La Trashumancia
Hay que trasladarse hasta la Edad Media para hallar el origen de la trashumancia, una tradición pecuaria que, basando su ser en la necesidad practica de conseguir pastos naturales para el ganado, ha sido una fuente definitiva de intercambio cultural entre las distintas latitudes de España.
Durante siglos los rebaños surcaron nuestro país, de sur a norte y de norte a sur, haciendo de la primavera la estación más larga del año. Si en el florido mayo el ganado abandonaba los prematuros calores de Andalucía y Extremadura para buscar verdes frescores en el norte peninsular, en noviembre el camino se desandaba con la intención de asegurarse mayores templanzas invernales.
Ese continuo trasiego de hombres y ganado, que sin duda contribuyó a dotar de signos comunes de identidad a todas las tierras de España, tuvo su origen legal con la creación del Honrado Concejo de la Mesta, del que se tiene primera constancia documental en tiempos del rey Fernando III El Santo.
Es en el año 1385 cuando el rey Alfonso XI le dio definitiva carta de naturaleza al disponer que todo el “ganado vacuno, lanar, cabrío, caballar y de cerda quedase bajo el amparo del Rey”, creando además una única cabaña real, de la que se prohibía expresamente hacer otra en todo el reino. Se asignaron pastos de origen y destino y se crearon las cañadas, cordeles, veredas, coladas, abrevaderos, descansaderos y pasos vertebrando la península ibérica de norte a sur hasta configurar, como alguien llegó a decir entonces, un estado dentro del propio estado, pues los alcaldes y jueces que lo regían detentaban un poder independiente y superior al de las otras instancias del reino.
Pero la trashumancia, que durante siglos ocupó gran parte de la vida social, política y económica de España, fue perdiendo fuelle a medida que los agricultores imponían sus criterios y el país se industrializaba. Hoy, el deterioro de las cañadas y las vías pecuarias, que en otro tiempo fueron torrente de vida y cultura entre los más recónditos parajes del país, es evidente; tanto, que una delas más importantes veredas de paso para el ganado se ha convertido en un mítico paseo madrileño: La Castellana.
A pesar de todo, aún hoy se mantiene la tradición trashumante, que en lo que se refiere al ganado vacuno bravo introduce unos matices especiales que conviene analizar. Y es que, aunque alguien pueda llegar a sorprenderse, aún existen ganaderos de bravo que realizan esta actividad como medio de alimentación para su ganado: Alicia Chico y hasta no hace muchos años Juan Vicente Mora, ambos pertenecientes a la Asociación de Ganadería de Lidia.
Esos matices a los que aludimos tienen que ver con la evidente complejidad de conducir reses bravas por las veredas y cañadas, algo que lo hace diferente al manejo del ganado lanar o cabrío, por ejemplo. Aun así, las conducciones de ganados bravo fueron habituales hasta la llegada del ferrocarril y la invención de los cajones, que en 1868 se empezaron a utilizar para el traslado de los toros a la plaza.
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Cierto es que el ganado bravío, comúnmente, no protagonizaba la trashumancia al modo en que lo hacían otros tipos de rebaños, pero también es verdad que éste sí utilizó la red de caminos tejida en la Edad Media para conducirse por todos los rincones de España. En esa complicada labor se empleaba todo un mes, cuando no más, si desde los campos andaluces se subía el ganado hasta las plazas del norte. Mucho más tiempo se empleaba, eso sí, cuando las ventas de los distintos hierros obligaban a largos traslados de vacadas completas. Quizá, de todos ellos, el más famoso fuera el que protagonizó la de Veragua, cuando desde Aranjuez fue conducida hasta la nueva finca en Véjer de la Frontera (Cádiz) después de ser adquirida por Juan Pedro Domecq y Núñez de Villavicencio. Cerca de mil reses jaboneras y entrepeladas tardaron más de un mes y medio en llegar hasta su nuevo hogar.
Pero este tipo de trashumancia no ha sido motivada por razones de alimentación y búsqueda de nuevos pastos para el ganado, aunque también es cierto que puntualmente siempre hubo ganaderos de bravo que se atrevieron con tal actividad. Hoy, que las cañadas reales se construyen con asfalto, que sobre las mestas de nuestro tiempo se transita sobre ruedas de camiones plenos de ganado amontonado, tan sólo una mujer sigue manteniendo esta tradición secular y aún vigente que nunca debiera perderse, aunque sólo fuera por puro romanticismo ganadero.




















