ahora) y otros muchos triunfos que están en los papeles para simpatizantes y curiosos.

Que son bueyes!- me decía algún eco de los círculos taurinos. -¡Que tu amistad con el ganadero te nubla las ideas!- ¡Si hasta tienen el mismo pelo que las moruchas salmantinas…¡Yo entraba al trapo con cierta vehemencia ¡coño! pues había visto en la plaza algunos de esos albaserradas cárdenos de verdadera dimensión.

Los bueyes de Victorino ¡ja, ja! Un hombre de pequeña talla, etc., que escribió Fernández Román, una mezcla peculiar de valentía, saber hacer, ilusión y esfuerzo. Aquel milagro, que algunos pregonaron después, podía sentarse, encorbatado, habano en ristre y sonriente, a descansar en el tendido madrileño, mientras sus “bueyes”, cual los del Santo Isidro, labraban definitivamente en el albero el surco de una bravura diferente.

Hay una curiosa anécdota, fruto de la ironía de Alfonso Navalón, ya fallecido, entonces contada en el diario “Pueblo”. En 1976, ya consagrada la ganadería, la empresa de Madrid le ajusta a Victorino una corrida para mayo y los organizadores de la Beneficencia, un toro para concurso. En un restaurante de la sierra madrileña, de vuelta de los “Enebrales” y entre cerveza y cerveza, el crítico le pide al ganadero que regale la carne del toro a los incondicionales del tendido 8 de Las Ventas, en compensación al apoyo que le dan…

SENTADO EN MI DEHESA: Los bueyes de victorino

Victorino, de broma y conversación, le dice que bien (?), pero si el toro sale bravo y le perdonan la vida, “se lo prestará a otros ganaderos para que dejen de criar toros mansos”. Navalón, en aras a sus fobias preferidas, agarra ese “rábano por las hojas” y lo escribe, por su cuenta, rematando con el nombre de cuatro ganaderos de renombre, un andaluz y tres salmantinos como posibles receptores de ese préstamo.

Lógicamente se arma la marimorena, incluso se habla de boicot al primer criador de reses de lidia que iba a cobrar un millón por seis toros en la feria madrileña, aunque esa idea del boicot no prospera pues algunos ganaderos de peso se desmarcaron de esos líos y la cosa quedó finalmente en la noticia del revuelo.

Aunque hoy entran en mi afición otras ganaderías y ganaderos, hombres de bien hacer y estar, entonces, ya hace muchos años, aposté por una amistad y un encaste. Los serranos y aficionados nos entendemos bien. Toros con casta, que no es genio ni temperamento, aclaremos. Entonces no fui profeta, solo marinero de campo, brújula y estrellas. Y acerté en la amistad con esa familia y en la satisfacción de mi afición.

Hoy cuento esta pequeña historia –lo pedía el ánimo- y vuelvo a sentarme en mis dehesas del pensamiento, donde no soplan los vientos de la controversia ni las discusiones banales, solo el aire calmo de las satisfacciones vividas y compartidas.

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Pies de hierba, cabeza de sol (y V)

En la habitación 312 del hotel lucían las bombillas del éxito. Santiago Fernández, después de quitarse los oros del traje, relajarse en la ducha y hacer un par de llamadas telefónicas, sentenció pausadamente al mozo de espadas:

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SENTADO EN MI DEHESA:Pies de hierba, cabeza de sol

-Llama a Laínez, que estará en la oficina de la empresa, y que no ajuste nada  para América. Toreo la feria de Jaén, las dos corridas de Méjico que tenemos apalabradas y me voy del toreo.

-¿Qué?

-Lo que has oído. Hace un momento he llamado a mi esposa y le he dado la noticia

.- ¡Pero maestro, si hoy ha estado fenomenal, si todavía tiene cuerda para rato! ¡Vaya baño que le ha dado al Niño!

-Puede ser, pero hoy me ha costado mucho trabajo estar delante de la cara de un toro bravo de verdad. Me noto que ya no voy siendo el mismo y mejor irse por la puerta del triunfo antes que, pasado un tiempo, te echen.

