Cuando yo era antitaurino
Tengo que hacer una terrible confesión: yo fui antitaurino. Es cierto, a mis quince años fui a una protesta antitaurina por primera vez, y empecé a convertirme con el tiempo en activista antitaurino. La correría duró un año (pues luego dejó de interesarme la antitauromaquia), y ahora tengo 23, y llevo dos años amando a la Tauromaquia…
Por Julio Sanmiguel (Bogotá)
Pero escribo para contar lo que sé, lo que viví, lo que desaprendí en el año en que, presa de mi adolescencia, odie a morir a las corridas de toros. Como siempre, en esa edad son los amigos los que determinan en gran parte los gustos propios. Unos amigos me invitaron a una protesta antitaurina en Bogotá; como adolescente promedio, con aires de rebeldía y bobada, yo odiaba las corridas de toros y a los taurinos, pues desde siempre me había tragado la propaganda antitaurina; en esa época, yo todavía pensaba que cuando decían “dos orejas”, el torero se las había quitado a espadazos Ninja al pobre animalejo vivo. De hecho, eso me lo dijo mi amigo antitaurino que me invitó a la protesta, y aún hoy la totalidad de los antitaurinos no saben qué cosa significa “dos orejas”. Pero bueno…
Cuando llegamos a la Plaza de Bolívar, sólo vi a otros adolescentes como yo, salvo unos tres o cuatro viejos; animalistas radicales, de vieja data. Uno de ellos me puso a cargar un pendón gigante, sin siquiera pedirme el favor, donde se anunciaba que Benetton masacraba ovejas (¿?), y que comprar Benetton era pagar por la masacre de ovejas… Y mi hermano con un reloj de Benetton en casa, subsidiando el ovejicidio! Luego recorrimos la Séptima, gritando con un par de mimos cosas que no entendíamos, palabras que por primera vez oíamos (“elitista”, “voyerista”, “motosierrista”, “parasadismo”), y (ay!) por desgracia, los protestantes a mi izquierda y derecha tampoco sabían qué significaban. Total, seguimos gritando. Y mucho.
Recuerdo que así pasaron cuatro horas, insultando a los taurinos que pasaban al frente de la protesta, que se identificaban por llevar sombrero (gritábamos “se ponen sombrero, se tapan la cara”…no me pregunté cómo un sombrero puesto logra tapar una cara, pero bueno, era adolescente y antitaurino), botas de piel de animal, o porque simplemente pasaban al frente. Quedé afónico de tanto gritar con odio, y recuerdo haber sentido una extraña sensación de placer al insultar a los taurinos: cuando les gritaba asesinos, incluso pegaba saltitos como los demás, y señalaba a los taurinos con mi dedo índice bien rígido. Para un adolescente, esas vainas son muy excitantes. Luego, de esos punkeros adolescentes que empiezan su vida licenciosa de protestas y drogas en la manifestación antitaurina, antes de saltar a las protestas del Día del Trabajo, salió uno, lo recuerdo, con cresta roja y dos cachos de cartón, y empezó a tirarle piedras a la policía. Estaba tan drogado, que hasta se cayó tirando una piedra, y fue al primero que la policía detuvo, pues unos 30 antidisturbios se nos vinieron encima. Nos corretearon hasta abajo del Cementerio Central, y ahí conocí a Andrea Padilla, mujer-animal que con el tiempo empezaría a escalar posiciones en Animanaturalis, y que sacaría dinero del animalismo para graduarse de psicóloga.
Recién empezaba a ser vegana, y escupía diciendo que los taurinos eran muy poderosos, y que la policía estaba comprada. Me la presentaron, y yo, ardido por los taurinos y la policía, le dije…quiero ser activista! —Pero claro que sí!!!— me respondió. ¿Y cómo no iba a ser yo un activista, si había cargado unas 20 calles el pendón de Benetton, mientras la policía antidisturbios nos perseguía, y no lo dejé caer ni una sola vez?
Lo que sigue es el ascenso de Andreíta desde las cloacas de Animanaturalis hasta ser la líder suprema, la que hoy responde entrevistas, la que va a organizar las marchas, la que cobra dinero duro, la que lleva 8 años siendo vegana y lo pregona en toda parte, como si fuera un Cristo ante Tomás el incrédulo, y quisiera demostrar que se puede sobrevivir por 8 años sin comer carne. Yo, ni entonces ni ahora, dejé de comer carne, huevo, leche, cerdo, pero le decía a ella y al resto de activistas en nuestras reuniones de cada viernes, ¡que ni de fundas yo comía carne!.




















