Saltillo, un marqués ganadero
Mirando el árbol genealógico del toro de lidia, del tronco de Vistahermosa, el más importante y prolijo en hierros ganaderos, sale una rama principal en 1823 cuando Salvador Varea compra una parte de lo del Conde. Después pasa a la familia Lesaca donde el encaste adquiere ya notoriedad y se lidian con el adjetivo propio de “lesaqueños”. Y en 1854 la compra el Marqués de Saltillo, que da el impulso definitivo para su acreditación.
Los saltillos eran toros codiciosos, no fáciles de torear, pero que, dominados y lidiados, trasmitían a la faena un corte emotivo peculiar. De tamaño medio, el pelo corriente era el cárdeno y tenían hocico fino y “cara de listos”.
Comentado con algún torero actual, en referencia al encaste de santa coloma, primo del saltillo por decirlo coloquialmente, contestó que su mirada es especial, como si analizásen la situación antes de embestir.
Rafael Guerra”Guerrita”, el torero mas importante de finales el siglo XIX y principios del XX, los incluyó en sus corridas y triunfó con ellos. Pero la trayectoria del famoso diestro cordobés fue decayendo a principios del siglo XX y sus detractores, muchos partidarios del otro cordobés “Lagartijo”, le acusaban de elegir los toros (entonces no se sorteaban todavía) y de torear ganado más bien terciado de tamaño.
Por otra parte, a la muerte del Marqués (1880) le sucedió su hijo y la ganadería bajó de clase hasta su venta en parte a D. Félix Moreno Ardanuy en 1918, no sin antes enajenar también vacas y sementales a Méjico, por lo que la mayor parte de sus vacadas tienen hoy sangre saltilla.
Otra parte de la ganadería la adquiere el Conde de Santa Coloma y la cruza con ganado ibarreño. Así, lo puro saltillo queda en manos de D. Félix y al final permanecerá hasta hoy en su familia que la conserva como un culto a la tradición aunque escasa presencia en las ferias.
De la prestancia que tuvo en su tiempo da fe lo siguiente: cuando se hablaba de toros del Marqués se referían exclusivamente al de Saltillo sin mencionarle. Lo mismo que el Duque era el de Veragua y el Conde el de Santa Coloma.
Guerrita en sus últimos años estaba muy contrariado. Cuando se retiró en Zaragoza, dijo “no me voy, me echan”, y antes sentenciaría: “que en Madrid atoree San Isidro”. Y para zaherirle más, algunos críticos le decían que “lidiaba monas” y la voz popular extendió el improvisado refrán: de los toros del marqués, libéranos dominé.”
Es verdad que no todos los críticos de entonces eran antiguerristas. Areva, en su libro “Ganaderos de Antaño”, cita D. Modesto que en su crónica de la corrida celebrada en Madrid el 3 de junio de 1897 comenzaba: “Digo que saltillo es hoy el mejor ganadero de España”, para acabar con un gracioso cuarteto: Soy rojo porque el placer en mis pétalos palpita. ¡Qué saltillos! ¡Qué Guerrita!, ¡Qué corrida! ¡Qué mujer!
Es de agradecer a la familia Moreno de la Cova, de quienes era el toro “Ruidón” del pasado artículo, que haya conservado el encaste original en su finca de Palma del Río, donde la casona familiar es parte del antiguo Monasterio de San Francisco, construido allá por el XVII.
Lo otro de saltillo está hoy, cruzado con Ibarra y proveniente del Marqués de Albaserrada, hermano del Conde de Santa Coloma, en las ganaderías de Victorino Martín, Adolfo Martín y José Escolar, donde han vuelto a las grandes ferias con un sello característico, más asaltillado que ibarreño.
Aquel Marqués de Saltillo debía ser un buen aficionado por el empuje que dio a su hierro pero también algo irónico como se deduce de una afirmación leída que le hizo a D. Eduardo Miura cuando ambos lidiaron juntos en la Feria de Sevilla. Sabido del distinto comportamiento de saltillos y miuras, el Marques le espetó: Con el juego de sus bueyes bravos y de mis toros mansos, hemos sacado la feria adelante…
A la larga, los miuras, con sus peculiaridades, llevan 170 años en las ferias importantes, y los saltillos puros casi han pasado a la historia. Dentro de la evolución del modo de torear los miuras conservan hasta hoy al menos su propia personalidad, muy ligada a su nombre.
Y ésta es la pequeña narración saltillera, quizás demasiado técnica en su genealogía, pero importante en la propia esencia del toro y su evolución. Para la próxima ocasión dejaremos tranquilos los libros en el armario de la finca y contaremos, como si de un cuento se tratase, la relación campera de un ganadero y su nieto.





