Perplejo Paquillo acudió a recoger una llamada del teléfono. Era D. Martín, el ganadero, que enviaba una felicitación y un abrazo, pero no quería molestar y colgaba. El diestro agradeció la brevedad de la llamada pues le embargaba una sensación de tristeza  por su profesión, aunque de callada alegría, por su familia. Y sentado en el sillón y cerrando los ojos evocó el día de su alternativa, el triunfo en Sevilla, las orejas de Madrid, la cogida de Bilbao, su juventud de ilusión y su madurez de torería… muchas situaciones donde se sintió un  torero importante aunque la modestia fue siempre en su esportón.

*********

Al día siguiente de la corrida,  la dehesa parecía mas vacía. Era domingo, y después de escuchar la misa vespertina en la recoleta iglesia del pueblo, el ganadero regresó a la finca y se sentó en el sillón de costumbre, allí en el zaguán de entrada del caserón, con la vista puesta en los prados y el vasto encinar.

Luís se había ido a dar una vuelta a caballo acompañado del hijo el mayoral, también veinteañero. El día era soleado, placentero y  los minutos corrían por la cabeza del ganadero, recordando.

El mayoral acudió a darle su opinión sobre el juego de los toros y sobre todo el del sexto, otro colorado, cuya lidia ya no había presenciado. El toro, otro colorado, fue bravo, y el torero cortó una oreja.

El nieto regresó y desaparejó el alazán. El abuelo preguntó cómo había ido:

-Bien. Los erales están lustrosos y el campo renacido de la otoñada, ya sabes. Da gusto el paseo.

SENTADO EN MI DEHESA:Pies de hierba, cabeza de sol

C.B. Campero

Por la tarde, la grata rutina de la dehesa llevó el pienso a los toros.. Manolo, el hijo, y su esposa, comieron en la finca y hablaron con el abuelo antes de la siesta del ganadero. Mientras Luís,  con el recuerdo de Zaragoza,  se marchó a repasar un examen de derecho romano que tenía la semana siguiente.

Ya de atardecida, habiendo regresado Manolo a la capital,  abuelo se dirigió al estudiante:

-Luís, he hablado con tu padre y le he dicho que… bueno, ven conmigo.

Ambos se dirigieron al cuarto de la casa que servia de despacho. Allí, entre trofeos y fotografías de recuerdos ganaderos, D. Martín se sentó en el sillón de cuero de siempre, un sillón con el hierro de la ganadería grabado en la espalda donde su padre trazó las líneas maestras del encaste.

Con un gesto de solemnidad, sacó el libro ganadero y lo abrió por la última página escrita. El muchacho estaba sorprendido, sin presentir el desenlace final.

-Mira Luís, un ganadero debe tener cabeza de sol y pies de hierba. O sea, llevar el campo dentro en cada momento. Si decae  ese espíritu, si están colgados demasiado tiempo los zahones y no sientes la calida apretura de la espuela en la bota, mejor que lo dejes. Por que luego vendrá el alba y la jornada y te faltaran fuerzas para luchar.

-Hubo un momento de solemne silencio, y el ganadero prosiguió:

-Yo heredé la ganadería de mi padre, tu bisabuelo, pero ya siento que los días son más fríos y las anochecidas mas largas. Y cogiendo el viejo libro de piel, se lo entregó al muchacho diciéndole: sigue tú.

- ¡Pero abuelo! balbuceo Luis sorprendido.

- Nada hijo, yo estaré a tu lado pero las decisiones, con el apoyo de Marcelo, el mayoral, y de tu padre, serán poco a poco excluidamente tuyas. Veras como puedes. Ah, eso sí, tienes que compaginar la ganadería con la carrera que estudias pues en la vida  debes tener siempre una puerta abierta al futuro. Cuando arreglemos los papeles en la Unión llamaremos a la ganadería Herederos de D. Martín Alcántara.

-Luís, con un nudo en la garganta, se abrazó al abuelo y el cuarto ganadero se llenó de ternura, de hombría y de esperanza.

-Ya los sabes, querido nieto, cabeza de sol y pies de hierba. Estoy seguro de ti.

-¡Gracias abuelo,… gracias maestro!

Afuera Dios anochecía el campo envolviendo en el plateado creciente de la luna aquel atardecer de luz de rosas. Era el adiós de un día que había alumbrado un nuevo sendero, trazado desde el viejo camino de un firme ilusionado en la cría del toro bravo.

