Pies de hierba, cabeza de sol (III)
A la mañana siguiente se encerró una novillada para un pueblo de Madrid. El campo se llenaba de cencerros y galopes, batiendo el casco del caballo el tambor de hierba, como cantaba el gaucho. Y la habilidad de vaquero y mayoral iba enfilando la tropa de novillos y bueyes hacia los corrales, el postrero adiós a su libertad. Una representación de esa trilogía, campo, toro y caballo, santo y seña de la crianza del ganado de lidia.
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A embarcar la novillada vino Máximo Lainez, el empresario que organizaba festejos por la vieja Iberia. Acabada la faena sin novedad pidió a D. Martín ver la corrida que iba a Zaragoza pues a la sazón apoderaba también a Santiago Fernández, “El Campillero”, diestro veterano y consagrado que abría cartel ese día de feria.
Marcelo, el mayoral, Máximo y el ganadero repasaban desde el todo-terreno las hechuras de los toros reseñados. El empresario conducía escuchando y observando mientras el mayoral le iba cantando los números de los cuatreños elegidos a fin de identificarlos. De pronto uno de los toros hizo ademán de arrancarse hasta el vehículo y Máximo, de un volantazo tuvo que eludir la contingencia y aplacar el sobresalto.
- Estos toros tienen mucho carácter, Don Martín…
- En esta casa ha sido siempre así…
- Pues para Zaragoza habrá que quitar los dos de más cabeza, ya me entiende
- ¡Coño! ¿Por qué?
- Ya sabe que en el cartel con mi torero va “El Niño de la Ermita”, la revelación del año y ya me ha mandado recado su padre para que “aligeremos” la presencia del ganado pues es final de temporada y hay firmado para América.
El ganadero iba torciendo el gesto, incómodo, pero ya había dado su palabra y como la fiesta tenía esas sombras, esos rincones, ya le iba costando estar en ellos.
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Y llegó el día de la corrida. Por la mañana, la autoridad había desechado un toro por falta de trapío, con el consiguiente disgusto de la casa ganadera.
A las cuatro de la tarde, en la habitación 312 del hotel Aragón, “El Campillero” se bestía de luces con parsimonia. El ruido de la ropa al roce con el cuerpo rasgaba el silencio. Paquillo, el mozo de espadas, miraba de reojo al matador con quien había compartido tantas angustias, esperas y triunfos. El torero perdía la mirada hacia el balcón que dejaba entrar una media luz.
- ¿Cómo va maestro?, indagó entre acompañante y curioso, el mozo de espadas
- Bien- contestó secamente el maestro que se vestía más pesadamente que otras tardes. Sería el cansancio de las noventa corridas toreadas, pensaba Paquillo, mientras proseguía su labor atándole los machos.
- Tengo más miedo esta tarde- espetó de repente el matador. -Tengo miedo, Paquillo- refrendó con voz caída y profunda. El mozo de espadas, sorprendido no sabía que decir en aquellos momentos. Nunca había escuchado tal afirmación en esa hora de tensión.
- ¿Usted, después de tantos años de brega? ¿Usted que rebosa valentía por estos alamares?
- Por eso, Paco, por eso. Yo sé lo que pesa el miedo y la valentía de cada tarde.
El mozo de espadas no supo prolongar la conversación. Estaba confundido pero, en un impulso de afecto cogió la mano del matador y la apretó durante unos instantes. Santiago, agradecido, le echó una mano al hombro y dejando caer un trozo de sonrisa dijo con firmeza – ¡Vamos allá!
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La bonita plaza estaba cuajada de expectación. El ganadero, que iba acompañado de su nieto, se arrellanó en un tendido de sombra. Miraba hacia ningún sitio tratando de dulcificar la tensa espera de la lidia, con ese interrogante confiado que renacía de cada compromiso. La sustitución de esos dos toros en el reconocimiento le pesaba y molestaba. Ya lo temía desde la visita del apoderado aquella mañana del embarque de los novillos. Mas, la suerte estaba echada y, una vez más, había que asumir con galanura ese desafío de antemano aceptado.
(Continuará)





















