Trashumancia. El ganado bravo
Hace unos cuantos días ha llegado la vacada de Alicia Chico a su finca andaluza de Vilches (Jaén). Salió del Valle del Cabriel, en la turolense Sierra de Albarracín, a finales de noviembre en busca de pastos más cálidos y abundantes. Más de veinte días de marcha por la Cañada Real Conquense en gran parte de su recorrido, dejando atrás el frío serrano y los pastos ya revestidos de la escarcha mañanera.
Esta ganadería es la única que mantiene en toda la península esta trashumancia larga, la que hicieron en el siglo pasado otras ganaderías turolenses y conquenses como Arauz de Robles, Antonio Garde, Bernardino Jiménez, Román Sorando y los Ortega, que acabaron quedándose definitivamente en Andalucía, en fincas de la sierra de Andújar.
La trashumancia es una faena campera directamente relacionada con una clara mejora medioambiental para el manejo del ganado bravo, que alterna pastos de invierno y de verano. Una artesanía ya, reminiscencia de aquellas cañadas, veredas y cordeles, utilizadas prioritariamente por el ganado lanar desde el siglo XIII, cuando el Rey Sabio fundó el Honrado Concejo de la Mesta.
Para el aficionado, la trashumancia del ganado bravo es una postal de campo, pero en su vivencia diaria es dura, por esas noches de dormida escasa al sereno, arropados bajo las estrellas, o en el reducido espacio de una provisional tienda de campaña, además de las guardias que hay que hacer para que el ganado no se disperse o invada algún sembrado cercano.
Ver pasar cerca a mas de cuatrocientas cabezas, con ese paso lento tras de su instinto y ajenas a tu presencia, es una intima satisfacción para los que nos gusta el campo del toro, que, por otra parte, es la escuela primaria de la fiesta. Además, el paisaje de los primeros días, mientras transitan las provincias de Teruel y Cuenca, es particularmente bonito. Vacas, sementales, crías, hembras jóvenes, y los cabestros sonando sus grandes cencerros, cañones se llaman, por esos silencios de pinares.
Pintoresca es la bajada del Barranco del Judío, que son unas trochas por donde se ataja el puerto del Cubillo, ya en la provincia de Cuenca, que la vacada aborda con parsimonia y cautela al hollar el piso pedregoso y el escaso espacio de algún tramo. Casi peor es la vuelta por junio cuando los animales vienen ya zurrados de la marcha, algunos aspeados, se van parando de vez en cuando para tomarse un respiro. Al pie de Cañada Honda el paso del Júcar, río que durante la trashumancia se vadea tres veces, es también objeto de fotografía por los curiosos que se acercan a presenciarlo.
La sierra parece faltarle algo cuando ya no están las dos ganaderías que marchan, la de Benito Mora y ésta de Alicia, como si añorase algo de su propia sustancia. Juan Vicente Mora, hijo de Benito ya fallecido, no hace trashumancia sino una marcha de tres días, trasterminancia se llama, a otra finca conquense para evitar las bajísimas temperaturas de Valtablao, la finca matriz, y la permanencia de nevadas en ese precioso valle que, rodeado de pinares, se viste del hielo imposible para la estancia invernal.
En su día, la Unión Europea consideró la trashumancia del ovino, y del vacuno, como una mejora medioambiental auxiliable económicamente. El dinero para su mantenimiento y promoción no ha llegado, y la complejidad de su realización, cañadas mermadas, paso de carreteras y ferrocarriles y, sobre todo la mano de obra para ello, hace que cada año tenga mayores dificultades económicas, por lo que hay que alegrarse que todavía, tímidamente permanezca.
Cuando desaparezca se habrá perdido una aspecto de la personalidad de la sierra, de su propio carácter. Ha sido visitada por aficionados de Francia, científicos y curiosos de Alemania, incluso de Finlandia, rodada por la TVE pero ignorada por esta Unión Europea donde el toro y su fiesta no cuenta casi nada. Aun así, ojalá que durante unos cuantos años se mantenga, por que fue, y seguirá siendo, una importante página en el libro de la historia ganadera.





