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Pies de hierba, cabeza de sol (IV)

Vibra el clarín llamaradas, la brisa insinúa el paso y el jardín de tres espadas abre sus flores de raso, cantara el poeta. El paseíllo rompió la tensa espera. Expectación, volutas de habano, pasodoble de sonoridad, arranque multicolor del festejo.

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Los tres primeros toros de “Los Alijares”, negros zaínos, salieron encendidos de fuerza, rebosantes de carácter, con un cierto tono de dificultad que pedía a gritos una buena lidia. La sensación de peligro, el impacto y la emoción del toreo impregnaron el ambiente. La gente rebullía en sus asientos.

Los tres matadores torearon, sufrieron y disfrutaron del propio yo. No hubo triunfo completo por la suerte suprema. O el brazo o el corazón se quedaron cortos y la ovación y el saludo desde el tercio de los matadores dejaron un rictus de frialdad en el ganadero.

Pero irrumpió en la arena el cuarto, “Batanerito” de nombre, colorao encendido, ojo de perdiz y bociblanco. Santi Fernández “El Campillero” le siguió fijamente con la vista desde el burladero mientras el toro acudía como una exhalación a la cita del peonaje. Cuando salió a torearle notó que le pesaban las piernas. Llamó al burel y recogiendo con fuerza el estómago y adelantando con decisión el pecho, ciñó la embestida en una magnífica verónica.

El toro se desplazó pero volvió raudo, y bajando la cabeza dejó en el albero un reguero de bravura. El torero aguantó los terrenos, meció los brazos y escribió una partitura grandiosa de capotazos con una media de corte belmontino que levantó al público de sus asientos.

A la salida del primer puyazo el toro acudió al cite del torero. Éste sintió que se le rompía el cuerpo y apretaban los sentidos, y asiendo con delicada fuerza el capote, hizo el quite del feroz oleaje al astado en la playa del picador. Luego, en el mismo platillo de la plaza, quieta y erguida la planta remató el quite de cuatro verónicas con un par de chicuelinas y una revolera que bien podían compendiar en un par de minutos toda la tauromaquia de Pepe Hillo y Paquiro juntos.

SENTADO EN MI DEHESA: Pies de hierba, cabeza de sol (IV)

El viejo ganadero apretó el brazo de su nieto y ambos se alegraron. El resto de la lidia con la muleta fue una muestra de perfección técnica, muletazos de trazo justo y un temple que hacia poesía del toreo. El diestro sudaba emociones y sentimientos. Ya solamente oía un hueco murmullo y a cada pase recordaba fragmentos de su vida, lo que siempre quiso ser, lo que luchó y consiguió con su esfuerzo. Estaba embebido, magistral.

En esa especie de éxtasis no remató bien un trincherazo y el toro le prendió por la taleguilla, volteándole durante unos instantes. Serranito, el peón de confianza acudió presto al quite y la cosa no pasó del susto. ¡Dejadme solo!, y poniendo el alma en el empeño se fue tras el acero que quedó enterrado en la fisonomía de “Batanerito”. El toro se aferró a un equilibrio inestable, bamboleante de casta y al final cayó lleno de muerte en la inerte y amarilla arena del albero.

La plaza se pobló de palomas blancas y por la mejilla del ganadero rodaron un par de felices lágrimas. A la vuelta al ruedo de la res, abuelo y nieto se levantaron y aplaudieron a su toro de “Los Alijares”, al matador triunfador, al sol de la tarde y al toreo mismo, buscando eternidad al momento. De algunos asientos cercanos llegaron felicitaciones a D. Martín y éste respondió alzando con clara modestia la mano o asintiendo con la cabeza.

Antes que saliera el quinto toro, que no pertenecía a su ganadería y debía ser lidiado por “El Niño de la Ermita”, el abuelo dijo ¡Vámonos!, ya he visto suficiente- y ambos dejaron el tendido y salieron a la calle que andaba tranquila de coches y ayuna de multitud.

Camino del hotel, iba quedando lejano el murmullo del coso. Más que hablar, recordaban los dos, y al pasar delante de la Iglesia de la Asunción entraron para rezar una salve de agradecimiento mientras la atardecida iba cubriendo poco a poco la ciudad.
(Continuará)

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Pies de hierba, cabeza de sol (III)

A la mañana siguiente se encerró una novillada para un pueblo de Madrid. El campo se llenaba de cencerros y galopes, batiendo el casco del caballo el tambor de hierba, como cantaba el gaucho. Y la habilidad de vaquero y mayoral iba enfilando la tropa de novillos y bueyes hacia los corrales, el postrero adiós a su libertad. Una representación de esa trilogía, campo, toro y caballo, santo y seña de la crianza del ganado de lidia.

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SENTADO EN MI DEHESA: Pies de hierba, cabeza de sol (III)

A embarcar la novillada vino Máximo Lainez, el empresario que organizaba festejos por la vieja Iberia. Acabada la faena sin novedad pidió a D. Martín ver la corrida que iba a Zaragoza pues a la sazón apoderaba también a Santiago Fernández,  “El Campillero”, diestro veterano y consagrado que abría cartel ese día de feria.

Marcelo, el mayoral, Máximo y el ganadero repasaban desde el todo-terreno las hechuras de los toros reseñados. El empresario conducía escuchando y observando mientras el mayoral le iba cantando los números de los cuatreños elegidos a fin de identificarlos. De pronto uno de los toros hizo ademán de arrancarse hasta el vehículo y Máximo, de un volantazo tuvo que eludir la contingencia y aplacar el sobresalto.

- Estos toros tienen mucho carácter, Don Martín

- En esta casa ha sido siempre así…

- Pues para Zaragoza habrá que quitar los dos de más cabeza, ya me entiende

- ¡Coño! ¿Por qué?

- Ya sabe que en el cartel con mi torero va “El Niño de la Ermita”, la revelación del año y ya me ha mandado recado su padre para que “aligeremos” la presencia del ganado pues es final de temporada y hay firmado para América.

El ganadero iba torciendo el gesto, incómodo, pero ya había dado su palabra y como la fiesta tenía esas sombras, esos rincones, ya le iba costando estar en ellos.

**********

Y llegó el día de la corrida. Por la mañana, la autoridad había desechado un toro por falta de trapío, con el consiguiente disgusto de la casa ganadera.

A las cuatro de la tarde, en la habitación 312 del hotel Aragón, “El Campillero” se bestía de luces con parsimonia. El ruido de la ropa al roce con el cuerpo rasgaba el silencio. Paquillo, el mozo de espadas, miraba de reojo al matador con quien había compartido tantas angustias, esperas y triunfos. El torero perdía la mirada hacia el balcón que dejaba entrar una media luz.

SENTADO EN MI DEHESA: Pies de hierba, cabeza de sol (III)

- ¿Cómo va maestro?, indagó entre acompañante y curioso, el mozo de espadas

- Bien- contestó secamente el maestro que se vestía más pesadamente que otras tardes. Sería el cansancio de las noventa corridas toreadas, pensaba Paquillo, mientras proseguía su labor atándole los machos.

- Tengo más miedo esta tarde- espetó de repente el matador. -Tengo miedo, Paquillo- refrendó con voz caída y profunda. El mozo de espadas, sorprendido no sabía que decir en aquellos momentos. Nunca había escuchado tal afirmación en esa hora de tensión.

- ¿Usted, después de tantos años de brega? ¿Usted que rebosa valentía por estos alamares?

- Por eso, Paco, por eso. Yo sé lo que pesa el miedo y la valentía de cada tarde.

El mozo de espadas no supo prolongar la conversación. Estaba confundido pero, en un impulso de afecto cogió la mano del matador y la apretó durante unos instantes. Santiago, agradecido, le echó una mano al hombro y dejando caer un trozo de sonrisa dijo con firmeza – ¡Vamos allá!

**********

La bonita plaza estaba cuajada de expectación. El ganadero, que iba acompañado de su nieto, se arrellanó en un tendido de sombra. Miraba hacia ningún sitio tratando de dulcificar la tensa espera de la lidia, con ese interrogante confiado que renacía de cada compromiso. La sustitución de esos dos toros en el reconocimiento le pesaba y molestaba. Ya lo temía desde la visita del apoderado aquella mañana del embarque de los novillos. Mas, la suerte estaba echada y, una vez más, había que asumir con galanura ese desafío de antemano aceptado.
(Continuará)

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Pies de hierba, cabeza de sol (II)

De vuelta del prado, hollando al trote corto la hierba por otro cercado grande donde estaba una punta de vacas, el muchacho derivó la conversación: -¿Qué se siente abuelo cuando se está delante de una vaca en la tienta?-

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SENTADO EN MI DEHESA: Pies de hierba, cabeza de sol (II)


-Aunque ya no toreo en el campo no he olvidado las sensaciones que son difíciles de expresar con palabras. Verás, antes que salga la vaca sientes como una especie de hormiguillo. A lo mejor, los toreros que vienen, por su profesión tendrán otros sentimientos, pero yo lo notaba así, además de responsabilidad. Ten en cuenta -prosiguió- que en ese momento eres juez y parte, pues del comportamiento de la res depende su continuidad en la ganadería o su envío a la oscuridad del matadero.

El ganadero tomó un momento de respiro y pausadamente continuó: -Hay que hacer las cosas bien, despacio, dando al animal terreno y tiempo suficiente para que demuestre su valía. Manos, pies, cintura, valor y talento al unísono, en armonía. La vaca y tú a solas, juzgando aquel destino de un animal que casi has visto nacer, y has estado cerca en su crecimiento hasta ese momento.

Las vacas miraban a los jinetes y hacían un hueco, continuando su labor de pastoreo, vacas que ya habían pasado la prueba de la tienta y ejercían de madres en la vacada. D. Martín siguió con sus pensamientos en voz alta: -Cuando te arrimas y sosiegas, cultivando esa belleza y calma campera, puedes sentir el aliento del animal y palpar el delicado mecanismo de la bravura. Y tú mismo, que has trazado la línea de la ganadería, te enfrentas a una última decisión, sintiéndote a la vez un humilde colaborador de la naturaleza, del Creador. Además, con lo bonito que es torear, ¿quieres que te explique algo más?

-No, que ya estoy compartiendo contigo esos sentimientos tan peculiares. Hubo una pausa, pero en ese mano a mano continuó casi de inmediato el muchacho: -. El toro ha sido como un dios en muchas civilizaciones.

-Y ¿cómo sabes eso?

-Quería darte una sorpresa. El otro día el profesor de literatura nos pidió que hiciésemos un trabajo sobre un tema libre. Y yo enseguida elegí el toro en las civilizaciones antiguas y aunque me costó trabajo encontrar documentación al respecto, al final creo “corté una oreja”, dicho en términos taurinos.

-­Lo creo, pero debieron ser dos, seguro. Sigue, que si lo relatas tú, sabe como a gloria...

-¡Hombre abuelo!,

- Si, hijo, que en esto del toro y en todos los órdenes de la vida nunca sabes todo por mucha edad que tengas y el que no lo entienda así resbala por la pendiente de la necedad.

Con la sonrisa paternal escrita en el rostro, el viejo ganadero miro de reojo al nieto que, erguido en la montura vaquera, rumiaba ya la conversación y esponjaba su bienestar con el propio de su predecesor.

**********

SENTADO EN MI DEHESA: Pies de hierba, cabeza de sol (II)

El muchacho comenzó diciendo que el hombre, desde tiempos remotos, se sintió atraído por la impresionante figura taurina. Ya en las cuevas rupestres y después en el arte levantino, a finales del Paleolítico Superior, las pinturas aquellas significaban la admiración por el animal antiquísimo, el uro, caza y sustento con las dificultades propias de su peligrosidad ante el armamento, lanzas con punta se sílex, tan rudimentario que tenía aquel hombre primitivo.

-Y causa sorpresa lo bien definidos que están los rasgos de aquel antecesor del toro con aquellas pinturas negras o rojas hechas de tierra acaso mezclada con sangre, que no se sabe muy bien. Después siguió con el papel del toro en otras civilizaciones como un símbolo de fecundidad y fuente de la vida vegetal y animal.

El viejo ganadero se quedó pensando y apuntó: -Bonita la historia para quien quiera entenderla, sigue…

- Gracias abuelo, eso suena a pacto entre caballeros. Solamente lo de Mesopotamia donde existió el uro que quizás se llame así por descubrirse sus restos más antiguos cerca de una ciudad que se llamaba Uruk donde Gilgamesh, según la leyenda, reinaba ”poderoso como un toro” según la crónicas de entonces que se conservan en museos.

-Sobresaliente “cum laude” te otorgo. Como ya se hace un poco tarde, y tenemos que comer, seguiremos otro día y hablaremos de la siempre actualidad del remoto pasado. Antes voy al despacho a preparar los papeles de la novillada que tenemos que lidiar la próxima semana.

El campo seguía como encendido de sol y por el ambiente se extendía una bonita  afición, compartida, y vivida. (Continuará)

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Pies de hierba, cabeza de sol (I)

La tarde estaba cuajada de esplendor. Un buen calendario -que decía el mayoral- había extendido en el campo bravo una alfombra de verdor y el ganado tenía el lustre de los años de lluvia gozosa. -Por eso en mi tiempo el toro completo era de cuatro años y cinco hierbas- apuntó el ganadero dirigiéndose a su nieto. Éste admiraba complacido el cuadro que tenía delante. Los grises de septiembre daban ya un calido aire otoñal que mecía el dulce e incipiente sueño del pastizal.

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SENTADO EN MI DEHESA: Pies de hierba, cabeza de sol (I)

Estaban sentados en el porche de la casa ganadera, vieja alquería de piedra, hiedra y enrejados de solera. Don Martín Alcántara, un charro por los cuatro costados, respiraba campo y toro. Ya de estudiante compartió de mala gana el instituto con las deseadas estancias en “Los Alamillos”, dehesa de largas fanegas de extensión, encinares de fronda generosa, robledales anchos y un arroyo nunca seco en cuya extensa ribera las vacas y las crías permanecían a solaz en el mediodía del tábano y la cuca.

El padre del ganadero, el bisabuelo Luís, estuvo muchos años de administrador con los Marqueses del Jaral, antiguos propietarios de la finca. Sin herederos directos, la finca, después de muchos tiras y aflojas se puso en venta. Don Luís, como pudo, vendiendo algunos herrenales que la familia poseía en Moralejas del Paúl, con el beneficio del trato de lana de los rebaños comarcanos y la ayuda de la Caja y Monte de Piedad, cumplió el sueño y la ilusión de siempre.

**********

El ganadero actual, Don Martín, tenía tres descendientes, un varón y dos hembras, pero no veía continuidad en su afición y dedicación. El hijo mayor, Manolo, estudió leyes y ejercía de asesor en una multinacional de la gran urbe. Viajero algún fin de semana a los “Alamillos”, no mostraba especial inclinación al campo bravo. Las dos chicas, Carolina, casada con un médico portugués, y Mª Asunción, clarisa en Alba, una por distancia y otra por su vida monástica, no parecían encajar en los proyectos de un ganadero de arraigo.

Pero Luisito, hijo de Manolo, tenía condición de campero desde temprana edad, y el caballo, la garrocha, el ahijado y la tienta eran su mejor mundo. Abuelo y nieto parecían inundar de luz el futuro ganadero. Ambos sabían de calores y fríos, aliviaban sudores y apretaban abrigaduras, según, disfrutando de mañanas azuladas y ocasos de cobre y púrpura, en la crianza y crédito de esos toros de divisa grana y caña. Y esa convivencia era, para el viejo ganadero, el lado soleado de su casa vital.

**********

SENTADO EN MI DEHESA: Pies de hierba, cabeza de sol (I)

Acuarela: C.B. Campero

A la mañana siguiente, el vaquero les preparó dos caballos y se dirigieron al cercado de abajo para dar una vuelta a los toros. Al llegar a la cancela, Don Luís arrimó el caballo, levantó la belorta y ambos pasaron adentro. Los toros alzaban la cabeza y se apartaban ligeramente sin dar ninguna importancia a la visita.

- Mira, aquel “bragado” y el “colorao” son dos para la feria del Pilar de Zaragoza. Hay uno negro, bien armado, que está allí a la orilla del medianil. ¡Que bonito es el toro! ¿Verdad?Muy bonito -apuntó el pequeño Luís- y que curiosa su naturaleza para comportarse ahora con tanto sosiego y explotar en agresividad cuando se les provoca…-

En un momento que ambos quedaron en silencio, se oyó el reburdeo de uno de los toros que buscaba pendencia con otro de la camada, mientras las tórtolas revoloteaban gozosas la cosecha de bellotas del encinar cercano.

Era casi mediodía y el sol inundaba de luz el prado y empujaba a los toros al refresco del abrevadero, mientras el tiempo parecía detenerse en aquella pincelada del paisaje. El nieto quería aproximarse a los toros y el abuelo le dijo que los dejara tranquilos en su ambiente, dando vueltas a sus hechuras y al posible juego de su lidia, pues conocía los avatares de la genética. Pero sonrió al ver a su pequeño Luis disfrutando de su afición (Continuará)

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Al pie de la lumbre baja

Hoy hace un día muy frío, desapacible. El agua viene casi helada, reflejo de la nieve caída en otras latitudes. Y después de la faena, al arrimo de la lumbre baja, hoy leo cosas del toro en la antigüedad y me sorprende agradablemente su historia.

SENTADO EN MI DEHESA: Al pie de la lumbre baja

El hombre, desde remotos tiempos, ha sentido admiración por el toro hasta el punto de considerarle como un ídolo en las religiones de la cuenca mediterránea principalmente.

Su figura, su vida libre y su comportamiento, han cautivado a esos pueblos antiguos que lo han incluso adorado como un dios que encarnaba la fuerza del bien, o con ideas de fecundidad o fertilidad, influyendo benéficamente en las cosechas, como el caso del pueblo egipcio, muy vinculado a la agricultura y a las crecidas del Nilo que anegaba y regaba amplios territorios en sus márgenes.

En ésta civilización hubo hasta tres diosas vacas y cuatro dioses toros, en distintos reinados de faraones, entre ellos el buey Apis que tenía necesariamente unas características de pelaje y tamaño muy curiosas, entre ellas una especie de mancha blanca en la cara que hoy llamaríamos como un “lucero corrido”.

Como poder misterioso del toro egipcio hubo una leyenda en el segundo milenio antes de Cristo de dos hermanos, que en papiro se conserva en el Museo Británico de Londres y donde el toro tiene un protagonismo específico. También en Mesopotamia, tierra fértil y extensa entre los ríos Tigris y Eúfrates, done la Biblia situó el paraíso terrenal, hoy una parte de Irak, el toro tuvo un protagonismo especial. Allí, en las civilizaciones sumerias, asirio-caldea y asirio-babilónica, muy avanzadas en su tiempo a las que se debe la invención de la rueda del carro, de la escritura cuneiforme (grabada en piedra), del arado anterior al romano y de la domesticación de los animales de labor, existe la leyenda de Gilgamesh, segunda en importancia después del gran poema de la Creación, donde aparece un toro celeste.

SENTADO EN MI DEHESA: Al pie de la lumbre baja

En Persia, en Grecia, en la India, y no digamos en la civilización cretense, algo que un día contaremos, el toro tiene un protagonismo, un culto especial. Y mientras la leña de encina crepita en el fuego, me quedo pensando en la figura del toro bravo, en su vida silvestre, en su libertad, todo distinto a otros animales que nunca han tenido esa categoría de adoración con tanta intensidad.

¡Basta de leer! Salgo a dar una vuelta, pues ya ha escampado, y aunque el frescor todavía camina en mi compañía, paseo a solas con mis pensamientos como el poeta Lope de Vega cuando iba y venia a sus soledades.

En el cercado de los toros veo uno reflejado en el agua de la charca y pienso que este animal es un apartado especial en la escala zootécnica, es un ser distinto a los demás animales precisamente por el misterio de su bravura y por su figura airosa, tranquila o desafiante. Es, como escribió un excelente aficionado, la libertad esculpida en músculos de belleza, y esa libertad merece el mayor de los respetos.

Vuelvo a la casa y noto como una interna satisfacción de la vivencia, sin prisas, del toro bravo, algo que no entienden esos atacantes de la fiesta cuando su ignorancia se viste de sabiduría y quieren imponer una curiosa moral ciudadana.

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